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La próxima tormenta no traerá lluvia 

Las imágenes de termómetros superando los 40°C en Europa no nos pueden dejar indiferentes. En pocos meses, ese será también nuestro problema.

Tras cada temporal, volvemos a hablar de árboles caídos, inundaciones, cortes de luz y, en muchas ocasiones, de tragedias que se producen debido al mal tiempo. Pero cuando la emergencia pasa, también pasa la conversación. Ése es precisamente el problema: las ciudades resilientes no se planifican después del desastre, sino antes. Y hoy, mientras todavía hablamos de lluvia, deberíamos estar preparándonos para el calor extremo, las islas de calor y los incendios que marcarán los próximos meses. No reconstruyamos, anticipemos. 

De hecho, hace unas semanas, las imágenes de termómetros superando los 40°C, escuelas cerradas y fuentes públicas convertidas en refugios improvisados para escapar del calor nos sorprendían desde Europa. Francia, España, Italia y otros países enfrentaron una ola de calor que obligó a activar planes de emergencia, modificar la vida cotidiana y recordar -nuevamente- que el cambio climático dejó de ser una proyección para convertirse en una realidad.

Desde Chile es fácil mirar esa situación con distancia, sobre todo en estos días de invierno. Sin embargo, sería un error pensar que se trata de un fenómeno ajeno. Santiago conoce cada vez mejor los efectos del calor extremo. En los últimos años se han registrado olas de calor históricas en la ciudad. Por ejemplo, el 26 de enero de 2019, la estación Quinta Normal de la Dirección Meteorológica de Chile alcanzó un récord de 38,3°C, mientras que la estación de Pudahuel llegó a 39,3°C. Las proyecciones climáticas indican que estos eventos serán cada vez más frecuentes e intensos, sobre todo si las condiciones urbanas así lo facilitan. Pero hay más: datos del Ministerio del Medio Ambiente alertan sobre el riesgo de que la zona central del país concentre islas de calor entre 2035 y 2065, sobre todo en ciudades como Santiago, Melipilla y Machalí.

Estudios realizados en Santiago han identificado diferencias de hasta 9°C entre distintos sectores de la ciudad, asociadas a la presencia o ausencia de áreas verdes, la cantidad de superficies pavimentadas y el tipo de urbanización. Esa brecha térmica no sólo afecta el confort de las personas; también influye en la salud, el consumo energético y la calidad de vida, especialmente en los barrios más vulnerables. De hecho, más de la mitad de los santiaguinos vive en sectores que superan los promedios de temperatura de la ciudad, con un impacto especialmente severo en comunas del sector norponiente, donde la menor cobertura vegetal y una mayor vulnerabilidad social amplifican los efectos del calor extremo.

Por eso resulta interesante observar dónde están poniendo su atención quienes hoy están desarrollando soluciones para las ciudades del futuro. Con el objetivo de escalar soluciones que contribuyan a hacer de Santiago una ciudad sustentable y posicionarla como una ciudad pionera en tecnología y en esta área del urbanismo. Desde Ciudad Emergente, estamos cerrando AcademIA HackLab, una iniciativa que seleccionó cerca de una treintena de proyectos que utilizarán inteligencia artificial para enfrentar distintos desafíos urbanos asociados al cambio climático, y que recibirán capacitaciones especializadas. Entre ellos, varias propuestas buscan identificar islas de calor, fortalecer la infraestructura verde, mejorar la gestión de parques urbanos y utilizar información territorial para apoyar mejores decisiones, tanto del sector público como del privado.

Por ejemplo, la Fundación Circular está trabajando en incorporar la IA para integrar información de clima, suelo y vegetación a su metodología de reforestación. Al mismo tiempo, se busca desarrollar un sistema de alertas tempranas para riesgos, como lo son los incendios, por ejemplo, por fallas en el sistema de riego u otros factores. Otro caso que permite ilustrar una manera de anticiparse, es el desarrollo que hace la Fundación Cosmos, que trabaja centralmente con humedales. A través de una aplicación, buscan llamar a la comunidad a subir videos y fotos de la rivera del Mapocho y el canal San Carlos, analizados con IA, la que sistematiza a información, para luego poder aportar con esos datos y tomar decisiones que apoyen a las comunidades, aprovechando estos espacios, que muchas veces han sido degradados. Así, afortunadamente, hay muchos proyectos novedosos.

La inteligencia artificial, en este contexto, no reemplaza la planificación urbana. La fortalece. Permite procesar imágenes satelitales, grandes volúmenes de datos ambientales y detectar patrones que serían difíciles de identificar mediante métodos tradicionales. En otras palabras, ayuda a comprender mejor el territorio para intervenirlo de manera más inteligente y oportuna.

Pero hay una lección aún más importante. Frente al aumento de las temperaturas, la respuesta no vendrá únicamente de la tecnología. Vendrá, sobre todo, de la capacidad de nuestras ciudades para recuperar infraestructura verde, ampliar la cobertura arbórea y diseñar espacios públicos capaces de proteger a las personas del calor extremo. La tecnología puede decirnos dónde actuar; la naturaleza sigue siendo la solución más eficaz para enfriar una ciudad.

Las olas de calor que recién ocurrieron en Europa, probablemente, deban una advertencia sobre el futuro que enfrentaremos con mayor frecuencia. La adaptación no comienza cuando se declara una emergencia, sino antes, cuando las ciudades invierten en conocimiento, planificación e innovación. Por eso, es tremendamente importante actuar. La evidencia ya está sobre la mesa. También las herramientas. Hoy el desafío no es seguir diagnosticando el problema, sino tomar decisiones que permitan construir ciudades más resilientes antes de que el calor extremo deje de ser una advertencia y se convierta en nuestra nueva normalidad. Y desde Ciudad Emergente, esperamos que los proyectos que hoy participan de AcademIA HackLab sigan avanzando para preparar nuestra región.

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