En los últimos tiempos, apareció la idea acerca de que si un político no juega en los extremos es simplemente un tibio “centrista”, que utiliza la moderación para captar la atención y el beneplácito de una sociedad que supuestamente no quiere estar en esos extremos ideológicos.
Salvo algunos casos puntuales, como el caso de representantes de las “derechas” o de las “izquierdas” radicales, como pueden ser Trump; Milei; Bukele; o del otro “lado” Ortega o Diaz Canel (para dar algunos nombres), que gobiernan pensando más en un modelo de gobierno en el que la autocracia disfraza a la democracia sin importar las ideas, la mayoría de los gobernantes y políticos asumen que un estilo falsamente moderado y supuestamente dialoguista les va a permitir sostener una buena imagen y, en el caso de candidatos, a ganar ese espacio que se supone indeciso, y que no lo es.
Porque denominamos “indeciso” a aquel ciudadano que no tiene claro su voto, pero si tiene claro lo que le falta y lo que exige de un futuro gobernante, quien en su afán electoralista arma su relato en un “centro” borroso que supone sirve para cautivar a esos indecisos, sin darse cuenta que él mismo se transforma en indeciso.
Ser un candidato con potencial implica persuadir con las ideas firmes y no con indecisiones, como también a momento de gobernar debe hacerlo con la autoridad de hacer valer sus ideales pero aplicando doctrinas contingentes que las adapten a la realidad presente, para evitar divagar sobre filosofía política, algo que el ciudadano común detesta.
Es que al ciudadano común no le interesa si la derecha es conservadurismo; orden y rigidez, o si la izquierda es un caos estatista, ya que se puede ser de derecha siendo de izquierda ofreciendo el mismo modelo conservador y rígido, ser de derecha y promover el caos y el estatismo. La resolución de los problemas cotidianos y la manera de pensar un país no es un tema exclusivamente ideológico, sino de una manera convincente de gobernar.
Lo que resulta exasperante es la confusión de moderación con ambigüedad, porque es en ese punto dónde todo se transforma en parálisis por tendencia al “centrismo”, y todos sabemos que, en definitiva, en el centro no hay nada.
Lo que algunos políticos o gobernantes denominan “centro” otros, que saben escuchar la calle, lo llaman pragmatismo, que para nada es tibieza.
El centro no es ni una cosa ni la otra, es un espacio indefinido, el pragmatismo tiene convicción para afrontar los problemas con variedad de ideas, pero con convicción y decisión. Es que el pragmático tiene claro cuál es el enemigo de la gente para enfrentarlo.
Así como el capitalismo y el socialismo tienen sus propios libros, el pragmatismo exige aplicar doctrinas que los hagan evolucionar y tomar lo mejor de cada uno para resolver lo contingente y construir un camino en el que todos, supuestamente, coinciden: el bienestar, el progreso, la prosperidad y la libertad.
Y no es un relato fantasioso. Las sociedades que han evolucionado lo han hecho con pragmatismo y no con ideas absolutas.
El centro no tiene ideas, sino que es una mezcla que puede transformarse en un vaivén cuyo riesgo es la indecisión que lleva a la falta de acción.
Y la política es acción efectiva, para resolver lo necesario y no lo utópicamente posible.