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El odio no es un destino

Desde la distancia resulta demasiado fácil reemplazar a las personas por consignas e ideologías prearmadas. Por eso, cualquier reflexión sobre el 7 de octubre debe comenzar con una condena clara de lo ocurrido, sin relativizaciones ni justificaciones. Pero no debiera terminar ahí. Recordar debe servir para defender la dignidad humana, rechazar la deshumanización y sostener la posibilidad de convivencia.

Hace poco tuve la oportunidad de viajar a Israel. No era la primera vez que estaba allí, pero este viaje fue distinto. El criminal ataque de Hamas del 7 de octubre seguía presente en las conversaciones, en las familias y en una sociedad que intenta seguir adelante sin olvidar lo vivido.

Uno de los momentos más difíciles fue la visita al lugar donde se realizó el festival Nova. Podemos haber leído innumerables noticias, visto imágenes y escuchado testimonios sobre lo ocurrido allí. Sin embargo, estar en ese lugar cambia la dimensión de los hechos. La distancia desaparece y aquello que parecía una tragedia difícil de abarcar adquiere rostros, edades, familias e historias. Eran jóvenes que habían ido a escuchar música, bailar y disfrutar con sus amigos. En pocas horas, ese espacio de encuentro y celebración se convirtió en uno de los principales escenarios del horror.

Conocí también a sobrevivientes. Escucharlos obliga a dejar de pensar en ellos como una categoría: cada uno es una persona concreta, con una vida partida entre un antes y un después de aquella mañana. Nadie atraviesa algo así y simplemente lo supera. Lo que me conmovió fue ver que, aun cargando con el miedo, el dolor y la ausencia de quienes no regresaron, se esforzaban por reconstruir sus vidas. La resiliencia, entendí, no es una consigna ni una exigencia que debamos imponer a quienes han sufrido. Es algo más silencioso: volver a confiar, recuperar una rutina, hacer planes, permitirse reír de nuevo.

Pero hubo tres encuentros que me marcaron especialmente, porque desafían una de las ideas más peligrosas que este conflicto ha instalado: que el odio entre judíos y árabes es inevitable.

El primero fue con un ciudadano árabe israelí que el 7 de octubre arriesgó su vida para salvar a jóvenes judíos. Conversando con él, quedaba claro que en medio del caos no vio etiquetas ni identidades. Vio seres humanos en peligro y actuó.

Su historia no es una anécdota. Alrededor del 21% de la población de Israel es árabe: ciudadanos de pleno derecho que votan, eligen a sus representantes, estudian, trabajan y participan en las instituciones junto a sus conciudadanos judíos. Como en toda sociedad diversa, existen tensiones y brechas que deben abordarse. Pero judíos y árabes comparten ciudades, universidades, hospitales, empresas y espacios públicos, y construyen relaciones de amistad, trabajo y colaboración que rara vez aparecen en las noticias.

El segundo encuentro fue con un dirigente árabe que condenó sin matices lo que hizo Hamas el 7 de octubre. No buscó atenuantes ni equivalencias. Lo describió como el actuar de radicales que se oponen a la posibilidad misma de una solución de dos Estados. Su mirada ilumina algo que con frecuencia se pierde en el debate: la masacre no fue solo un ataque contra israelíes, sino también contra la esperanza de quienes, a ambos lados, creen posible un futuro en que dos pueblos vivan uno junto al otro, en paz y con seguridad. Quienes más temen esa posibilidad son precisamente los extremistas.

El tercer encuentro fue el más sobrecogedor. Conocí a un sobreviviente que pasó casi 500 días como rehén en los túneles de Gaza, sin ver la luz del sol, sometido a torturas y privado de alimento y agua. El mismo día en que se lo llevaron, Hamas asesinó a sus amigos, a sus vecinos y a los niños de su barrio. Si alguien tendría motivos para cerrar la puerta a cualquier forma de convivencia, sería él. Sin embargo, me habló de su anhelo de poder vivir junto a los árabes sin agresiones. No había en sus palabras ingenuidad ni olvido. Había algo mucho más difícil: la decisión de no permitir que quienes le arrebataron tanto definan también su futuro.

Escucharlo me hizo preguntarme con qué derecho, desde la comodidad de la distancia, alguien podría declarar imposible aquello que él, después de todo lo que vivió, todavía se atreve a esperar.

Ninguna de estas historias elimina la complejidad del conflicto ni las heridas acumuladas durante décadas. Tampoco reemplaza la necesidad de seguridad, justicia y responsabilidad. Pero demuestran que el odio no es una consecuencia inevitable de nuestras identidades. El odio se construye, se enseña y se alimenta. La convivencia, el respeto y la solidaridad también.

Vi un país herido, con familias incompletas, debates profundos y preguntas que todavía no encuentran respuesta, pero vi también una voluntad inmensa de seguir adelante, y voces, judías y árabes, que se niegan a entregarle el futuro a los extremistas.

Desde la distancia resulta demasiado fácil reemplazar a las personas por consignas e ideologías prearmadas. Por eso, cualquier reflexión sobre el 7 de octubre debe comenzar con una condena clara de lo ocurrido, sin relativizaciones ni justificaciones. Pero no debiera terminar ahí. Recordar debe servir para defender la dignidad humana, rechazar la deshumanización y sostener la posibilidad de convivencia. Podemos exigir seguridad sin renunciar a la paz. Podemos enfrentar el mal sin transformar a pueblos completos en enemigos. Podemos preservar la memoria sin permitir que el odio determine nuestro futuro.

Regresé de Israel con muchas imágenes difíciles. Pero también con tres rostros que me acompañan: el de un hombre que salvó vidas sin preguntar a quién, el de un dirigente que llamó a los extremistas por su nombre y el de un sobreviviente que, tras perder a tantos de los suyos y pasar casi 500 días en cautiverio, aún se atreve a imaginar la paz. Si ellos pueden seguir creyendo en ella, quienes miramos desde lejos no tenemos derecho a renunciar. El odio no es un destino.

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Foto del Columnista Marcelo Tokman Marcelo Tokman