Cada 18 de agosto, Chile recuerda al Padre Alberto Hurtado y celebra el Día de la Solidaridad. Es una fecha que nos invita a volver sobre una convicción sencilla, pero profundamente exigente: nadie construye su vida completamente solo. Desde que nacemos hasta que morimos, dependemos de otros para crecer, aprender, cuidar, enfrentar las dificultades y encontrar sentido. El Padre Hurtado comprendió que la solidaridad no era simplemente conmoverse ante el dolor ajeno, sino reconocer al otro como alguien cuyo destino también nos interpela. Por eso su legado conserva tanta vigencia, pues nos recuerda que una sociedad verdaderamente humana no puede construirse desde la indiferencia.
Esta reflexión adquiere especial relevancia en nuestro tiempo. Hemos progresado enormemente en muchas dimensiones materiales y contamos con más herramientas para comunicarnos que cualquier generación que nos antecedió. Sin embargo, también observamos señales preocupantes de soledad, aislamiento y debilitamiento de nuestros vínculos. Familias más exigidas, barrios con menor vida, menos espacios de encuentro y personas que, aun rodeadas de otros, sienten que no tienen a quién recurrir.
Según datos del Termómetro de Salud Mental Achs-UC (2025), en Chile, alrededor de uno de cada cinco adultos presenta niveles altos de soledad, con especial prevalencia en los jóvenes y adultez temprana. La pobreza, por tanto, no es solamente falta de ingresos, sino que existe también una pobreza relacional, e incluso espiritual, cuando faltan pertenencia, propósito, vínculos significativos y un horizonte que trascienda al individuo.
Frente a esa realidad, la solidaridad debe recuperar su verdadero significado. Debe volver a comprenderse como la conciencia de que somos interdependientes y, por eso, responsables unos de otros. Una forma de habitar la vida en común, reconociendo que el destino de los demás nunca nos es del todo ajeno.
Esta mirada también interpela a la política social. Durante décadas hemos avanzado en comprender y enfrentar las carencias materiales mediante políticas de ingresos, vivienda, empleo, educación o acceso a prestaciones. Esa tarea sigue y seguirá siempre siendo indispensable. Pero desde el Ministerio de Desarrollo Social y Familia queremos ampliar esa mirada y reconocer con mayor fuerza las vulnerabilidades que subyacen a las relaciones humanas. La política social no fabrica amistad, decreta comunidad ni mucho menos sustituye a una familia, pero sí puede fortalecer capacidades familiares, apoyar a quienes cuidan, promover redes de apoyo, recuperar espacios comunitarios, para que así nadie tenga que enfrentar en soledad las dificultades que depara la vida. El Estado no puede –ni debe– reemplazar los vínculos, pero sí generar las condiciones e incentivos para que estos puedan florecer.
Ahora bien, sería un error pensar que este desafío interpela únicamente al Estado. La reconstrucción de una sociedad más solidaria requiere de todos quienes la componen. De los municipios, empresas, organizaciones sociales, iglesias, colegios, universidades, barrios y familias. Requiere también preguntarnos individualmente cuánto tiempo entregamos a otros, cuánto conocemos a nuestros vecinos, cómo acompañamos a nuestros mayores, cuánto espacio damos a la conversación con un ser querido y qué hacemos cuando alguien cercano atraviesa una dificultad. Los tiempos modernos demandan una solidaridad capaz de expresarse no sólo frente a una emergencia, sino también en la vida cotidiana, allí donde se construyen —o se pierden— la confianza y la pertenencia.
Quizás esa sea una de las principales enseñanzas que el Padre Hurtado todavía puede ofrecerle a Chile. La respuesta al individualismo y a la soledad no vendrá únicamente de mejores prestaciones ni de más y mejor tecnología, sino también de volver a mirarnos como parte de una comunidad y asumir que el bienestar del otro importa para nuestra propia vida en comunidad.