Se cumplen 250 años de la publicación de Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776) y, como en cada efeméride, vuelve el mismo guion de tres ideas: la mano invisible como orden espontáneo, la división del trabajo como fuente de productividad y el egoísmo del panadero que, sin proponérselo, nos alimenta. Es una lectura en parte correcta, pero agotada; la que se enseña en un curso introductorio y la que se repite cada vez que a algún economista le corresponde la columna conmemorativa de turno. El problema no es que sea falsa. Es que es incompleta, y esa incompletitud tiene consecuencias políticas: convierte a Smith en el padrino de un mercado sin fricciones, cuando en realidad escribió una psicología moral de la desigualdad, del reconocimiento y del privilegio que hoy es más útil que nunca.
Quiero detenerme en cuatro puntos que esa lectura estándar deja pasar de largo.
El primero es la mano invisible misma. No es, como se repite, una teoría de los mercados competitivos ni una metáfora de la armonía en la sociedad humana. Smith la usa apenas tres veces en toda su obra, y en el pasaje de la Riqueza no describe el funcionamiento del mercado en general, sino la conducta de comerciantes que, por temor a arriesgar su capital en el comercio colonial, prefieren invertirlo en la industria nacional. Buscan su propia seguridad y, sin proponérselo, terminan beneficiando a la economía del país. Ese es el punto: no es un mecanismo de coordinación de precios, sino un modelo causal de efectos no intencionados, la explicación de cómo una decisión individual y prudencial puede producir un resultado social que nadie planificó ni buscó. Confundir esa idea con el “orden espontáneo” de la escuela austriaca es una lectura retrospectiva, útil pedagógicamente, pero ajena al texto.
El segundo punto es el mérito, que en Smith no es sinónimo de éxito. Aquí conviene tomar distancia tanto del canon economicista como de la crítica reciente de Michael Sandel a la “tiranía del mérito”. Para Smith el mérito es, ante todo, objeto de un juicio moral: se premia al benefactor porque el espectador imparcial simpatiza con la gratitud de quien recibe un beneficio. No es el puntaje de una prueba ni el lugar en un ranking, es la lectura que hace un tercero del esfuerzo de alguien a la luz de su punto de partida. Por eso Smith puede sostener que un hombre de igual mérito nacido pobre merece el mismo respeto que el hijo de un sabio, aunque de hecho no lo reciba en igual medida. Sandel acierta al denunciar el exitismo credencialista, pero al igualar mérito con éxito pierde justamente lo que Smith quiere rescatar: que la libre competencia, aun sin garantizar resultados justos, es el entorno que mejor recompensa el esfuerzo y el que menos premia la herencia y la cuna. Frente a sociedades estamentales o mercantilistas, el mercado competitivo no es perfecto, pero es, con evidencia de sobra, menos indiferente al talento de los de abajo que cualquier alternativa histórica real.
El tercer punto, quizás el más subversivo hoy, es que Smith funda la libertad de una sociedad en la libertad de elegir el propio trabajo. No se trata solo de eficiencia productiva: es un derecho natural, el mismo que Smith invoca contra las corporaciones de oficio, los estatutos de aprendizaje, los mayorazgos y las restricciones legales a la movilidad laboral y comercial de su tiempo. El adversario de la Riqueza no es el Estado en abstracto, sino el cartel: el gremio medieval que cierra el ingreso a un oficio, el privilegio corporativo que fija el precio por sobre su nivel natural, el mercader que captura al legislador para proteger su renta. Es la misma lógica con la que hoy podríamos leer un colegio profesional que restringe la entrada, un sindicato que cartelice un rubro o una regulación redactada por quienes regula. Smith no defiende el mercado porque desconfíe del gobierno; defiende la libertad de laborar porque desconfía, con razón, de los privilegios que los poderosos siempre buscan capturar del gobierno.
El cuarto punto es la vanidad, y aquí Smith se adelanta en dos siglos a cualquier diagnóstico sobre redes sociales y ansiedad de estatus. En la Teoría de los sentimientos morales explica que buscamos riqueza no por las comodidades que esta trae —el salario de cualquier trabajador ya cubre las necesidades básicas—, sino por ser observados, atendidos y aprobados. La pobreza duele menos por la privación material que por la invisibilidad social que produce. Y la admiración natural del pobre por las conveniencias del rico es, dice Smith, el motor silencioso de buena parte de la economía: aspiramos a ser vistos. La vanidad, distinta de esa admiración legítima, es el deseo fatuo de excitar una estima que uno sabe inmerecida. En un mundo de perfiles, seguidores y ostentación calculada, esa distinción entre el deseo genuino de ser digno de aprobación y el deseo vano de aparentarla es, me parece, más precisa que cualquier diagnóstico contemporáneo sobre la “economía de la atención”.
Los cuatro puntos comparten un hilo: Smith no escribió un manual de libre mercado sin fricciones, sino una psicología moral sobre cómo los seres humanos —desiguales en fortuna, iguales en la necesidad de ser reconocidos— construyen instituciones que a veces liberan y a veces esclavizan ese impulso. La mano invisible explica efectos no queridos; el mérito exige que el juicio social distinga el esfuerzo de la suerte; la libertad de trabajar es el antídoto natural contra el privilegio organizado; y la vanidad es el espejo en que la sociedad de consumo se mira sin saber que se mira. Nada de esto cabe en el resumen de manual. Pero es, sospecho, lo que hace que a 250 años Smith siga leyéndose: no por lo que confirma sobre el mercado, sino por lo que todavía incomoda sobre nosotros.