Muchas voces se han alzado durante los últimos días frente a lo que parece ser un arbitrario menosprecio de las artes y las humanidades por parte del actual gobierno. Primero fueron los recortes presupuestarios reflejados en los FONDART y, hace algunos días, la definición de Áreas Prioritarias en las bases de los posdoctorados. Estas acciones parecen ser la consecuencia lógica de una determinada concepción de aquello que algunos sectores consideran socialmente útil. Una idea que no es nueva y que ya despertaba alertas en junio de 2024, cuando Sebastián Edwards proponía cerrar las Becas Chile para las humanidades durante diez años. Si bien la actual ministra aclaró que se trataba de reajustes que afectarían solo a los concursos mencionados, la duda permanece.
¿Por qué nuestra élite política no considera las humanidades como Áreas Prioritarias, por no decir que abiertamente las menosprecia? No se trata solo de ideologías o partidos, sino también de cómo nuestra sociedad entiende las artes y humanidades. Basta con mirar las encuestas: las principales preocupaciones de los chilenos se concentran en seguridad, trabajo y crecimiento económico. Ante esto, ¿qué pueden ofrecer la historia, el teatro o la literatura? A primera vista, nada.
Las humanidades suelen justificarse por su capacidad para contribuir a la comprensión de la sociedad y formular aquellas preguntas incómodas que cuestionan nuestro modelo. Alguien podría replicar que esas preguntas no interesan a nadie o que sus respuestas están sesgadas por ideologías o modas.
En este diálogo de sordos, que podría caricaturizarse como una pugna entre las ciencias que generan riqueza material y las humanidades que solo cuestionan, se pierden de vista dos preguntas esenciales: ¿qué sociedad queremos construir? y ¿puede el crecimiento de un país basarse únicamente en la ciencia y la técnica?
Una sociedad que reduce el bienestar a fórmulas de oferta y demanda no tiene futuro. Si solo hacemos aquello que produce utilidad, la belleza, las emociones o la ética dejan de ser relevantes. Ese es el tema común de muchas distopías; resulta inevitable pensar en “Un mundo feliz,” de Aldous Huxley. Pero también es cierto que la belleza no llena estómagos. Un país necesita crecer y producir riqueza para asegurar el bienestar material de su población.
Por eso no existe una verdadera dicotomía entre ciencias y humanidades: ambas sirven a un mismo objetivo, construir una sociedad mejor. El problema está, quizás, en la proporción de recursos que destinamos a cada área. El crecimiento económico puede medirse cada año; la reflexión crítica puede tomar toda una vida. Se necesitan, por tanto, miradas de largo plazo. Un país desarrollado requiere ciudadanos capaces de comprender la sociedad en que viven y de apreciar algo más que el último modelo de teléfono inteligente.
Lo que vemos hoy es también consecuencia de una separación artificial y nociva entre ciencias y humanidades, como si fueran mundos distintos. Hemos desaprovechado la colaboración interdisciplinaria, olvidando que la biología, la historia y las demás áreas del conocimiento están al servicio de las personas y de la sociedad.
Independientemente del ministerio de turno, la idea de un crecimiento económico sin humanidades seguirá siendo un problema mientras insistamos en fragmentar el conocimiento y neguemos a las personas la oportunidad de formular preguntas incómodas, muchas de las cuales conducen precisamente a buscar respuestas en las ciencias y la técnica. A esto se suma un academicismo que se autoenclaustra y que, salvo excepciones, no siempre logra acercarse a la sociedad a la que debiera servir.
Las humanidades deben acostumbrarse a alzar la voz, no solo ante crisis como la actual. También deben aceptar la mano que les tienden las otras áreas del conocimiento frente a una amenaza común: la construcción de una sociedad de consumidores y no de ciudadanos.