Durante los últimos años, para muchos chilenos ahorrar tuvo una respuesta sencilla: dejar el dinero en un depósito a plazo y obtener un retorno que, en un contexto de tasas elevadas, parecía razonable. Pero el escenario cambió y también debería cambiar la manera en que pensamos nuestros ahorros.
Hoy la Tasa de Política Monetaria se ubica en 4,5% y la inflación anual llegó a 3,5% en julio. Es un escenario distinto al de años anteriores. Al mismo tiempo, persisten riesgos externos que pueden volver a impactar los precios. Para quien tiene ahorros, surge una pregunta: ¿sigue teniendo sentido mantenerlos todos en los mismos instrumentos?
No se trata de abandonar los depósitos a plazo o la renta fija, sino de revisar nuestras decisiones.
Durante mucho tiempo, el inversionista chileno ha tenido una relación estrecha con los instrumentos conservadores. El depósito a plazo se convirtió en un refugio por defecto: es conocido y fácil de entender. El problema aparece cuando esa comodidad se transforma en inercia y dejamos de preguntarnos si nuestro portafolio sigue respondiendo a nuestros objetivos.
Cuando las tasas se alejan de sus máximos, el retorno que antes podía obtenerse simplemente por mantener liquidez ya no necesariamente será el mismo. El desafío es construir una estrategia que combine distintos activos, plazos y niveles de riesgo.
En este proceso han comenzado a ganar espacio los activos alternativos, instrumentos que durante décadas estuvieron asociados principalmente a grandes patrimonios e inversionistas institucionales. Según cifras de ACAFI, al cierre de marzo de 2026, la industria de fondos de inversión públicos administra un total de US$ 45.239 millones en activos distribuidos en 908 fondos públicos. De este patrimonio total, el 72% (US$ 32.649 millones) se gestiona a través de fondos de inversión directa, la estructura principal bajo la cual operan los activos alternativos locales —tales como la deuda privada, el capital privado, el venture capital y los fondos inmobiliarios— para canalizar recursos hacia proyectos productivos y activos de largo plazo.
Dentro de este universo, la deuda privada ha ido adquiriendo protagonismo. En términos simples, consiste en financiamiento otorgado directamente a empresas por fondos especializados, sin intermediación bancaria tradicional. Nuevos vehículos están ampliando las posibilidades de participación.
Los retornos históricos ayudan a entender parte de este interés. Los índices internacionales de deuda privada registraron retornos anualizados cercanos al 10,7% entre septiembre de 2022 y septiembre de 2025, frente al 5,4% de la renta fija global representada por el Bloomberg Global Aggregate Index. A nivel global, esta industria administra más de US$3,8 billones y se proyecta que supere los US$5,6 billones hacia 2030, según datos de PitchBook.
Pero una mayor rentabilidad histórica no significa ausencia de riesgo ni convierte automáticamente a un activo en una mejor alternativa. La deuda privada requiere entender factores como liquidez, garantías, diversificación, tipo de empresas financiadas y experiencia del gestor. La decisión de incorporar estos instrumentos debe responder al perfil y horizonte de cada inversionista.
El principal desafío para que estas alternativas sigan creciendo no es solamente el acceso, sino la educación financiera. Que un instrumento sea menos conocido no significa necesariamente que sea más riesgoso, pero tampoco que sea mejor.
La democratización de las inversiones solo será positiva si viene acompañada de mayor información y capacidad para comparar. Este fenómeno ya es una realidad concreta en el mercado chileno: de acuerdo con el Reporte Inmobiliario 2026 de ACAFI, los fondos inmobiliarios de renta (una de las categorías de activos alternativos más importantes) han experimentado un proceso histórico de democratización, donde el segmento de inversionistas retail (personas naturales) ya representa el 40% del total de aportantes, facilitando el acceso de los ahorrantes individuales a activos reales bajo estándares transparentes y competitivos.
La gran transformación que estamos viendo no consiste simplemente en cambiar el depósito a plazo por deuda privada. Es algo más profundo: estamos comenzando a entender que ahorrar e invertir no son exactamente lo mismo. Ahorrar es reservar recursos para el futuro; invertir implica decidir cómo queremos que esos recursos trabajen, considerando objetivos, plazo, liquidez y riesgo.
Quizás la pregunta que deberíamos hacernos hoy no es dónde conseguir el mayor retorno, sino si nuestra estrategia de ahorro sigue teniendo sentido para el escenario que viene. Porque cuando cambian las tasas, cambia también el costo de quedarse quieto.