Tanto en Chile como en el mundo nos encontramos inmersos en un intenso debate sobre el futuro del trabajo. La discusión ha tendido a estar focalizada en qué tecnología aprender para no quedar obsoletos: inteligencia artificial, algoritmos o ciencia de datos. Sin embargo, este diagnóstico podría adolecer de un punto ciego: creer que el reto del siglo XXI es meramente técnico. La tecnología avanza a un ritmo exponencial —de eso no cabe duda alguna—; por lo tanto lo verdaderamente urgente pasa a ser comprender cómo las personas deciden, actúan e interactúan con ella. Multitud de desafíos actuales se definen hoy por un entrecruce entre una tecnología al tiempo asombrosa y apabullante y humanos que tratan, con su mejores intenciones, mantener el paso. Por eso es clave preguntarse cómo nos preparamos para ese entorno.
Históricamente, la educación superior chilena ha operado bajo una lógica profesionalizante, parcelada en campos: o perteneces al mundo de los números y los modelos (el ingeniero, el matemático), o al de las personas y la subjetividad (el psicólogo o el sociólogo). Durante mucho tiempo, la respuesta a esta fractura consistió en sumar parcelas: pedirle a cada disciplina que aprendiera a modular su lenguaje para dialogar con otras. Pero este enfoque, de suyo poco eficiente, se nos está quedando corto. Hoy es cada día más evidente una premisa ineludible: el futuro será interdisciplinario o no será.
El verdadero salto no consiste en continuar la receta actual: tomar las profesiones e intentar que colaboren en una misma mesa, sino en concebir la formación desde la interdisciplina misma. Así, cuando el punto de partida es un campo de trabajo real y aplicado, la noción tradicional de “disciplina” se difumina. Lo decisivo deja de ser la etiqueta profesional que alguien luce y pasa a ser lo que efectivamente se hace: diseñar, formular e implementar intervenciones efectivas basadas en evidencia.
Basta observar algunos de los grandes dilemas contemporáneos para constatar el fracaso de las soluciones mono-disciplinares. Frente al ahorro previsional o la morosidad financiera juvenil, la economía tendió a asumir a un individuo perfectamente racional que cambiará de conducta al recibir un folleto explicativo, mientras que la publicidad gasta fortunas en campañas masivas que pocos atienden. Ambas miradas parecen fracasar porque ignoran la arquitectura que subyace a las decisiones mismas. Allí es donde emerge la disciplina de las ciencias del comportamiento.
Así, intervenir desde las ciencias del comportamiento permite pensar y ejecutar el rediseño de los entornos de decisión —a través de opciones por defecto (defaults) o esquemas de compromiso futuro en este ejemplo— para multiplicar el ahorro voluntario a costo mínimo y preservando la libertad individual.
Lo mismo ocurre al interior de las organizaciones. Ante fenómenos como el agotamiento (burnout) o la fuga de talento, la administración podría ceñirse a la receta de los ajustes de incentivos salariales, mientras que la psicología podría responder con talleres de autocuidado. Una respuesta más eficaz no va a provenir de una disciplina u otra, sino de campos emergentes como People Analytics, donde los datos masivos de comportamiento organizacional se cruzan con la psicología de la motivación para construir dinámicas laborales que se sean sostenibles, y en base a datos de la misma organización donde se van a implementar.
Este cambio de paradigma exige reimaginar la educación universitaria. En lugar de un modelo formativo que se cierre y ultraespecialice tempranamente en un campo cerrado, necesitamos programas que abran un ángulo de posibilidades para que cada persona construya su capacidad de acción y desarrollo profesional.
El desarrollo productivo y social no pertenecerá a quienes se atrincheren en el título profesional, algo que la creciente atracción de los dobles títulos ya parece haber probado. Pertenecerá a quienes entiendan que el valor no radica en defender los límites de una disciplina, sino en contar con el rigor ético, analítico y humano para intervenir en la realidad y transformar decisiones en contextos profesionales aplicados.