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Lecciones mundialeras o cómo usar el fútbol para potenciar la marca país

Para destinos emergentes, esta exposición puede ser invaluable. Sin embargo, la notoriedad se desvanece rápidamente si no existe una estrategia posterior. La curiosidad generada por el fútbol debe transformarse en contenidos turísticos, campañas culturales, presencia diplomática, alianzas comerciales y experiencias digitales que permitan descubrir el país más allá de su selección.

España levantó la Copa del Mundo después de vencer por 1-0 a Argentina en tiempo suplementario, en una final disputada en Nueva York-Nueva Jersey. El gol de Ferran Torres cerró la edición más grande en la historia del torneo: 48 selecciones, tres países anfitriones, 104 partidos y una asistencia acumulada de más de 6,8 millones de espectadores. Pero el resultado deportivo cuenta solo una parte de la historia.

Durante 39 días, el Mundial fue también una competencia por la atención, la simpatía y la capacidad de instalar un relato nacional ante una audiencia global. Países grandes y pequeños desfilaron ante millones de personas no únicamente como equipos de fútbol, sino como identidades culturales. No pareciera tan evidente pero a veces bastan una camiseta, un himno o una celebración para despertar la curiosidad por un territorio que hasta entonces era desconocido.

Primero que nada hay que saber que participar en un Mundial garantiza exposición, pero no necesariamente construye una marca. La visibilidad es apenas la materia prima. Para transformarla en reputación se requiere un relato reconocible, coherente y fácil de recordar.

Y en esto, Noruega es un buen ejemplo. Su campaña no solo estuvo impulsada por la figura global de Erling Haaland. El equipo derrotó a Brasil en octavos de final y llegó hasta cuartos, donde fue eliminado por Inglaterra después de un partido que se extendió al tiempo suplementario. La actuación permitió proyectar atributos que el país suele asociar con su marca institucional: competitividad, planificación, confianza y modernidad.

España, campeona por segunda vez, también obtuvo algo más que una copa. Su triunfo reforzó una narrativa de renovación generacional, diversidad y continuidad competitiva. Un resultado deportivo no redefine por sí solo la imagen de un país, pero puede amplificar atributos previamente existentes cuando la actuación, los protagonistas y el relato nacional avanzan en la misma dirección.

Los países pequeños pueden conquistar una gran cuota de atención y eso también quedó bastante demostrado. En branding territorial, el tamaño del país no determina su capacidad de diferenciarse. En ocasiones ocurre exactamente lo contrario: las naciones menos conocidas poseen más espacio para sorprender.

Cabo Verde, por ejemplo, disputó su primer Mundial, empató con España y Uruguay, avanzó a la fase eliminatoria y llevó al entonces campeón vigente, Argentina, hasta el límite antes de perder 3-2 en tiempo suplementario. Su campaña lo convirtió en uno de los favoritos emocionales del torneo y puso en circulación internacional una identidad vinculada con la resiliencia, la diáspora y la cultura atlántica.

Curazao tampoco avanzó de la fase de grupos, pero consiguió el primer punto mundialista de su historia ante Ecuador. Su arquero, Eloy Room, realizó 15 atajadas, récord para un partido de 90 minutos en la competición. El país más pequeño en población y superficie que ha llegado a una Copa del Mundo logró que su nombre apareciera en medios, conversaciones digitales y búsquedas internacionales.

Para destinos emergentes, esta exposición puede ser invaluable. Sin embargo, la notoriedad se desvanece rápidamente si no existe una estrategia posterior. La curiosidad generada por el fútbol debe transformarse en contenidos turísticos, campañas culturales, presencia diplomática, alianzas comerciales y experiencias digitales que permitan descubrir el país más allá de su selección. Y hoy, en el caso de ambos países, ya pueden celebrar el aumento de las búsquedas en internet de sus atractivos como destino turístico. No se ganó en goles, pero si en potenciales visitantes de todo el mundo.

Y claro, el anfitrión. O al menos uno de ellos. México entendió el Mundial como una plataforma de identidad nacional. El Estadio Azteca, la afición, la gastronomía y las celebraciones urbanas ofrecieron una imagen mucho más emocional que cualquier campaña publicitaria tradicional. La selección alcanzó los octavos de final y quedó eliminada ante Inglaterra, pero el país recibió reconocimientos internacionales por su organización, hospitalidad y capacidad de movilización popular.

Ejemplos hay más, pero me quedo con la idea de que el Mundial 2026 confirmó que una selección puede perder un partido y, sin embargo, ganar reconocimiento, simpatía e influencia. Los países que lograrán capitalizar el torneo serán aquellos capaces de convertir la emoción momentánea en una política sostenida de posicionamiento, conectando deporte, cultura, turismo, inversión y relaciones internacionales.

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