La aprobación de la mega reforma marca un hito en varias dimensiones. Primero, un hito cultural. Bajar impuestos y con ello implícitamente reducir el tamaño del Estado, reducir la maraña regulatoria de la permisología, generar certezas de largo plazo para los inversionistas y confiar en el despliegue de la iniciativa privada es, a todas luces, un triunfo cultural. Son valores de una agenda liberal, sin complejos, que se despliega para generar más bienestar. Es poner el Estado al servicio de las personas, y no al revés. Evidentemente los cambios culturales toman tiempo, pero esta ley es una piedra angular de ese trayecto.
Segundo, es un hito político. Haber aprobado tamaña reforma en tan solo cinco meses de gobierno es un triunfo rotund para la administración Kast. Es lo que no consiguió la administración Boric con su mega reforma tributaria, rechazada en la Cámara en su idea de legislar. Sin esa reforma, el gobierno de entonces perdió agenda y conducción, perdió relato y poder. Hoy, vemos todo lo contrario.
Tercero, y lo principal, es un hito económico. La reforma traerá más inversión y más crecimiento, y de manera más gradual, recuperación de empleos. Paso a paso cambiará la tendencia de una economía con resultados mediocres a una economía más dinámica, más abierta y sana.
Pero, pese al gran avance, no será suficiente. La crisis laboral y las bajas expectativas de los consumidores nos obligan a hacer más para despegar. Las modificaciones al mercado laboral para bajar los costos de contratación y darle mayor flexibilidad —sala cuna universal, contratos por hora, indemnización a todo evento, entre otros— y la reforma al mercado de capitales, para dotarlo de mayor profundidad, desarrollar el mercado de la deuda, aumentar la inclusión financiera y transformar a Chile en una potencia exportadora de servicios financieros, son los siguientes pasos en políticas públicas.
Sin embargo, antes de cualquier nuevo cambio regulatorio, el primer cambio es actitudinal.
Tenemos que recuperar la esperanza; no una esperanza vacía, sino fundada en una nueva realidad que comenzará a modificarse para mejor y en la convicción de un camino más expedito y con menos baches.
El ministro Quiroz tenía razón cuando decía que junio marcaría un cambio de rumbo. El crecimiento de 9,8% de la minería y de un 5,4% del comercio son buenas señales para lo que resta del año. Comenzaremos a ver cifras positivas del Imacec a contar de ahora, que en sus componentes no mineros ya venía mejor en los meses anteriores. Aun cuando el 2026 ya está jugado, en buena medida por los efectos de la crisis internacional, comenzaremos a ver mucho mejores resultados a contar del año 2027: Hacienda proyecta un crecimiento para el próximo año del 2,8%; Bank of America un 3% y el Banco Central también un 3%.
En paralelo, mientras la inversión augura buenos resultados, los consumidores ven el futuro próximo con pocas luces. Aun cuando las mejores cifras irán de a poco mejorando el ánimo, tenemos que creernos el cuento. Es muy simple: si creemos que el futuro viene malo, consumimos menos, frenamos inversión y se reduce el acceso al crédito. Eso no le hace bien a la economía. Haciendo una analogía con la educación: si el profesor no confía en el futuro de sus estudiantes, en sus capacidades y esfuerzo, su motivación y desempeño como docente también caerán, y el aprendizaje del niño se verá perjudicado. Es un círculo vicioso. Pero se transforma en virtuoso cuando la actitud cambia y el profesor confía en que juntos pueden avanzar. Altas expectativas, basadas en el trabajo duro y los afectos. Esto necesitamos para nuestra economía.
Tenemos el potencial, los talentos, los recursos y un camino trazado. Ahora es momento para que la iniciativa privada se despliegue y miremos el futuro con algo más de optimismo en este nuevo y seguramente virtuoso ciclo para nuestra economía.