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Chile y Venezuela: normalizar las relaciones no significa regularizar automáticamente a los migrantes

No deben crearse falsas expectativas: regularizar la situación migratoria de los residentes irregulares requerirá una política explícita de la autoridad chilena. Por ahora, el acuerdo debe entenderse técnicamente como el inicio de la restitución del diálogo político y consular entre ambos Estados.

El anuncio del 30 de julio de 2026 entre los gobiernos de Chile y Venezuela establece una hoja de ruta para la normalización progresiva de sus relaciones bilaterales, comenzando con la reactivación consular. Este paso inicial busca restablecer los servicios y la protección de los nacionales en ambos países —beneficiando potencialmente a miles de residentes—, diferenciándose de la reanudación de las relaciones diplomáticas plenas y separando las diferencias políticas de las necesidades humanas inmediatas.

Desde la práctica diplomática y el derecho internacional, normalizar relaciones implica reconstruir progresivamente los canales institucionales. La elección de la vía consular responde a la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares, la cual permite mantener o reactivar la cooperación y asistencia a los nacionales aun cuando el vínculo político entre los gobiernos continúe siendo limitado.

Es fundamental distinguir que la normalización bilateral no implica un proceso de regularización migratoria. La condición legal de los ciudadanos extranjeros en Chile se rige estrictamente por la legislación nacional (Ley N.º 21.325 de Migración y Extranjería). Por ende, otorgar residencia, modificar sanciones u ordenar expulsiones exige decisiones formales y específicas de las autoridades migratorias chilenas (Subsecretaría del Interior y Servicio Nacional de Migraciones), y no se deduce de una declaración de política exterior.

Aunque la reapertura consular no otorga estatus migratorio, sí genera efectos concretos: permite a la población venezolana acceder a la renovación de pasaportes, antecedentes y otros documentos indispensables con la legalización o apostilla correspondiente, además de recuperar la asistencia y protección consular formal ante emergencias o procesos legales.

Asimismo, la restauración de estos canales facilitará la coordinación bilateral en materias de verificación de identidad, emisión de salvoconductos y la eventual ejecución de decisiones administrativas como retornos o expulsiones. No obstante, dicha cooperación no elimina el debido proceso chileno: las medidas de expulsión o las solicitudes de refugio seguirán exigiendo evaluaciones individuales, resoluciones fundadas y recursos legales aplicables.

Finalmente, la hoja de ruta representa un avance significativo al reconstruir canales institucionales que impactan positivamente en la vida cotidiana de las personas. Sin embargo, no deben crearse falsas expectativas: regularizar la situación migratoria de los residentes irregulares requerirá una política explícita de la autoridad chilena. Por ahora, el acuerdo debe entenderse técnicamente como el inicio de la restitución del diálogo político y consular entre ambos Estados.

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