El expresidente Boric guardó silencio sobre la contingencia nacional durante 90 días exactos tras dejar La Moneda, respetando lo que él mismo llamó “la tradición de que los presidentes salientes no inciden en la contingencia durante un tiempo prudente”. Rompió ese silencio para lamentar el rechazo al nuevo sistema de financiamiento de la educación superior y luego volvió a cerrarse. En el cambio de mando del PPD aseguró que no haría comentarios sobre la coyuntura. Días después, durante la conmemoración de los 200 años de la Presidencia, reiteró que estará disponible para lo que la República requiera.
En Gales sí decidió intervenir. Ahí advirtió que la izquierda comete un error cuando trata de ignorantes a quienes votan por Trump, el Brexit o la derecha en Chile. “No puedes decir que la mitad del país es estúpida y tú eres inteligente”, afirmó. La reflexión trasciende esos casos: una fuerza política no puede construir una mayoría despreciando a quienes pretende representar. Boric consideró necesario decirlo. Ese mismo criterio vuelve más evidente otro silencio.
Antes de que el Proyecto de Reconstrucción Nacional iniciara su discusión parlamentaria, la presidenta del Frente Amplio, Constanza Martínez, afirmaba que la prioridad era “que no vea la luz”. Ignacio Achurra advertía que el gobierno “viene a arrasar con lo construido”. El proyecto terminó aprobándose casi íntegramente y parte de la controversia continuará en el Tribunal Constitucional. Negociar durante la tramitación para mejorar una iniciativa y recurrir posteriormente al TC respecto de las materias donde no exista acuerdo son herramientas compatibles. Sin embargo, el Frente Amplio optó por instalar el debate en otro lugar antes de que comenzara la negociación.
Esa decisión tiene consecuencias. Cuando un proyecto queda definido de antemano como ilegítimo, negociar deja de ser una herramienta para influir en el resultado y comienza a transformarse en un problema identitario. Los acuerdos pasan a generar sospechas dentro de las propias filas y quienes intentan construirlos deben justificar su conducta. La negociación deja de evaluarse como una herramienta política y comienza a medirse por el costo simbólico que tiene frente al propio sector.
Ese no parecía ser el aprendizaje que había dejado el gobierno de Boric. Durante cuatro años gobernó en minoría parlamentaria y construyó acuerdos con la oposición para sacar adelante reformas relevantes. También pidió una y otra vez que la oposición abandonara la lógica del bloqueo permanente. Gobernar parecía haberle enseñado que negociar no era una renuncia al proyecto político, sino la condición para hacerlo posible.
Su silencio probablemente responde a un cálculo estratégico sobre su propio posicionamiento. Pero ese cálculo tiene un límite. Corregir el desprecio hacia el elector de Trump, Bolsonaro o Milei no tiene ningún costo. Corregir dentro del Frente Amplio sí, y mientras no lo pague, la pregunta sobre si su aprendizaje de gobernar en minoría fue una convicción o solo una adaptación táctica seguirá abierta. En 2030, si su nombre vuelve a estar en la papeleta, esa pregunta se va a instalar con fuerza, y ya no va a poder resolverla con un silencio prudente.