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Lección para las futuras Maras

Digámoslo sin eufemismos: a Mara no le perdonaron que fuera mujer. Desde que tenía el pelo desgreñado, se vestía mal (¿qué significa vestirse mal digo yo?), hasta que se quería parecer a la vocera del gobierno anterior, como si hubiera un solo molde posible para ejercer ese cargo siendo mujer.

Leí con mucha atención la columna de Rafael Gumucio, publicada en este mismo espacio, donde se refiere a la comentada entrevista de la exvocera de Gobierno, Mara Sedini, lo que me hizo reflexionar acerca de cómo se evaluó su trabajo, y aquí vengo a agregar un nuevo elemento a ese balance: el clasismo y el machismo.

Sin duda que el Gobierno cometió un error político al nominarla y, desde mi perspectiva, la famosa entrevista solo vino a refrendar esa apreciación. Ella, consciente del impacto que generarían sus declaraciones, representa su papel sin estridencia, sin desencajarse ni gritar, como lo hacía en su paso por Sin Filtros, respirando por la herida, sin ningún atisbo de autocrítica y, utilizando la jerga futbolística, rompiendo todos los “códigos de camarín” al salir a criticar la decisión tomada, atacando el entorno más cercano al presidente, partiendo por la primera dama y los asesores del influyente segundo piso.

Pero quiero detenerme en los cuestionamientos hacia ella, tanto cuando ejercía el cargo como ahora que salió de su silencio, porque ahí hay patrones que se repiten y que vale la pena nombrar. Primero, el clasismo, no desde la vereda socioeconómica, sino desde una más sutil y no menos clasista: la política entendida como casta. Inexperta, sin dedos para el piano, poca preparación, escasa trayectoria fueron los adjetivos despectivos más recurrentes para describir su desempeño. El gran pecado de Mara Sedini fue no venir de la política tradicional, no haber sido dirigenta de nada, como si ese fuera el único diplomado válido para ejercer un cargo público.

Y la crítica no vino precisamente de la oposición, que muchas veces tomó palco en medio de la polémica, sino de su propio sector, que veía con nerviosismo cada una de sus intervenciones. Ahí el clasismo mostró su otra cara: su independencia partidista y, sobre todo, su origen televisivo, ese pasado en la farándula que en el mundo político se mira en menos, como si viniera del barrio equivocado del prestigio no obstante provenir de un buen colegio y una buena familia (¿qué significa venir de una buena familia digo yo?). La miraron desde una superioridad simbólica. A otros voceros que llegaron desde el periodismo o la academia nadie les exigió el mismo pedigrí; a ella se lo cobraron como una mancha. Y la prueba de que el diagnóstico no era solo técnico está en su reemplazo: un personaje de mayor tonelaje, el ministro Claudio Alvarado que, disculpen la obviedad, es hombre, lo que nos lleva a la segunda reflexión.

Digámoslo sin eufemismos: a Mara no le perdonaron que fuera mujer. Desde que tenía el pelo desgreñado, se vestía mal (¿qué significa vestirse mal digo yo?), hasta que se quería parecer a la vocera del gobierno anterior, como si hubiera un solo molde posible para ejercer ese cargo siendo mujer. Su condición de actriz también se usó en contra, como si actuar fuera incompatible con la seriedad, y en redes sociales no tardaron en sacar a relucir su vida privada y sus relaciones amorosas para torpedearla: la típica arma machista para desacreditar a las mujeres en política, como lo he comentado en columnas anteriores. A ningún vocero hombre, que yo recuerde, le han exigido explicaciones sobre su pareja o su corte de pelo. En definitiva, argumentos llenos de sesgos y estereotipos.

El Gobierno no quiso arriesgarse y puso a un hombre: conservador, felizmente casado y de la vieja política, para ahorrarse otro bochorno. La elección misma fue una declaración: ante la duda, la seguridad de lo tradicional, de lo masculino y de lo ya probado. En otras palabras, machismo y clasismo político juntos, como una “Cajita Feliz”, para pasar el sabor amargo de la equivocación que significó la nominación de Sedini.

Con esto no quiero eximirla de su evidente impericia política y una cuota importante de ego, que parte cuando ella acepta un cargo para el cual se requiere no solo experiencia, sino que también manejo político y tino. En la historia reciente de Chile sobran los ejemplos de connotadas mujeres y hombres que zozobraron en sus cargos ministeriales por errores casi infantiles. Solo bastaba revisarlos y tratar de no repetirlos, o derechamente haber declinado la oferta.

Conclusión: el machismo-clasismo siempre está acechando a izquierdas y derechas, agazapado, medio adormilado quizá, pero listo para atacar cuando se le requiera. Que esto sirva de lección para las futuras Maras antes de aceptar cargos públicos.

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Digámoslo sin eufemismos: a Mara no le perdonaron que fuera mujer. Desde que tenía el pelo desgreñado, se vestía mal (¿qué significa vestirse mal digo yo?), hasta que se quería parecer a la vocera del gobierno anterior, como si hubiera un solo molde posible para ejercer ese cargo siendo mujer.

Foto del Columnista Yolanda Pizarro Yolanda Pizarro