El presidente Kast es el segundo mandatario consecutivo que llega a La Moneda sin una coalición capaz de funcionar como una mayoría política estable. Antes ocurrió con Boric. Dos gobiernos de signos opuestos con el mismo problema apuntan a algo estructural: Chile está cambiando la forma en que construye y gestiona el poder político.
Parte de la explicación está en las reglas: bajo el binominal, ganar los dos cupos de un distrito exigía duplicar a la lista rival, una aritmética que obligaba a los partidos a permanecer juntos incluso con diferencias profundas. El sistema proporcional eliminó ese incentivo: hoy los partidos de una misma lista compiten entre sí y cada uno necesita diferenciarse para asegurar sus cupos.
Pero el problema va más allá del sistema electoral. Para ceder parte de su identidad a un proyecto común, una colectividad necesita tener antes una identidad propia sólida. Ese activo escasea, y muchos partidos exageran sus diferencias precisamente porque sus proyectos son difíciles de distinguir. Mientras más similares son programáticamente, mayor es el incentivo electoral para marcar distancia. La diferenciación se transforma en una estrategia de supervivencia.
Lo mismo ocurre con los liderazgos. Construir una coalición exige ceder protagonismo individual al conjunto, pero el sistema premia lo contrario: un presidente de partido necesita marca, espacio y diferencias propias. Cada síntesis que fortalece la coalición puede costarle candidatos, votos y cupos en la siguiente elección.
A esto se suma un problema menos institucional y más político: las coaliciones también deben construirse, y lo que no se nombra difícilmente adquiere identidad propia. Ser oficialismo solo describe la relación de un grupo de partidos con el Gobierno; ser oposición, su posición frente a él. Ninguna categoría explica qué los une ni por qué deberían sacrificar intereses propios por uno colectivo.
Boric incorporó distintas fuerzas a su administración, pero nunca dotó a ese conjunto de una identidad política que superara a Apruebo Dignidad y al Socialismo Democrático. Kast enfrenta un desafío semejante: administra partidos, coordina ministros y negocia en el Congreso, sin que de esa coordinación emerja una coalición capaz de proyectarse más allá de su Gobierno.
Una coalición existe cuando sus integrantes reconocen algo por encima de ellos mismos: un nombre, un proyecto, una lectura compartida del país y una expectativa de futuro que vuelva costoso abandonar al resto. Sin eso, el resultado es racional para cada actor y malo para el conjunto: partidos, dirigentes y presidente terminan protegiendo lo propio, voto por voto.
Lo que se consolida es una forma distinta de gobernar: presidentes con mandatos claros, pero sin una mayoría política organizada detrás. Mayorías circunstanciales, construidas proyecto por proyecto, cuya lealtad se valida o termina con cada votación.
Lo que definirá a los próximos gobiernos será cuánto poder político logre construir cada presidente después de ganar la elección. Porque llegar a La Moneda entrega el Gobierno; construir poder sostenible exige algo más.