Cuando el final de la Segunda Guerra Mundial dividió al mundo en dos partes que jugaron un equilibrio inestable pero equilibrio al fin, se aproximó a un modelo forzado de convivencia que, con la caída de la Unión Soviética, pareció renacer como una democracia liberal, tanto en lo político como en la apertura económica impulsada por la globalización y la tecnología de la información.
Lo que se suponía que estaba para quedarse, de pronto tomó un giro y retornó, en otro formato, a una división arbitraria que va más allá de las ideologías, y que tiene como propósito el dominio, impulsado por las fuerzas en conflicto. En tal sentido, de la lucha por los ideales se pasó a una lucha material plasmada en una guerra económica, aunque no se pueden descartar los intereses de fuerza con los que se intenta someter a potenciales enemigos de un lado o del otro, dejando a un costado el pensamiento de Lord Palmerston acerca de que “no existen amigos ni enemigos permanentes, solo intereses permanentes”.
Parece que los dominantes exigen un tributo tal, que exige definir a un amigo o a un enemigo que parecen permanentes más allá de los intereses de cada país.
Tomando a la teoría de seguridad nacional como eje, tanto Estados Unidos como China se enfrentan en un terreno dónde el poder político, militar y económico están en juego, aunque cada potencia juegue un juego diferente. Estados Unidos juega poker, fuerte y rápido, a ganar o perder, China juega al Go. Es cultural.
En ese escenario, y frente al avance productivo y tecnológico de China, los Estados Unidos de Trump plantearon inicialmente una dicotomía ideológica enfrentando a la libertad contra la opresión comunista, destilando esa idea por el mundo y especialmente en la región. Aunque en realidad, lo de libertad es una falacia demostrada por los ataques al que piensa distinto y yando más allá, coartando la libertad de comercio con un modelo proteccionista que además de cortarle caminos a China con aranceles elevados, afecta a quien no es su aliado con aranceles que castigan a todo lo que no engrandece a “América”.
Surgen dos interrogantes: los motivos y el alcance de la guerra económica con China, y saber si el proteccionismo es sólo temporal a Trump.
Respecto a la guerra económica y sus alcances, las batallas por resolver se deciden por el dominio de un factor esencial, que es el mismo cualquiera sea la época: El conocimiento.
Siempre existió la carrera por el conocimiento, desde el comienzo de los tiempos quien tenía el conocimiento tenía el dominio. Desde el manejo del fuego, pasando por la carrera nuclear hasta llegar a nuestros días en la carrera por la evolución y posesión de la IA.
En todos los momentos y los casos, el conocimiento necesitó de combustible, pasando por el esfuerzo humano hasta la energía solar. Entonces resulta determinante apropiarse del recurso esencial (energía) para potenciar el desarrollo de la IA, con la que se supone que las potencias en pugna pueden dominar el planeta.
Cabe señalar que hace unos días un importante ejecutivo de Anthropic anunció que en una década, hay un 10% de probabilidad de que la IA aniquile a los humanos. Nadie sabe como sucederá, si apretando el boton rojo o en manos del ejercito chino de robots o con un suicidio colectivo por la apropiación de las cuentas bancarias. Vaya uno a saber.
Y en relación al proteccionismo, un mundo cerrado está para quedarse un buen tiempo, ya que no se desmantela un modelo con una elección, más aún cuando hay apremios de desempleo, signos de inflación y crisis económica generalizada.
Y en este juego peligroso, dónde los más débiles se ven arrastrados por los impulsos y hasta por las órdenes de quien también nos detesta, hay que replantearse algunos conceptos clave con el que países “normales” se conducían.
¿Adónde quedó la “soberanía política” de un país? ¿Y la independencia económica? Ni hablar de los atisbos de bienestar general o de “justicia social”. ¿Adónde está el individuo en este tablero?
Hay un nuevo mapa para que está para quedarse, y más allá de la guerra entre grandotes, pensemos en una palabra que está manoseada y perversamente utilizada por quienes atrasan los relojes: la libertad.