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No, no somos solidarios

“Aunque queramos expiar la ausencia de ello en eventos como la Teletón, la pobreza no nos duele, solo nos incomoda y nuestros valores nos vuelven competitivos e infelices”.

La reacción de los vecinos de la Rotonda Atenas frente a la posible llegada de familias de menos ingresos a vivir a su barrio, en el marco de un programa de integración social, ha generado un masivo repudio a través de los medios y las redes sociales por todo lo que implica, todo lo que esconde y todo lo que evidencia.

Que no somos una sociedad solidaria no es nada nuevo, desde hace décadas hemos vivido en un sistema de individualismo extremo, inicialmente impuesto y posteriormente adoptado y adornado, en el cual la solidaridad está ausente en la base de sus definiciones. Nuestro sistema de pensiones no es solidario, tampoco nuestro sistema de salud y nuestras políticas territoriales de vivienda, educación y servicios han generado una segregación de la que decimos avergonzarnos pero que, extrañamente, defendemos porque en este modelo es deseable estar algo mejor que el que está peor.

No, no somos solidarios. Aunque queramos expiar la ausencia de ello en eventos como la Teletón, la pobreza no nos duele, solo nos incomoda y nuestros valores nos vuelven competitivos e infelices. Recuerdo que años atrás, una trabajadora social de una hospedería me comentaba que la gente llamaba por personas en situación de calle pidiendo ayuda para ellos bajo el argumento de que “afeaban el espacio público”.

No, no somos solidarios. Qué mayor prueba de aquello es que sean Alcaldes los que intentan doblarle la mano al status quo de la injusticia y la inequidad y no sean los respectivos ministerios y legisladores, a través de políticas públicas universales. El abuso del precio de los medicamentos no es algo desconocido, tampoco la ausencia de proyectos de integración social, por mencionar algunos elementos.

No, no somos solidarios. Cuando por primera vez un gobierno entró en la estructura de la inequidad con la reforma educativa, las fuerzas contrarias con las que se encontró fueron brutales. Esas fuerzas no solo correspondían a las de quienes defendían el negocio, sino también a apoderados que se negaban a la gratuidad en la educación porque a sus planteles educativos llegarían familias que tendrían menos ingresos, aún menos que ellos. A su vez, cuando se plateó un fondo solidario en las pensiones, muchas personas defendieron que cualquier adicional debía ir a las cuentas de capitalización individual.

No, no somos solidarios. El problema es muy profundo, ya lo puso en el tapete el Alcalde Jadue, que no solo lo evidenció, sino que se atrevió a generar una Asociación de Municipios para emprender la tarea de implementar farmacias populares, como también programas habitacionales de integración social, que han sido mejor recibidos que en Las Condes por razones obvias.

No somos solidarios y el Alcalde Joaquín Lavín, quien siempre me ha parecido un buen gestor, en especial de las comunicaciones, hoy nos pone el tema dentro del debate público. Se lo agradezco y espero que de verdad sepa gestionarlo para trascender lo anecdótico, para instalarlo en la discusión, para obligar a mirar cómo el desarrollo urbano no puede ser un tema de oferta y demanda, sino que de construcción de ciudad.

Quizás si miramos de frente nuestras miserias, discutimos sobre ellas y gestionamos las experiencias que demuestran que en la solidaridad nadie pierde, tal vez ahí florezca la felicidad.

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