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Cuando la tierra tiembla y el bosque arde

Incendios, terremotos y tsunamis no son episodios aislados en Chile, sino el pulso inestable de un planeta en transformación. Frente a ese escenario, la vivienda, y en particular la de emergencia, deja de ser un objeto para convertirse en un acto: una respuesta inmediata que debe contener cuidado, técnica y sentido.

Como advierten la curadora del MoMA Paola Antonelli y Alice Rawsthorn en su libro Design Emergency: Building a Better Future (Diseño para la Emergencia: Construyendo para un futuro mejor), el diseño ya no trata de hacer las cosas más bellas o eficientes, sino de posibilitar la supervivencia, la reparación y el cuidado en un mundo sometido a una enorme tensión. Desde esa premisa, la arquitectura deja de operar en el largo plazo de la promesa y se instala en el presente crítico de la acción. La emergencia expone con crudeza una paradoja contemporánea: necesitamos construir rápido, pero también con calidad; levantar refugios que no sean descartables, sino el inicio de una reconstrucción más justa y resiliente. La vivienda de emergencia ya no puede ser un paréntesis precario: debe anticipar futuro. Debe ser adaptable, desmontable y reparable. Capaz de crecer, de cambiar de lugar, de integrarse a un territorio herido sin imponerle una carga nueva.

En ese umbral aparece con fuerza la madera industrializada. No como nostalgia material, sino como tecnología contemporánea. Sistemas de CLT, Glulam y entramados avanzados permiten construir con precisión, velocidad y bajo impacto ambiental. La madera, al almacenar carbono, trabajar bien frente a solicitaciones sísmicas y permitir procesos industrializados, se vuelve aliada en escenarios extremos. No es solo un material: es una estrategia.

En el ámbito internacional, experiencias concretas lo demuestran. Tras terremotos y catástrofes, el arquitecto Shigeru Ban ha desarrollado sistemas de refugios dignos, livianos y replicables, donde la calidad arquitectónica y la lógica constructiva importan tanto como el gesto ético. En Japón, la combinación entre tradición en madera e innovación industrial ha permitido levantar viviendas temporales que luego se transforman en barrios permanentes, integrando comunidad y paisaje. En Suecia, la vivienda en madera a gran escala ha demostrado que la industrialización no está reñida con el diseño ni con la calidad espacial, incluso en climas extremos.

En América Latina, el desafío es aún mayor: desigualdad, informalidad y eventos naturales recurrentes tensionan cualquier solución estándar. Sin embargo, surgen respuestas que entienden la emergencia como una oportunidad de cambio. Proyectos de vivienda modular en madera, pensados para ser montados rápidamente y adaptados a distintos contextos, ensayan un nuevo pacto entre técnica y territorio.

En Chile, esta discusión es ineludible. País sísmico, de largas costas expuestas a tsunamis y hoy marcado por incendios cada vez más intensos, nuestra tierra conoce la emergencia no como excepción, sino como condición. A la vez, posee una potente industria forestal y un conocimiento acumulado en construcción en madera que por décadas fue subestimado. Hoy, la madera industrializada abre una posibilidad estratégica: responder rápido sin renunciar a la calidad, construir con menor huella ambiental y mayor control técnico, pensar la vivienda de emergencia como el primer eslabón de un sistema habitacional más amplio.

En el contexto local, este debate adquiere una dimensión concreta y estratégica. Hasta enero de 2026, según lo informado por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo, se ha avanzado en el Plan de Emergencia Habitacional 2022–2026, alcanzando cerca de 245.000 viviendas sociales entregadas o en ejecución (considerando que el déficit supera las 500.000 viviendas). Dentro de este marco, la industrialización de la construcción —incluidos los sistemas en madera— se ha consolidado como un eje estructural para acelerar plazos, diversificar soluciones y reducir fricciones administrativas, mediante instrumentos como la aprobación de Viviendas Industrializadas Tipo (VIT), la certificación de empresas industrializadoras y mecanismos normativos como la Glosa 6. Si bien ya existen proyectos piloto y conjuntos en madera impulsados por el Estado, la producción masiva de vivienda en madera aún se encuentra en una fase de consolidación de capacidades, normativa y de ecosistema productivo. Más que cifras definitivas, lo que hoy se observa es una institucionalización progresiva del sistema, que abre una ventana decisiva para que la madera industrializada escale y se integre de manera sustantiva a la política habitacional, articulando urgencia social, innovación constructiva y sostenibilidad territorial. Otro factor clave es la ligereza del CLT (madera contralaminada), que permite su traslado a zonas remotas o de difícil acceso. Un ejemplo es el refugio del volcán Tupungato, desarrollado por Arauco, donde un helicóptero transportó cerca de 30 toneladas de material en 50 vuelos hasta la cumbre. En solo 10 días, un equipo de 9 personas montó la estructura, y el refugio completo se finalizó en 45 días.

Desde este contexto, la academia tiene un rol activo e impostergable. Desde la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Gabriela Mistral, entendemos que investigar hoy es actuar. Por ello, hemos establecido un convenio de investigación con la Universidad de Columbia desde el año 2025, orientado a explorar sistemas de vivienda en madera industrializada, integrando diseño, tecnología y territorio. A ello se suma la reciente adjudicación de un Fondart de investigación de vivienda de emergencia en madera industrializada, que nos permite acelerar este trabajo y aportar desde Chile a una discusión global que ya no puede esperar. Este cruce entre investigación aplicada, colaboración internacional y financiamiento público/privado busca algo concreto: transformar conocimiento en prototipos, prototipos en sistemas, y sistemas en respuestas reales frente a la emergencia habitacional. No se trata solo de pensar escenarios futuros, sino de intervenir el presente con herramientas verificables, escalables y sensibles al contexto social y ambiental.

Habitar la urgencia es aceptar que el futuro llegó antes de tiempo, muchas veces en forma de desastre. Pero también es reconocer que en cada reconstrucción se abre una posibilidad de aprendizaje, de corrección y de cuidado. La madera industrializada —precisa, renovable, adaptable— no ofrece una respuesta única, pero sí una plataforma desde donde construir nuevas formas de habitar un mundo inestable. En ese gesto, cuando la arquitectura se compromete con la acción, vuelve a su origen más profundo: ser refugio, ser puente, ser esperanza construida.

En el horizonte próximo, los desafíos ya no se presentan como obstáculos aislados, sino como un campo de tensiones que la arquitectura deberá aprender a habitar. Escalar la vivienda en madera industrializada implicará avanzar con rapidez sin renunciar al cuidado: repetir sin uniformar, producir sin borrar el territorio, responder a la urgencia sin empobrecer la forma de vivir. Será necesario consolidar una industria capaz de sostener el ritmo de la emergencia y, al mismo tiempo, afinar las reglas que le dan sentido, profundizando marcos técnicos que garanticen resistencia, durabilidad y confianza.

La vivienda de emergencia debe dejar de ser un paréntesis para convertirse en un umbral, capaz de crecer, transformarse y permanecer. Y en ese tránsito, la investigación, la formación y el diseño tendrán que operar como un solo cuerpo, construyendo una cultura material que reconcilie velocidad y memoria, técnica y paisaje. Porque, frente a un territorio expuesto al riesgo, el verdadero desafío no es solo construir más rápido, sino aprender a habitar con inteligencia un mundo inestable. 

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