La inestabilidad es lo normal. Y eso impacta en la búsqueda del bienestar de la gente común, la que está más allá de debatir sobre política, economía, sociedad y tecnología.
La gente común ni siquiera debate sobre ideas, se deja llevar por posiciones y lados que se suponen le van proveer un vivir mejor. Pero a pesar de entregarse como un rebaño al fanatismo por alguno de esos dos lados que constituyen una grieta insalvable, aún no reciben respuesta, seguramente porque las ideologías en estado puro que se constituyen como un dogma, solo crean una adicción emocional transitoria.
Ocuparse de las tribulaciones de la gente común es pensar términos de evolución, la que es producto de la recursividad entre ideas y doctrina.
En tal sentido, hay una distinción que vale la pena precisar: las ideas -libertad, igualdad, orden, justicia- funcionan como categorías casi platónicas, y permanecen porque son abstracciones sin contenido operativo ya que no prescriben qué hacer, sino que solo se constituyen en un relato que determina de manera absoluta lo que supuestamente importa.
Entonces, frente a ese “marco teórico” entran en juego las doctrinas, que son el instrumento que traduce esas ideas en un programa de acción para un contexto específico. Por ejemplo: El liberalismo del siglo XIX plantea “la libertad” aplicada en una doctrina que interpretó la idea de libertad en términos de mercado, propiedad y Estado mínimo, porque ese era el conflicto histórico que enfrentaba. En cambio, el liberalismo actual reinterpreta la misma idea frente a otros conflictos, como el de la vigilancia y el control de las personas en una sociedad.
Entonces la doctrina es la idea puesta a trabajar contra un antagonista concreto, es decir contra un conflicto.
Cabe señalar que sin un conflicto por resolver la doctrina es un vacío, pero sin idea permanente detrás, la doctrina es puro oportunismo táctico.
Es el huevo y la gallina.
En estos tiempos de mediocridad, cuando un político vende como idea pura “la libertad” o “la justicia social” sin una doctrina que la aplique, solo está traficando ilusiones, lo que resulta atrapante como toda ilusión aunque nunca verificable. Y ese tráfico de ilusiones se puede repetir en cualquier década o siglo sin que nadie lo desmienta, precisamente porque nunca tiene un cable a tierra o un programa de acción que explique y aplique el qué y el cómo hacer para resolver la vida de la gente común que necesita educación, salud, seguridad o un ingreso mejor.
Pero el problema persiste y es mayor aún cuando una doctrina se aferra a su forma original ignorando que el mundo que la vio nacer ya no existe. Ahí deja de ser un instrumento y se convierte en una identidad dogmática, con la que aparecen políticos defendiendo recetas de hace cuarenta años como si fueran principios eternos, cuando en realidad eran tácticas para un problema que ya no tiene los mismos componentes en estos tiempos.
La vida de las personas no se resuelve con la idea ni con la doctrina por sí solas. Se resuelve cuando alguien -será un político- tiene el coraje de preguntarse de manera permanente, cuál es el conflicto real de hoy y así reescribir la doctrina para enfrentarse contra ese enemigo específico, sin traicionar el destino que dice defender.
Ese replanteo de la doctrina no es traición a una idea, sino el único gesto que la mantiene viva y así someterla, una y otra vez, al examen de la sociedad para ver si todavía sirve para algo. Eso, es pragmatismo.
La sociedad de hoy quiere saber que papel juega en esta película y aportar lo suyo. De allí que la verdadera revolución es humana, la que es en sí misma una estructura de poder, ya que el poder de un gobierno es circunstancial. Por eso en la Revolución Humana no pueden existir marginados, olvidados, pero tampoco parásitos.
Que bueno sería que los políticos entiendan como guiar esa revolución, ya que finalmente llegar a gobernar bien es poner en el centro al ser humano viviendo en sociedad y no hacer lo posible, sino lo que hay que hacer.