Francia ha vuelto a convertirse en el escenario preferido de su propio mito fundador: la calle como parlamento de última ratio. Las movilizaciones y disturbios que sacuden al país de manera ininterrumpida desde el pasado 17 de septiembre no representan una simple pataleta gremial ni un estallido coyuntural aislado. Son la manifestación de una fractura estructural más profunda, donde convergen el agotamiento de un modelo de gobernanza, la pérdida del poder adquisitivo y una crisis de representatividad que erosiona las bases de la Quinta República. Ahora bien, lo que ha sacado a las calles esta vez a los jóvenes franceses son las carencias y precariedades por las que atraviesa el sistema escolar francés. Su importancia y prioridad fue algo que se le pasó por alto a la administración Macron y hoy le estalla en la cara, al punto que esa causa ha logrado movilizar también a padres y profesores. Una vez más, las redes sociales, especialmente Instagram y Tik Tok, están haciendo de las suyas.
La primera pregunta que se ha instalado es desde adonde proviene tanta violencia. Esta semana, concretamente el jueves, las manifestaciones alcanzaron su punto más álgido en París y para el martes 13 se han convocado nuevas protestas. Las culpas se entrecruzan, pero lo cierto es que los representantes de la izquierda radical son acusados de haberse tomado el movimiento originalmente estudiantil. Una historia bastante conocida. En ese sentido, una mención aparte merece el papel que en todo este lío juega un personaje para muchos desconocido, pero al mismo tiempo muy relevante: el alcalde de Saint-Denis, Bally Bagayoko, una comuna de 150.000 habitantes al norte de París. De orígen mali, sus llamados a la agitación no se condicen con su investidura y las críticas le han llovido, pero a él como si nada. Tiene su propia agenda y hay quienes creen que esta mira al Elíseo.
Ecos del ‘68…
Sin embargo, para comprender la magnitud de la convulsión actual, resulta inevitable tender un puente histórico con mayo del 68. Aquel hito, que transformó para siempre la cultura y las costumbres sociopolíticas de Occidente, compartía con el momento presente una pulsión antiestatista y el rechazo frontal a la autoridad centralizada. Sin embargo, la brecha entre ambos episodios es tan reveladora como sus semejanzas. Mientras que el 68 fue una revuelta de tono utópico, juvenil y filosófico que demandaba una expansión de libertades en medio de la bonanza económica de los “Tres Decenios Gloriosos”, la protesta de hoy está atravesada por el desencanto, el pesimismo económico y la rabia ante la pérdida del bienestar social. El romanticismo libertario de hace más de medio siglo ha sido sustituido por una angustia pragmática: la certeza de las clases medias y populares de que el futuro será sensiblemente peor que el presente.
En el epicentro de este vendaval se encuentra la figura del presidente Emmanuel Macron, cuyo segundo y último mandato entra en su fase de crepúsculo. Llegado al poder en 2017 con la promesa de romper la vieja dicotomía entre izquierda y derecha mediante una tecnocracia reformista y europeísta, Macron encarna hoy el aislamiento del poder frente a las demandas de la ciudadanía. Su estilo de gestión —percibido de forma recurrente como verticalista y distante— ha terminado por desconectar al Palacio del Elíseo de la realidad territorial de los ciudadanos comunes.
Elecciones presidenciales
Esta parálisis cobra una dimensión crítica al constatar la relativa proximidad de las próximas elecciones presidenciales, cuya primera vuelta tendrá lugar dentro de siete meses. Con un Macron imposibilitado constitucionalmente para buscar la reelección y sin un heredero claro en el espacio oficialista, capaz de contener la fragmentación política, la crisis de la calle se traduce directamente en tensión electoral. La incapacidad del bloque moderado para encauzar el malestar está dejando un terreno fértil para el avance de las fuerzas que se sitúan más en los extremos. La derecha de Agrupación Nacional y la ultraizquierda de la Francia Insumisa capitalizan la indignación, presentando las manifestaciones no solo como un rechazo al gobierno saliente, sino como un enjuiciamiento de todo el orden político tradicional.
Francia se debate así entre el peso de sus fantasmas colectivos y la urgencia de su futuro inmediato. La calle no solo le está recordando al poder que la legitimidad de las urnas se revalida a diario; también advierte que el fin de la era Macron amenaza con abrir la puerta a una reconfiguración profunda del mapa político galo. El cuadro se ve muy complejo, por que cuando el pasto está seco con un poco de bencina todo puede arder.