El próximo martes los ciudadanos norteamericanos concurrirán a las urnas para las elecciones de medio período en ese país. El cuadro general no es alentador. La tradición del electorado americano, históricamente volcada hacia la búsqueda del balance y el «gobierno dividido», como antídoto natural contra los excesos del poder central, se enfrenta hoy a una fisura sin precedentes en sus cimientos institucionales. La premisa clásica dictaba que la alternancia o el contrapeso legislativo garantizaban la moderación política y la contención de los impulsos más extremistas. Sin embargo, el fenómeno que presenciamos en la antesala de estos comicios, responde a un ecosistema severamente alterado, donde las inercias protectoras del bipartidismo tradicional parecen haber colapsado ante el avance incansable del sectarismo ideológico.
Esta contienda electoral sorprende a Donald Trump en una coyuntura caracterizada por la turbulencia y la reactivación de complejas batallas judiciales y políticas que desestabilizan su entorno directo. Es verdad que este tipo de elecciones no suelen favorecer a los mandatarios en ejercicio y su baja popularidad junto con la alta insatisfacción ciudadana no le auguran nada auspicioso. Tras haber articulado un discurso de hegemonía indiscutible sobre el aparato de su partido, el magnate neoyorquino y sus aliados más radicales se ven obligados a medirse ante un electorado fatigado por la confrontación permanente. El momento no podría ser más inoportuno para el liderazgo trumpista. A este panorama, se suma la erosión de su figura en sectores urbanos y suburbanos, lo que sitúa a su movimiento en una posición de vulnerabilidad que pocos preveían. Lejos de la posición de fuerza invulnerable que intentan proyectar sus portavoces, la cita con las urnas atrapa a la corriente maganista en un terreno minado de incertidumbres, donde cada escaño en disputa se convierte en un plebiscito sobre su estilo de gobernar y su concepción de las instituciones.
Lo que causa mayor preocupación al observar la actual escena política norteamericana, es la profunda polarización que consume a sus dos partidos tradicionales, Republicanos y Demócratas, a quienes les atraviesa una dinámica desoladora donde la moderación se ha convertido en la gran ausente. Tanto uno como el otro, han permitido que sus respectivos centros de gravedad se diluyan bajo la presión incesante de las alas más dogmáticas y estridentes. El espacio para el diálogo transversal, el consenso pragmático y el entendimiento bipartidista ha sido reducido a cenizas por un modelo de campaña permanente guiado por el agravio y el radicalismo. En este ambiente asfixiante, cualquier intento de tender puentes o manifestar independencia de criterio es castigado como una traición. La política estadounidense ha dejado de ser la búsqueda deliberada del bien común mediante la negociación parlamentaria para transformarse en una guerra cultural de suma cero, donde la destrucción del adversario prima sobre la estabilidad institucional.
Las repercusiones de este choque electoral trascienden de manera decisiva las fronteras nacionales de Estados Unidos. Una eventual derrota de Trump y de sus fuerzas afines en esta contienda, impactará en el escenario mundial de una forma profundamente imprevisible. La comunidad global observa con contenida inquietud un panorama geopolítico donde no queda claro si una pérdida en el poder del trumpismo suavizará las tensiones globales o si las recrudecerá de forma dramática. Por un lado, un repliegue de los sectores más aislacionistas y agresivos podría derivar en algún tipo de multilateralismo y en el fortalecimiento de las alianzas estratégicas tradicionales, como la OTAN y la cooperación con el resto del continente americano. Por el otro, el resentimiento generado por una derrota, aunque fuera ajustada, podría derivar en una radicalización mayor de las facciones extremistas, desatando una parálisis legislativa en Washington que neutralice la capacidad de respuesta exterior de la primera potencia mundial, dejando un peligroso vacío de poder. Y que decir, si por esas cosas que tiene la política, sus fuerzas llegaran a imponerse en la contienda. Seríamos, en ese caso, testigos de una posible arremetida trumpista en los más diversos frentes. Como se puede observar, constituyen demasiadas incógnitas para un mismo evento electoral.
Frente a este horizonte de marcada inestabilidad, resulta indispensable que en un mundo occidental dominado por las derechas, el Partido Republicano retome su verdadera senda histórica. La colectividad que alguna vez encarnó la solidez conservadora, el respeto a las normas constitucionales, el libre comercio y la contención de las amenazas externas no puede seguir cautiva de un proyecto populista y personalista. Es vital que la agrupación que alguna vez lideró Ronald Reagan, vuelva a ser una gran casa política que cobije pacíficamente en su interior a diversos sectores, restaurando el pluralismo interno, el debate sano y la decencia publica. El camino trazado durante estos años de trumpismo exacerbado ha demostrado ser un callejón sin salida que fractura la convivencia nacional y desmantela el prestigio de la nación en el exterior. Así no se llega a ninguna parte. Ahora bien, para los demócratas, la tarea no es menor. Resulta imperioso que aíslen a los sectores manifiestamente socialistas que cohabitan en su seno junto a grupos de centro que han quedado sobre pasados por los Mamdani (alcalde de Nueva York) del sistema. Solo por la vía de que ambos partidos troncales de la política norteamericana vuelvan a sus orígenes, al camino de siempre, será posible restaurar un clima de entendimiento y paz.
El mundo contemporáneo, aquejado por crisis geopolíticas de enorme envergadura, necesita recuperar desesperadamente a un Estados Unidos predecible y razonable, capaz de ejercer un liderazgo global basado en valores políticamente firmes y prudentes, que no continúe entregando ventajas y espacios, cada vez mayores a China y Rusia.