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El directorio y el gobierno de la IA

La IA ya interviene en las decisiones clave de las empresas, pero los directorios suelen delegarla como si fuera un asunto meramente técnico. Grave error.

En la mayoría de las empresas chilenas, la inteligencia artificial ya está tomando decisiones. Filtra currículum, sugiere precios, responde a clientes, ordena la cobranza. Y en muchas de esas empresas, el directorio es el último en enterarse.

No es negligencia. Es una confusión de categorías. El directorio trata la IA como un tema de tecnología, algo que se delega al área de sistemas o a un proveedor. Pero la IA dejó de ser una herramienta que se instala. Es un sistema que decide. Y decidir, por definición, es materia de gobierno.

Mientras tanto, en el Senado avanza un proyecto de ley que busca regular la inteligencia artificial. Bienvenido sea. Pero sería un error que los directorios se sienten a esperar que la ley les diga qué hacer. La regulación fija un piso: qué se prohíbe, qué exige consentimiento, qué hay que informar. Gobernar la IA es otra cosa, y es indelegable. Cumplir la ley no equivale a conducir la tecnología hacia el valor y lejos del riesgo. Una empresa puede cumplir cada artículo y, aun así, estar dejando plata sobre la mesa y acumulando una exposición que nadie mira.

Lo digo con todas sus letras: el acceso a la IA ya dejó de ser la ventaja. Hoy cualquiera contrata las mismas herramientas. Lo que separa a los directorios que hablan de IA de los que de verdad la conducen es el criterio para convertirla en valor y para gobernar su riesgo. Y el criterio no viene en la licencia.
Gobernar la IA a nivel de directorio significa tres cosas concretas. Primero, decidir qué vale la pena y qué no: dónde mueve la aguja del negocio y dónde es solo moda cara. Segundo, gobernar las soluciones y a sus proveedores, porque delegar en un tercero la decisión no elimina la responsabilidad: la esconde. Tercero, medir. Cuánto valor se captura y cuánto riesgo se corre, cada ciclo, con la misma disciplina con que se mira el flujo de caja.

Nada de esto exige que los directores se vuelvan expertos técnicos. No necesitan saber cómo funciona un modelo, igual que no necesitan dominar la partida doble para exigir un balance. Necesitan hacer las preguntas correctas y no aceptar respuestas vagas. ¿Qué decisiones de esta empresa las toma hoy un algoritmo? ¿Quién responde si se equivoca? ¿Cómo sabemos que está capturando valor y no solo gastando presupuesto?

La incomodidad se entiende. Es más fácil aprobar un presupuesto de IA que gobernarlo. Pero el directorio que espera a que la regulación lo obligue ya perdió el punto. Para cuando la ley esté publicada, la IA llevará años decidiendo en su empresa. La pregunta no es si van a gobernarla. Es si van a empezar antes o después de que algo salga caro.

Y empezar es barato. No hace falta un comité nuevo ni una consultoría de dos años. Hace falta una conversación seria, con los temas propios sobre la mesa, y la decisión de tratar a la IA por lo que es: no un proyecto de tecnología, sino una materia de gobierno. El resto de la empresa ya la está usando. Falta que el directorio la conduzca.

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