Seguro lo has escuchado en alguna sobremesa: que la economía global está incierta, que el petróleo está caro, que en Chile el Banco Central recortó su proyección de crecimiento para 2026 a un rango de 0,25% a 0,75%. El FMI, en octubre, proyecta que el mundo crezca 3,1% este año en un escenario marcado por la energía: un barril que promediaría cerca de US$96, frente a US$68 en 2025. Se habla de la economía como si le pasara a otros, a “los mercados”. Pero lo macro termina llegando a tu bolsillo, y casi siempre por el mismo camino: tu trabajo.
Cuando piensas en el riesgo de invertir, probablemente piensas en cuánto puede caer una acción o qué tan volátil es un fondo. Pocas veces piensas en lo que pasa si mañana tu empresa recorta personal. Es una omisión extraña, porque para la mayoría el trabajo es el activo más grande que tiene.
Y hoy ese activo se ve menos firme. El desempleo llegó a, 9,8% en el trimestre julio-septiembre, 1,3 puntos más que hace un año, según el INE. Los asalariados formales cayeron 2,5% y el propio Banco Central habla de un deterioro del mercado laboral. Detrás de esas cifras hay algo más cercano: para muchas familias, el ingreso ya no se puede dar por seguro.
Imagina a dos personas de la misma edad, con igual sueldo y el mismo ahorro. Una tiene empleo estable, pocas deudas y colchón para varios meses. La otra trabaja en un sector que está despidiendo, arrastra un dividendo alto y casi no tiene reserva. ¿Deberían invertir igual? Difícilmente.
La diferencia no es menor cuando se observa el endeudamiento. Según el Informe de Endeudamiento de la CMF, publicado en enero de 2026, el 14,1% de los deudores destina más de la mitad de sus ingresos mensuales a pagar obligaciones financieras. Para ellos, perder el empleo no significa solamente dejar de ahorrar o invertir: las cuentas siguen llegando, aunque el sueldo ya no esté. Y mientras mayores sean los compromisos mensuales, menor será el margen para enfrentar una caída inesperada de los ingresos.
Solemos medir la tolerancia al riesgo por cuánto nos incomoda ver caer una inversión. Pero pesa tanto como eso el riesgo que ya cargas fuera del portafolio: la liquidez, tus deudas y el plazo que puedes esperar sin tener que vender.
No digo que debas dejar de invertir ni volverte ultraconservador. Digo que tus inversiones no se pueden analizar separadas de tu vida.
Hay, además, una paradoja en los datos: las remuneraciones reales subieron 3,4% anual en agosto. Puedes estar ganando más poder de compra y, a la vez, dormir peor por la continuidad de tu empleo. Ambas cosas son ciertas.
El problema es que no todos cuentan con un respaldo financiero. Según la Encuesta Financiera de Hogares 2024 del Banco Central, solo el 33,8% de los hogares declaró haber ahorrado durante los últimos doce meses. Construir un colchón financiero sigue siendo un desafío y, cuando el ingreso depende de un solo trabajo, no tenerlo puede convertir un imprevisto laboral en una urgencia financiera. No se trata solo de cuánto ganas, sino también de cuánto puedes sostener tus gastos si ese ingreso se interrumpe. Por eso, antes de preguntarte “¿cuánto quiero ganar?”, hazte una pregunta menos atractiva: ¿cuántos meses aguanto si mañana cambia mi situación laboral? Una buena base es un fondo de emergencia equivalente a entre 3 y 6 meses de tus gastos fijos, y mientras más inestable sea tu sector, más cerca del 6.
Invertir implica convivir con la incertidumbre. Trabajar también. Si crece en uno de esos mundos, revisa cuánto riesgo asumes en el otro. Una buena estrategia no empieza en el mercado, sino en tu propia vida.