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Capitán América

Los presidentes del “patio trasero”, algunos mansamente alineados y otros intentando ser el mejor alumno del superhéroe (caso Milei) están firmando un acuerdo de unidad en torno a un escudo que hipoteca la soberanía, y muy especialmente la libertad que vocifera a los cuatro vientos el Capitán América, esa misma libertad con la que censura y cercena a la prensa que supone es la que debilita la fuerza de su imperio.

En su pretensión de hacer grande América nuevamente, el presidente Trump ha asumido una postura digna de un personaje de Marvel.

Sus expresiones acerca de la grandeza de la nación, del poderío de su imbatible ejército y de la supremacía que eso conlleva, ha modificado sin duda el equilibrio no solo económico, sino político y social del mundo y especialmente en nuestra región, la que puede ser entendida como el “patrio trasero” de los Estados Unidos, o más benévolamente un jardín cuyas flores son potencialmente apetecibles.

En esta locura de términos esotéricos (por ejemplo “MAGA” y otros conceptos que parecen de una historieta de los Simpsons) aparece ahora el Escudo de Las Américas, algo así como una membrana protectora virtual contra los enemigos de lo bueno, de lo noble y de la libertad. Después nos preguntaremos ¿qué libertad?, pero lo veremos más adelante.

Ese escudo diseñado por un superhéroe que va a impedir que los malvados tergiversen los buenos pensamientos y que, a través del comercio vil, intenten apoderarse de riquezas que sólo pertenecen a los miembros acogidos debajo del escudo, aunque el constructor del escudo sea quien tiene la potestad suprema de decidir cómo se repartirán esas riquezas.

Ese escudo será quién nos proteja de los malvados reconocidos (narcotraficantes, delincuentes autoritarios y otras malas yerbas), pero también se pone en defensa activa contra el archienemigo ideológico, económico y tecnológico: China. Nada menos, una especie de Loki mezclado con el Doctor Doom, los villanos de los Avengers.

Quienes estamos debajo de ese escudo, obedientes con las instrucciones del Capitán América, debemos evitar desviar nuestros intereses y dedicarnos a satisfacer las intenciones de quien supone brindarnos su caridad, aunque nos deteste. Claro que las intenciones del Capitán América de proteger a sus “súbditos” no son gratuitas.

Nada es gratis en esta vida.

Esos “súbditos” que buscan crecer y vivir en libertad serán severamente juzgados y castigados si entablan relaciones comerciales convenientes a sus intereses con el archienemigo, y ni hablar si esos negocios incluyen materias primas minerales o venta de tierras raras que pueden darle potencial en la carrera por el avance de la IA en términos político, militares y económicos.

Los presidentes del “patio trasero”, algunos mansamente alineados y otros intentando ser el mejor alumno del superhéroe (caso Milei) están firmando un acuerdo de unidad en torno a un escudo que hipoteca la soberanía, y muy especialmente la libertad que vocifera a los cuatro vientos el Capitán América, esa misma libertad con la que censura y cercena a la prensa que supone es la que debilita la fuerza de su imperio.

Es importante que en estos momentos dónde Dios y el Diablo se confunden, los que gobiernan en este patio debiesen darse cuenta de que, más allá de la transitoriedad del superhéroe, lo relevante de sus gobiernos es la capacidad de decidir libremente el destino de sus países y cuidar sus intereses permanentes más allá de los enfrentamientos entre el Dios y el Diablo.

No caer en la dádiva de la protección a cambio de recursos que pueden negociarse con mejores resultados, ni creer que el superhéroe va a interceder para que se recuperen territorios o democracias verdaderas (el ejemplo de Malvinas o de Venezuela).

El mundo no está loco porque sí, lo han vuelto loco unos mediocres voraces y está partido en dos, es cierto. Pero los intereses y la soberanía no deben rifarse ante un jugador de póker, como lo es quien se imagina ser el Capitán América.

Pidamos dignidad a quienes nos gobiernan en este jardín, el lugar dónde ciertamente queremos ser cada día más responsables y libres para diseñar el destino y para administrar nuestros recurso.

Libres, en todo sentido.

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Los presidentes del “patio trasero”, algunos mansamente alineados y otros intentando ser el mejor alumno del superhéroe (caso Milei) están firmando un acuerdo de unidad en torno a un escudo que hipoteca la soberanía, y muy especialmente la libertad que vocifera a los cuatro vientos el Capitán América, esa misma libertad con la que censura y cercena a la prensa que supone es la que debilita la fuerza de su imperio.

Foto del Columnista Guillermo Bilancio Guillermo Bilancio