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El catequista del mercado

Kast le da la razón a Norberto Bobbio: mientras la izquierda piensa que la desigualdad es artificial y, por tanto, injusta, la derecha cree que forma parte del orden natural de las cosas, no necesariamente porque así lo haya querido Dios, sino porque refleja un legítimo diferencial de talento, esfuerzo y mérito.

¿Qué es José Antonio Kast, ideológicamente hablando? Algunos sostienen que es un digno representante de la nueva derecha populista y radical que avanza en el mundo, la misma de Trump y Bolsonaro, Orban y Milei, VOX y Le Pen. Esta derecha —o ultraderecha, como la llaman— sería profundamente “iliberal” y, en ese sentido, proclive al autoritarismo y a la erosión democrática. Quienes discrepan dicen que Kast y sus Republicanos son vino viejo en odres nuevos: la misma derecha conservadora y neoliberal de siempre, ese raro proyecto de Jaime Guzmán que cristalizó en la UDI pre-Lavín de los noventa y del cual apenas se distanció la derecha tradicional cuando esta se volvió centrista con Piñera, apostando entonces por una retórica de mayor confrontación.

Discusión abierta.

Lo que sí ha quedado claro en los meses que lleva gobernando es que Kast es un catequista del mercado, un profeta de su moralidad, un evangelista de sus virtudes. Desde su privilegiada tribuna —cada palabra del presidente es un acto político—, Kast ha reiterado dos ideas centrales. Y lo ha hecho de forma sencilla, sin sesudas citas bibliográficas ni complejas argumentaciones, consolidando la extendida impresión de que no es un hombre letrado, mucho menos un intelectual, pero sí tiene un par de intuiciones tan nítidas como graníticas.

La primera idea es que la vida de la gente no mejora por la voluntad de unos pocos iluminados que pretenden modelarla racionalmente a través de las instituciones. Aunque probablemente Kast crea en el diseño inteligente de las especies orgánicas, no piensa lo mismo en materia económica, donde confía en la mano invisible y, al igual que Adam Smith, recela del “hombre de sistema” que planifica la sociedad de arriba hacia abajo.

Así lo explicitó en la cuenta pública, donde manifestó su escepticismo frente a las grandes reformas y ambiciosas transformaciones que se prometen como panacea para los males sociales. Kast cree que la vida colectiva mejora cuando cada uno hace bien lo suyo, en la casa y en la pega. Por lo mismo, transmite una desconfianza estructural hacia el Estado. Lo dijo textualmente su apóstol Quiroz frente a los empresarios: “El sector privado es el motor del crecimiento, y el Estado está para crear un clima favorable a los negocios”. El Estado, reconoció el ministro de Hacienda, tiene deberes “que los privados no pueden hacer, como asegurar el orden público y el Estado de derecho, e ir en ayuda de los segmentos con menos oportunidades… pero no mucho más”. Hacía tiempo que no se articulaba una defensa más clara del principio de subsidiariedad, tal como lo entendió Guzmán.

La segunda idea fue deslizada por el presidente en una reciente visita a La Araucanía, cuando le dijo a una señora de escasos recursos que, en lugar de compararse odiosamente con una familia adinerada, debería más bien “agradecer al país que permitió que esa familia pudiera salir adelante”. Es decir, Kast piensa que los sectores más pudientes de la sociedad llegaron donde están, y tienen lo que tienen, porque se lo ganaron a punta de esfuerzo, talento o mérito. Aunque la realidad indica que las personas ocupan la posición social que ocupan en gran medida debido a la buena o mala suerte que tuvieron al nacer, Kast insiste en su convicción filolibertaria: cada ciudadano es dueño de lo que tiene y, en principio, no hay justo título que permita al gobierno meter la mano en sus bolsillos, del mismo modo que no puede decirle en qué gastar su plata.

En esta doctrina, el dinero puede comprarlo (casi) todo, pues es el fruto legítimo del trabajo individual, y se plantea en franca oposición al “régimen de lo público” que busca desmercantilizar bienes y servicios clave, como la salud y la educación. Así, Kast le da la razón a Norberto Bobbio: mientras la izquierda piensa que la desigualdad es artificial y, por tanto, injusta, la derecha cree que forma parte del orden natural de las cosas, no necesariamente porque así lo haya querido Dios —no somos protestantes—, sino porque refleja un legítimo diferencial de talento, esfuerzo y mérito.

El evangelio del mérito no solo se aplica a los individuos, sino también a las familias, una gimnasia conceptual que permite justificar el derecho de una generación a transmitir sus ventajas a la generación siguiente, aunque estos niños no les hayan ganado aún a nadie. Esta idea será la base de la contrarreforma educacional que fragua el gobierno de Kast.

Ambas ideas—un Estado pequeño y un mercado grande para desplegar la libertad, y la revaloración del mérito como justificación de la desigualdad— constituyen el corazón del proyecto político-económico del gobierno. Pero también se articulan en una particular e ingeniosa versión de la batalla cultural: el problema ya no es tanto que Nicolás tenga dos papás; el problema es que Nicolás no paga lo que debe. Celebrar las virtudes morales del mercado permite evitar incómodas discusiones de la cintura para abajo, donde Republicanos navega contra el sentir mayoritario de la población.

En la batalla cultural que le gusta a Quiroz, en cambio, el clima nacional es favorable.

En su primer libro, titulado La fatal ignorancia (2008), un jovencísimo Axel Kaiser alegaba que nadie en la derecha chilena defendía la moralidad de la economía de mercado, no solo como un proyecto utilitario de maximización de las ganancias colectivas, sino como una empresa ética asociada a cierta idea sustantiva —¡y superior!— de justicia. En Argentina, ese profeta frenético se llamó Javier Milei. En Chile, su catequista es José Antonio Kast.

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La exministra de la Mujer y exvicepresidenta de la UDI, actual presidenta de la corporación Somos Mujeres por Chile, columnista de El Mercurio y panelista de 13 radio, una de las figuras femeninas más importantes del segundo período de Sebastián Piñera, analiza el momento de “las derechas”, el rol del Gobierno y del PDG en el escenario actual y denuncia cómo se han ido perpetuando los malos modales en la política.

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