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Kast y la fomedad

El Presidente gobierna sobre una calma que él mismo sabe provisional. Está ahí porque la convención, porque el estallido, porque el gobierno de Boric detuvieron la fomedad, propusieron la diversión y terminaron por aburrirnos, cansarnos o espantarnos. Los que lo eligieron, no votaron por una pausa sino por una nostalgia.

El 21 de mayo el Presidente encontró algo más que una agenda perdida, más que una voz extraviada: encontró un personaje que encarnar. Lo hizo, como lo hacen todos los políticos astutos, convirtiendo su principal defecto en su principal virtud.

José Antonio Kast no es un orador, nunca lo ha sido. José Antonio Kast no es un intelectual, nunca lo ha sido. José Antonio Kast no es un entusiasta. Pero nunca ha sido un moderado tampoco.

Es un convencido, un misionero, no un buen predicador. Puede tener hambre de santidad, pero no de redención. No puede vender ninguna pasión, aunque le falta humor y distancia critica para conseguir ser escéptico y, mucho menos, cínico. Le queda entonces solamente el amplio terreno del medio. Eso que en Chile llamamos “fomedad”.

Kast es fome. Lo fue en el colegio, lo fue en la universidad, lo fue en la presidencia de la UDI. Si lo dejó de ser como candidato a presidente, si consiguió el vértigo, el temblor, el placer, fue justamente por el contraste con los discursos vecinos: primero con Piñera, que lograba desesperar pero nunca aburrir; después con Boric, que lograba asustar o divertir, pero nunca nos dejó dormir la siesta. Esa siesta provinciana que ya no se duerme ni en provincia. Esa provincia suave y civilizada que Kast, que se crio en Paine, un suburbio que es al mismo tiempo campo y cuidad, suele evocarnos cuando nos habla de su propia versión del paraíso.

El Presidente Kast se reivindica a sí mismo como un presidente fome. El que con una sonrisa acepta que le digas que no cuando te saca a bailar pero que está ahí cuando los otros galanes abandonaron la pista. El que no dice grandes verdades, el que no propone grandes proyectos, el que se despierta temprano, llega a su trabajo y hace lo que tiene que hacer. Es por cierto una máscara, porque con esa voz monocorde, con esa templada amabilidad germánica, dijo en su discurso más de una idea inflamante, más de una constatación incontestable, más de una promesa incumplible. Pero lo dijo sin agitarse y sin agitarnos, como quien intenta que los niños se duerman con algunos de esos cuentos de hadas de los hermanos Grimm, tan alemanes como nuestro propio Presidente, por lo demás.

Su talante teutónico no lo explica todo, o más bien no explica nada porque la fomedad que convoca como virtud central de su mandato es plenamente chilena. Por eso sus alusiones a Manuel Montt, el presidente gris —aunque su grisura fuera solo aparente y haya protagonizado y azuzado más guerras civiles que nadie—, no son nada azarosas. Menos lo es la embajada plenipotenciaria que le entregó al zar de la fomedad: el Presidente Frei Ruiz-Tagle. Digno descendiente de una estirpe de presidentes que reúnen, en su apellido, a contrarios y enemigos y gobiernan como símbolo de paz.

Jorge Alessandri que era un hombre apasionado y apasionante, que jugaba a ser un gerente gris y aburrido dedicado a hacer todo lo que su flamígero padre no haría y no hacer nada de lo que su padre solía hacer. Pienso en Jorge Montt y Pedro Montt (este último menos fome de lo que se esperaba). Pienso en Germán Riesco, que ni siquiera se dignó en morir en Chile; en Emiliano Figueroa, que llegó porque nadie quería el puesto; o en Barros Luco, que consiguió la presidencia a base de demostrar en cada paso que no la deseaba ni por asomo.

Esa política de cualquiera de nuestros vecinos (la sucesión de esos presidentes calmos que curan su reumatismo en Europa y gobiernan coaliciones liberal-conservadoras o viceversa) resulta imposible. Es cosa de mirar las elecciones de Perú y Colombia para darnos cuenta de que nosotros, y solo nosotros, le hemos dado un precio político, un valor democrático, a la fomedad.

Pero ¿qué es eso que llamamos fomedad y que está en el centro mismo de nuestra forma de entender el mundo? Fome se llama el cuarto álbum de Los Tres. Fui a su lanzamiento 28 de junio de 1997 en el Teatro Mauri. Hacía un frío espectral del que no me repongo todavía. Los Tres estaban nerviosos, distantes, ansiosos. El disco se parecía y no se parecía a sus discos anteriores. Era melancólico, sutil, sus letras se basaban en juegos de palabras que giraban casi siempre en torno a objetos y sonidos banales. Los miembros del grupo cambiaban de instrumento para volver a la fragilidad de ser aprendices.

Todo eso no era en ningún sentido aburrido, pero sí estaba lleno de pudor, prefería esconderse que declararse. La portada del disco, una familia en una tarde cualquiera, era la razón de ser del título. Una foto fome de un día fome de una provincia fome.

Fome es entonces lo que no es extraordinario, ni salvaje, ni sagrado. Pero también se usa la palabra fome para lamentarse de un accidente, una muerte, o una ruina. Nada de eso es fome en el sentido aburrido o banal del término. Le asignamos ese adjetivo para no sentir ni sufrir tanto, para conmoverse en la justa medida. Para no decirle a la víctima que lo que le pasó es trágico e irreparable. En ese contexto fome es una forma de distancia que no se siente como una falta de empatía porque ayuda al otro a viajar desde el dolor al terreno de la fomedad.

Como en la tragedia, lo fome es una protección. Antes era normal ver en todo tipo de trenes y buses a gente leyendo chistes de Condorito con pasión para comentar al final de cada chiste: ¡qué fome!. Lo misterioso es que seguían leyendo. No hay humorista, por fome que sea, que no tenga trabajo. Mientras más fome, más trabajo consigue, como si su fomedad fuera una garantía de que los espectadores pueden ir al espectáculo sin el peligro de sufrir síncope y asfixia o la sangre de narices del poema de Nicanor Parra.

La idea de que alguna obra de arte pudiera desordenarnos el pelo y despeinarnos el alma nos resulta un riesgo innecesario. La risa y el llanto son experiencias privadas que resulta sonrojante mostrar en público. Y después de todo, “seguro que no es tan así, seguro que no es para tanto”. El “tan” es el seguro, el chaleco anti bala que nos permite a los chilenos sobrevivir en el mundo.

Hijos de Andrés Bello, tenemos la idea de que disminuir la intensidad de las pasiones es la única manera de gobernarlas. Ahorramos esa pasión por si alguna vez llegamos a necesitarla. Al lado de Violeta Parra, un volcán, Pedro Messone abotonado hasta el cuello. Al lado de Jorge González, traspasado y Alberto Plaza haciendo el esfuerzo de no exagerar tanto su mismo amor.

Sentimos por la diversión, por el entusiasmo, por la admiración una enorme desconfianza: la de vernos desnudos de pronto frente a la Maja idem, la de sentirnos humillados por el artista, la de tener que admitir que él es mejor que tú en algo. Nos reímos del amigo que quiere ser cantante porque cierra los ojos y absorbe aire en los pulmones para cantar. No soportamos que se separe de nosotros, que sea más, que sea menos quizás, que sea distinto. Eso no lo perdonamos.

Toda nuestra certeza chilena se basa en la idea de que aquí nadie es mucho mejor que el otro. Puede ser más rico y poderoso, pero no mejor. No hay genios, no hay arte, no hay cambio, nada es tan entretenido ni tan terrible, todo es fome. Es decir, inflado, vacío, pomposo, sin forma ni contenido. Fome que es fofo, que “forro”, que es fatuo, que es falso pero tampoco “tanto”. Porque nada es para tanto.

Fome es un exceso que no llegó nunca a excederse, un estreno que no llegó a estrenarse, una película con hartos silencios y cantos de pájaros y teteras y Alfredo Castro sufriendo al cuadrado con la mitad de la cara en la sombra. El invierno lluvioso y el verano polvoriento y el almacén y la casa de no más de dos pisos. Azul paquete de vela, verde carabinero, amarillo arenoso, los mismos clásicos, las mismas fechas, la gente que se casa con quien todos sabían, menos ellos. Es eso que no se mueve, eso que se sabe, hasta que el temblor, hasta que la revuelta, hasta que el viento y los pájaros gritan buscando cabezas que devorar.

No, la vida en Chile no es fome. Yo, que llevo 56 años aquí, he visto pasar todo tipo de sistema de gobierno, todo tipo de ideas indiscutibles discutirse, avalanchas, aluviones y alucinaciones colectivas. Nada es fome y es quizás por eso que invocamos la fomedad con tanta pasión. Llegar a la hora, comer pan con mantequilla y palta a las cuatro de la tarde es una forma de sostenernos de la grieta que nos abriga. Queremos ser regulares, queremos no sorprender a nadie porque la vida ya nos sorprende lo suficiente sin que le pidamos más. Queremos no tener nada que contar porque lo que tenemos que contar es tan múltiple y diverso que no nos alcanzan los silencios.

La fomedad es en Chile una costra, que cicatriza una herida. Somos fome para recuperarnos del rocanrol que la tierra baila sola y sin nosotros. Y como toda costra tiene un límite: el momento en que la herida de abajo exige más que silencio. Kast gobierna sobre una calma que él mismo sabe provisional. Esta ahí porque la convención, porque el estallido, porque el gobierno de Boric detuvieron la fomedad, propusieron la diversión y terminaron por aburrirnos, cansarnos o espantarnos.

Ante el riesgo de salir de la fomedad que es nuestra hipertrofiada idea de la normalidad, elegimos el prometía cosas imposibles pero pedestres. Los que lo eligieron no votaron por una pausa sino por una nostalgia. Un país que no existe ya y que quizás nunca existió del todo como lo recordamos, donde cada uno sabía que tenía que hacer sin que se lo dijeran porque llevaba décadas y padres y abuelos haciéndolo.

Pero una nostalgia no es una dirección. Y lo que Kast tiene entre manos no admite nostalgia: una economía que no termina de crecer, una clase media que no termina de creerle a nadie. La contrarreforma y la reconstrucción exigen lo que la fomedad por definición no puede dar: una energía y una convicción que se note. No basta llegar temprano a la oficina cuando la oficina está en llamas. Incluso en esos casos es mejor llegar tarde.

La fomedad es una virtud de los tiempos tranquilos. En los tiempos revueltos se convierte en una trampa. Y los pájaros que gritan buscando cabezas que devorar no distinguen entre un presidente “emocionante” y uno que llegó puntual a su trabajo.

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