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La música que nadie hizo

La música funcional siempre ha existido. Desde la música de ascensor hasta las playlists diseñadas para acompañar una cena o recorrer un supermercado. Nunca toda la música que escuchamos estuvo destinada a cambiarnos la vida. La diferencia ahora es de escala. Y también de ausencia.

Hay algo extraño ocurriendo en supermercados, restaurantes, cafeterías y tiendas. Suena música. Canciones perfectamente reconocibles como canciones: tienen estrofa, coro, arreglos, una voz masculina grave o una femenina diseñadas para no molestar a nadie. Algunas recuerdan vagamente a canciones que conocemos. Otras son versiones de ellas. Y otras parecen nuevas. Solo que detrás puede no haber nadie.

La inteligencia artificial generativa entró a la música por una puerta bastante menos espectacular que aquella que imaginábamos. No llegó necesariamente para escribir la próxima gran canción pop ni para reemplazar a Paul McCartney. Llegó, entre otras cosas, para hacer música de fondo. Y ahí aparece un asunto que en Chile comienza a preocupar a músicos, autores y entidades como la SCD: los derechos de autor.

Durante décadas, si un restaurante, un supermercado o una tienda utilizaba música como parte de su ambiente, esa música tenía autores, intérpretes, productores. Había una cadena de creación y derechos asociados a ella. El sistema podrá tener imperfecciones, pero descansa sobre una idea sencilla: alguien hizo esa música y tiene derecho a recibir una compensación cuando su trabajo es utilizado. La inteligencia artificial introduce una anomalía en ese modelo.

Ahora es posible generar cientos de canciones funcionales, agradables, suficientemente parecidas a aquello que estamos acostumbrados a escuchar y utilizarlas sin pasar necesariamente por la misma cadena de derechos que acompaña a una grabación tradicional. Pero el problema es más interesante que una discusión sobre quién cobra y quién deja de cobrar. La pregunta es qué perdemos cuando dejamos de necesitar a alguien detrás de una canción.

La música funcional siempre ha existido. Desde la música de ascensor hasta las playlists diseñadas para acompañar una cena o recorrer un supermercado. Nunca toda la música que escuchamos estuvo destinada a cambiarnos la vida. La diferencia ahora es de escala. Y también de ausencia.

Una canción mediocre escrita por una persona sigue conteniendo decisiones humanas. Alguien escogió ese acorde. Alguien escribió esa frase. Alguien cantó así porque estaba triste, enamorado, copiando a otro artista o simplemente tratando de pagar el arriendo. Incluso el fracaso tiene autor.

Hoy podemos pedirle a una máquina una canción soul cálida, con voz masculina profunda, tempo medio, guitarra limpia y un coro pegajoso. En segundos aparece algo que cumple las instrucciones. Y quizás estará bien. Ese “estará bien” es justamente lo que inquieta.

Una parte importante de la cultura contemporánea parece construida alrededor de cosas que están bien. Canciones que no molestan. Series que se dejan ver. Imágenes que funcionan. Textos correctos. Contenido infinito producido para acompañarnos sin exigir demasiado.

No creo que esto anuncie la muerte de la música. Cada revolución tecnológica produjo sus propios pánicos: sintetizadores, cajas de ritmos, sampling, Auto-Tune, computadores. Y la música sobrevivió a todos. Pero existe una diferencia. Aquellas tecnologías ampliaban las herramientas disponibles para un creador. La inteligencia artificial puede, en determinados usos, eliminar al creador de la ecuación.

Por eso reducir la discusión al pago de derechos sería insuficiente. Si una empresa puede reemplazar un catálogo compuesto por miles de músicos por otro generado artificialmente, existe una transferencia evidente de valor. Alguien deja de recibir dinero. Pero también ocurre algo más profundo: alguien deja de ser necesario.
No se trata de prohibir estas herramientas ni de declarar una guerra absurda contra la tecnología. Los propios músicos ya están siendo algunos de sus usuarios más interesantes. Se trata de decidir qué valor queremos seguir asignándole al acto humano de crear.

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