Que exista una demanda ciudadana en seguridad en Chile no se discute. La propuesta del presidente Kast reveló dónde termina ese consenso. Ni siquiera su propio sector estaba dispuesto a acompañarlo hasta donde él quería llegar. La UDI advirtió que el proyecto dañaba la institucionalidad. Evópoli objetó las facultades que le entregaba al Presidente. El Partido Nacional Libertario pidió ponerle límites. El PDG, socio necesario en la Cámara, cerró la puerta. El rechazo vino, sobre todo, desde quienes comparten el diagnóstico que dio origen a la propuesta.
El consenso sobre el problema puede convivir con profundas diferencias respecto de las herramientas para enfrentarlo. Un gobierno puede tener toda la razón en diagnosticar que el crimen organizado exige nuevas capacidades del Estado y, aun así, proponer mecanismos que excedan el acuerdo que sostenía ese mandato. Una demanda mayoritaria tiene bordes. Confundir su intensidad con la extensión del mandato recibido transforma una ventaja política en un riesgo.
El senador Luciano Cruz-Coke lo explicó sin rodeos: el nuevo estado de excepción entrega “poderes excesivos al Presidente que jamás querría en manos de oposición”. La frase funciona como termómetro. Los propios socios de gobierno imaginan esa herramienta en manos del próximo adversario y evalúan desde ahí el riesgo de incorporarla al sistema. Parisi fue todavía más categórico al recordar que, tras dos procesos constitucionales fallidos, existía “un contrato implícito” de no volver a tocar la Carta Fundamental.
La consecuencia más relevante aparece cuando ese movimiento comienza a desacoplar al gobierno de la ciudadanía que sostenía su agenda. Una mayoría puede exigir mayor seguridad y nuevas herramientas contra el crimen organizado, sin estar dispuesta a entregar cualquier facultad para conseguirlo. Cuando el gobierno sigue avanzando después de ese punto, empieza a abandonar el espacio político que convirtió su propuesta en mayoritaria.
Ahí comienza también a moverse el péndulo. El espacio que deja un gobierno cuando sobre interpreta su mandato queda disponible para sus adversarios. La oposición puede empezar a crecer manteniendo su posición, simplemente porque el oficialismo se alejó del lugar donde estaba la mayoría. Luego, cada sector recalibra hasta dónde puede llegar mirando lo que hizo el anterior. El desacople ciudadano y la reacción política comienzan así a reforzarse mutuamente.
El presidente Kast puede terminar aprobando una versión acotada de su reforma, pero el episodio deja una advertencia que trasciende esta discusión. Una demanda mayoritaria entrega fuerza mientras el gobierno sea capaz de interpretar sus límites. Cuando la estira demasiado, comienza a perder la mayoría que le daba sustento y abre espacio para que el péndulo inicie su recorrido en la dirección contraria. Ese es el problema de estirar demasiado el chicle.