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Juan Pablo Lavín: “El Gobierno está dejando que la medida más difícil de comunicar ocupe el centro del debate”

El director de Panel Ciudadano-UDD analiza los datos de su última encuesta, que mostró la aprobación de Kast estancada en 39%. “La recuperación es posible, pero solo a través de hitos concretos y visibles a corto plazo”, afirma.

“El apoyo a Kast es funcional, no emocional”, dice Juan Pablo Lavín, director de Panel Ciudadano-UDD, resumiendo un diagnóstico incómodo para La Moneda: la aprobación presidencial no tiene el músculo afectivo para resistir una racha prolongada de malas noticias. 

Lo dice desde los datos. La última encuesta —levantada antes y después de la cadena nacional del miércoles 16— mostró que el 39% de aprobación de Kast no se movió ni un punto con los anuncios del Plan de Reconstrucción Nacional, y que el 53% rechaza la medida central del paquete: la rebaja del impuesto corporativo del 27% al 23%. 

En esta entrevista con EL DÍNAMO, Lavín advierte que el problema del Gobierno no es de política pública sino de marco comunicacional, e identifica las fortalezas que el Ejecutivo aún no ha sabido capitalizar.

—Respecto a la aprobación presidencial, ¿crees que ya se absorbió el golpe del alza de combustibles?

—Parcialmente. Lo más agudo del golpe probablemente ya pasó, pero los efectos siguen presentes porque la inflación y el precio del combustible no son un evento puntual, son un proceso. La aprobación cayó rápido con el primer impacto, pero mientras el precio de la bencina se mantiene al alza y se va traspasando a diversos productos y servicios, el desgaste puede ser mayor. Para que haya recuperación real, la ciudadanía tiene que empezar a sentir mejoría en el bolsillo, no solo escuchar que las medidas están funcionando. Mientras el combustible siga siendo tema en la conversación diaria, el techo de aprobación va a estar contenido.

—El presidente ha subrayado que las medidas impopulares que se han tomado serán bien valoradas en el futuro. ¿Qué tan probable es que el Gobierno revierta, en el corto plazo, la mala evaluación ciudadana?

—Puede recuperarse, pero no por la vía que sugiere esa frase. “Las medidas impopulares serán bien valoradas en el futuro” es un argumento que rara vez funciona en opinión pública, porque la ciudadanía evalúa en presente. Nadie recuerda con gratitud un sacrificio que le pidieron hace dos años. El capital político retrospectivo, en política contemporánea, prácticamente no existe. Además, el apoyo a Kast es funcional, no emocional: no tiene la base afectiva que le permitiría aguantar meses de malas noticias esperando el rebote. La recuperación es posible, pero solo a través de hitos concretos y visibles a corto plazo. Quien gobierna hoy está obligado a entregar en presente.

—De todas maneras, se percibe que al Gobierno no le acompleja ser impopular…

—Así es. La apuesta es que la aprobación se gana con gestión y resultados, no con concesiones simbólicas. Por eso está dispuesto a asumir costos de corto plazo si cree que van a rendir después. Es una apuesta consciente y consistente, pero también riesgosa. Porque la paciencia ciudadana hoy es mínima, y si los resultados no llegan a tiempo, la impopularidad deja de ser una fase y se vuelve estructura.

—Otro aspecto que trae la encuesta es el amplio rechazo a la medida más importante del plan de reconstrucción, que es la baja del impuesto corporativo. ¿Por qué el Gobierno no ha logrado imponer su relato de que esta no es una reforma para los más ricos?

—Porque la cadena causal es demasiado larga. La teoría económica detrás es defendible: bajan los impuestos, aumenta la inversión, se genera empleo, eventualmente mejora tu vida. Pero esa explicación de tantos pasos no funciona cuando la gente está mirando la boleta del supermercado. Cualquier argumento que empiece con “en el mediano plazo” compite en desventaja frente a la realidad del presente. El problema no es de contenido técnico, es del marco desde el cual se está leyendo la medida.

—Más allá de la baja al impuesto corporativo, ¿dónde crees que el Gobierno debería poner los énfasis de este proyecto?

—La eliminación del IVA a las viviendas nuevas tiene 75% de apoyo, la eliminación de contribuciones a los mayores de 65 años tiene 72%, y el subsidio a la contratación formal duplica en apoyo a la rebaja tributaria, sin llegar a mayoría absoluta. Todas conectan con el bolsillo y con familias reconocibles. Son las que deberían encabezar la conversación pública. El problema no es que el Gobierno tenga un mal proyecto, es que está dejando que la medida más difícil de comunicar ocupe el centro del debate.

—Se ha criticado la falta de “sensibilidad”, incluso por parte de oficialistas, para dar a conocer la agenda y las razones de las decisiones tomadas. ¿Hay algo que mejorar en el despliegue comunicacional de la ley de reconstrucción?

—Sí. Sensibilidad en este contexto es reconocer que hay una ciudadanía con el bolsillo apretado, que no está para escuchar explicaciones técnicas ni defensas abstractas. El Gobierno podría pasar de un tono más bien didáctico, casi de sala de clases, a un registro más humano, más cercano a lo que la gente está viviendo. Explicar medidas es necesario, pero explicar sin empatía suele leerse como distancia. Y la distancia, en política, se paga caro.

—¿Qué tanto crees que pesan, en este momento difícil del Gobierno, los problemas comunicacionales?

—Pesan mucho, y en este gobierno especialmente, porque Kast apostó desde el inicio a gobernar con opinión pública más que con partidos. Esa apuesta tiene ventajas claras cuando las cosas funcionan, pero también tiene un costo escondido: cualquier error comunicacional pesa el doble. Un gobierno respaldado por una coalición sólida tiene amortiguadores; uno blindado con opinión pública queda mucho más expuesto. Por eso cuando la conversación pública gira hacia donde el Gobierno no quiere, como está pasando hoy con la rebaja tributaria, el daño es más directo.

—¿Hay responsabilidad en la vocera?

—Hay responsabilidad en el equipo, pero es algo más estructural que de nombres específicos. Tiene que ver con algo difícil de ejecutar bien: linkear el mensaje con el timing, con la contingencia, con lo que la gente está sintiendo en cada momento. Una vocera ejecuta el libreto que le entrega la estrategia, no lo diseña. Si ese libreto llega desacoplado de la realidad, hay poco que se pueda corregir desde la tarima. Atribuir a una persona lo que es un problema de diseño distrae del lugar donde se puede resolver.

—El exministro Cristián Monckeberg decía que veía ministros escondidos. ¿Compartes ese análisis? ¿La concentración de la agenda en unos pocos ministros los desgasta?

—Hay algo real en ese diagnóstico. Un gabinete con alta presencia de independientes y rostros nuevos necesita, por diseño, una lógica fuerte de delegación. Si esa delegación no funciona, el protagonismo se concentra en el Presidente y en dos o tres figuras, y eso acelera el desgaste de todos ellos. Cuando la agenda la carga siempre el mismo equipo reducido, los errores se magnifican y los aciertos se diluyen. Podrían hacer visibles a más ministros con mensajes propios, dejar que entreguen hitos de sus carteras, y permitir que el costo político se distribuya.

—¿Qué fortalezas ves bien definidas en el Gobierno?

—Lo más relevante es que sigue habiendo una lectura compartida que acompaña al Gobierno: la emergencia. Ese relato no ha desaparecido, es un sentir mayoritario, y mientras se mantenga, opera como campo de fuerza frente a debates que no conversan con la urgencia ciudadana. Es una fortaleza estratégica, no coyuntural, y pocos gobiernos han empezado con un relato tan ampliamente aceptado por la ciudadanía. A eso se suma una forma de comunicar que va en la dirección correcta: informar sobre los vuelos de expulsión y otros indicadores concretos en materia de seguridad conecta con un país que ya no tolera la política en abstracto y que evalúa desde lo medible. Y en el paquete de reformas hay medidas con apoyo masivo —eliminar el IVA a las viviendas nuevas o las contribuciones a los mayores de 65 años— que son un activo importante que suele olvidarse cuando domina el debate tributario. El desafío es comunicar mejor lo que ya están haciendo bien.

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