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Ministro Rabat: el fin de los hombres serios

Rabat tenía una sola salida, pero el presidente decidió que se quedara. ¿Para qué? Me temo que simplemente por una visión especial del propio presidente: la idea de que él y los suyos no están hechos del mismo material que el resto.

Este gobierno se calificó a sí mismo de “fome”. “El gobierno de los fomes, nos vestimos fome, hablamos fome, respondemos fome”, le dijo a la vocera Mara Sedini una de las tres personas más poderosas de La Moneda. Con “fome” el gobierno no solo quería decir gris, aburrido y sin gracia, sino serio. Este fue uno de los ejes centrales de su discurso: recuperar la seriedad perdida entre procesos constituyentes, epidemias y estallidos varios. Para hacer visible esta seriedad se eligió, dentro del gabinete, una especie de directorio. Un grupo de ciudadanos inimputables, conocidos por su prudencia y su poder, a quienes casi nadie puede soñar con consultar gratis ni un minuto. Profesionales sin gracia, señores que hasta duermen con la corbata puesta, ponderados de nacimiento y derechistas hasta el fondo de los huesos. Caballeros sin infancia, cuya adolescencia fue apenas una breve preparación para la edad adulta, que es a la vez una suerte de entrenamiento para la vejez esencial que habita sus almas.

Se podían esperar desaguisados, tonterías, imprudencias de Steinert, de Sedini, de Poduje. Se podía esperar inexperiencia de la ministra de Educación, se podían esperar conflictos de Marín o Lincolao, pero una cosa era segura: Barros no daría problemas, Pérez Mackenna se portaría bien y Rabat no sería nunca noticia. Nada de esto se cumplió. Es cierto que los ministros que prometían ser problemáticos lo fueron: Steinert y Sedini no alcanzaron a durar setenta días. Pero el directorio, con sus corbatas, sus apellidos en los estudios jurídicos más empingorotados del país, su certeza de todo y de nada, ha sido, uno por uno, un dolor de cabeza para La Moneda. Esto suponiendo que hay una cabeza en La Moneda, cosa de la que es perfectamente posible dudar. Barros, que dejó el estudio que lleva su apellido para llegar a Defensa, propuso sacar a Chile del Convenio 169 de la OIT, se peleó con la presidenta del Senado, se metió en la política exterior en pleno lío con Argentina por el Estrecho de Magallanes y tuvo que cancelar un viaje en clase business a Australia que costaba más de catorce millones de pesos.

A los 53 años, Rabat, como Pérez Mackenna o Barros, vino a jubilar al gobierno. Socio del estudio de Pablo Rodríguez Grez, defensor él mismo de Pinochet en el caso Riggs y profesor de la UDD durante un cuarto de siglo, tenía una carrera llena de éxito que le prometía una vejez sin sobresaltos. La ley, la materia de su ministerio, la conoce de memoria. Los decretos los firmaba a ojos cerrados. Pero fueron justamente esos ojos cerrados, unidos al desconocimiento del trabajo de sus antecesores, los que lo llevaron a infligirle al gobierno la peor herida que se le puede infligir. Para liberar sin hacer ruido a unos presos de derechos humanos, los puso entre una montaña de violadores de menores, a no ser que sea al revés: 56 abusadores y violadores de niños y, escondidos entre ellos, “dos o tres casos” de Punta Peuco. Qué hizo y por qué lo hizo lo ha explicado en todos los tonos, sin ser capaz de dar algo parecido a una explicación. Primero minimizó los hechos, luego dijo que eran rutinarios, que así se hacía desde hace veinte años, que lo obligaba la Corte Suprema, y al final, como los niños, empezó a sentirse ofendido y a patalear en la Cámara, culpando al Congreso por no haber legislado. Un diputado se puso de pie para aplaudirle “las mayores mentiras”. No se sabe cuál de todas las posiciones fue la más vergonzosa.

¿Qué podía hacer? Él, nada. El daño estaba hecho. Las razones por las que lo hizo, buenas, malas o simplemente complejas, dan exactamente lo mismo. En política los hechos no los definen los que actúan, y las intenciones importan poco o nada. El ministro Rabat, por el motivo que sea, se equivocó, lanzando desde la misma cubierta de su barco un misil que le dio en su línea de flotación. En el tema más sensible para su gobierno actuó de modo inconsulto y despreocupado, apagando además el fuego con parafina. De esa que ya no se usa en primavera. Sin embargo, su permanencia en el gobierno ya no es algo de lo que se le pueda culpar.

Lo único lógico y esperable, dados los hechos, era expulsarlo de su cargo. Se podría haber hecho con dulzura extrema, como se hizo con Natalia Duco, a la que el presidente despidió diciendo que había cometido un error que cualquiera puede cometer, o con una teatral ceremonia sacrificial, pero lo cierto es que un ministro que hace exactamente lo contrario de lo que su gobierno propone no puede más que irse para su casa. Giorgio Jackson salió negando que haya tenido algo que ver con el robo de computadores de su ministerio, y la investigación terminó dándole la razón: el falso ministro que llamó a los guardias era un preso de la cárcel de Puente Alto. Pero se fue porque, culpable o inocente, se tenía que ir. Su honor podía defenderlo después; el gobierno tenía que seguir avanzando con caras nuevas que no fuesen la cara de un desastre que había que olvidar. Rabat, en cambio, y solo se puede culpar de ello al presidente Kast, se queda en el cargo para defender lo indefendible. Kast reconoció el error, pero no al que lo cometió. Su subsecretario, el inefable profesor Silva, que pidió por escrito que la causa de un exagente de la CNI beneficiado no fuera “de acceso público” y que pasó los primeros días de la crisis en un foro de la OCDE en Estambul, se desentiende de su propia firma. Los parlamentarios del oficialismo no saben cómo van a mirar a la cara a sus electores después del desaguisado. El propio presidente de la Cámara, el UDI Jorge Alessandri, anunció que el ministro llegaba a la sesión especial con la mayoría de los votos para acusarlo constitucionalmente.

Rabat tenía una sola salida, salir, pero el presidente decidió que se quedara. ¿Para qué? Me temo que simplemente por una visión especial del propio presidente: la idea de que él y los suyos no están hechos del mismo material que el resto. Mientras los demás respondemos por nuestros actos, ellos responden solo por su apellido. Rabat es Rabat y por eso, aunque se equivoque, tiene la razón. Lo mismo Pérez Mackenna o Fernando Barros. Son la mejor gente, siempre lo han sido y siempre lo serán. Quizás ahora se equivoquen y el país esté a semanas del desempleo de dos dígitos (ya va en 9,8%, y entre las mujeres hace meses que lo superó), del conflicto con Argentina y de otras lindezas. El tiempo, sabe el presidente, probará que nada malo se hizo y que se hicieron muchas cosas buenas que nadie entendió en su momento. Él mismo no entiende muy bien los vericuetos del asunto Rabat, pero cree en Rabat. Como su ministro, también él firma a ojos cerrados. No sabemos cuándo los abrirá y verá lo que, en algo parecido a su ausencia, ha ido sucediendo en el país.

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