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José Antonio Kast: no sabe, no sabe y no quiere aprender

Kast no es un ignorante, o un bruto, no es un salvaje insensible, sino más bien un hombre de cultura media, de gusto sencillo, que sabe muy pocas cosas, que no le interesa saber más. 

José Antonio Kast consiguió con una sola frase ofender al gremio más rencoroso de todos. Uno que no olvida, y que cobra cada palabra hasta la eternidad. El gremio de los profesores universitarios. Pertenezco a él y puedo confirmar lo que el presidente Wilson decía después de haber sido rector de Princeton: que gobernar Estados Unidos era pan comido comparado con dirigir una universidad.

El episodio prueba otra cosa: que para ser inculto hay que ser muy cultivado. El ejemplo de los 500 millones que terminan en un libro es al mismo tiempo ridículo y tímido. Trump hubiese doblado la cifra y hubiese inventado un estudio que no existe. Milei hubiese contestado desde la teoría económica, citando salvajemente nombres de autores teóricos para desautorizar a los que considera “chantas” y “peligrosos”. Los dos basan su amor a la ignorancia y su odio a la academia y las artes en un conocimiento cercano a ellas. Milei se ha pasado la vida leyendo; mal, pero leyendo. Trump fue mecenas, actor —Woody Allen lo dirigió en Celebrity—, protagonista y autor de libros en la ciudad más culturalmente vibrante del mundo. Se codeó con Andy Warhol, que le hizo retratos de Trump Tower que él mismo no quiso pagar. Los dos saben lo que odian y lo odian por eso.

Kast no. La cultura y la universidad le son perfectamente indiferentes, tan indiferentes que al atacarlas lo hace de modo exagerado y al mismo tiempo aburrido. Un odio sin odio, que es una forma de desidia. Esto lo comprendió mejor que nadie el rector Carlos Peña, que en enero, después de un almuerzo con la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, describió al entonces presidente electo como “un vecino despojado de abstracciones almorzando con los académicos”, “orientado ante todo a la vida familiar”, con “alergia a la más mínima abstracción”. La crónica era cruel y exacta. Por eso mismo provocó una indignación total entre los fans del presidente.

Kast no es un ignorante, o un bruto, no es un salvaje insensible, sino más bien un hombre de cultura media, de gusto sencillo, que sabe muy pocas cosas, que no le interesa saber más. Es intelectualmente mediocre y, como suele ocurrir en la clase media y la media alta chilena, esa mediocridad le resulta una especie de valor. Algo llamado “austeridad” o “sentido común” que se basa en la simple idea de que los que tienen ideas pierden su tiempo y lo hacen perder a los demás.

Es el tío que te pregunta si leíste todos los libros de tu biblioteca y los mide por el peso, o por los colores de la tapa. Es el que te pregunta ante cualquier película u obra de teatro que viste, cuánta gente la vio antes. Es el que se siente divertido o innovador contando cómo roncó en una ópera o un concierto. Todo en una versión suave en el caso de Kast, que viene de una cultura, la alemana, que respeta las ideas y las artes como pocas, porque básicamente éstas son su única riqueza.

Kast se emociona con canciones de misa y con las obras de teatro que hacen sus hijos. Kast lee lo que tiene que leer, ni más ni menos. Adora más que todas las madonas que pintó Rafael, una virgen de Baviera notablemente ausente de toda gracia estética. Esa falta de gracia es para él una garantía de calidad, porque los que se preocupan demasiado de la armonía de los colores o de las formas abandonan el puro mundo del bien y el mal y pueden terminar en alguna desviación. La más temida, aunque ahora se la haya visto legitimada últimamente, es la homosexualidad. Permitida y tolerada porque se sabe hoy que no todos los homosexuales son artistas, o peluqueros, que algunos pueden ser hasta empresarios.

El arte es para Kast un desvío que puede transformarse en desviación si no está correctamente conducido. Su prejuicio tiene algo de razón: cierta pasión por la belleza nos ayuda a verla en lo que es feo, en lo que es malo, en lo que es terrible. Cierto amor por la belleza puede ayudar a ver sus límites y encontrar en el crimen la redención, en tomar todos los venenos una forma de santidad. Es algo que Kast, y la mayoría de sus cercanos, no pueden permitirse. Es algo que quisieran no permitir a nadie pero que toleran por si acaso a algun chileno le dan el premio Nobel, el Oscar o el Pritzker.

Otra cosa pasa con las ciencias sociales y las humanidades. Esto no es para Kast una simple pérdida de tiempo, esto es un abierto enemigo. Y en eso no se equivoca ni un poco. El debate constitucional chileno que siguió al estallido, y que lo interpretó, nació de un tejido de saberes y de discursos generado por generaciones de intelectuales públicos y privados criados en los últimos treinta años. Las becas Chile, los Fondecyt, las fundaciones nacionales e internacionales han ido creando un debate intelectual que no tiene nada que envidiarle a la mayor parte de los debates que se infligen en nuestro idioma.

La bonanza económica ha atraído a muchos de estos intelectuales, críticos del capitalismo, a experimentar en Chile las bondades del sistema y sus perversiones. Los hijos de los que hicieron sus millones al margen de ella estudiaron sociología, cine o filosofía. Lo hicieron en contra de sus padres y gracias a sus padres, y en el fondo como un homenaje a ellos. No hay, después de todo, mayor lujo que tener hijos que viven, más o menos bien, sin generar dinero. Más aún en nuestra cultura hispano-católica, donde no hay mayor riqueza que despertar rico y acostarse arruinado.

Ese debate intelectual ha generado no pocas deformidades, muchas de ellas recogidas en el primer proyecto constitucional. Pero ha generado también su refutación. Los intelectuales de izquierda no son la mayoría aplastante que eran ayer o anteayer, ni siquiera en las humanidades. Los absurdos de género, las generalizaciones poscoloniales siguen ahí, un Bourdieu mal traducido y un Foucault leído al revés siguen siendo parte de la base de cualquier curso de primer año en casi todas las carreras humanistas. Pero esto ha ido generando justamente una generación que lee a Scruton, Popper y Hannah Arendt con una pasión tan injusta como su anterior cancelación. Judith Butler sigue siendo lectura obligada, pero es casi imposible que las nuevas generaciones, víctimas de sus dislates, la tomen en serio.

La batalla cultural, que no ha penetrado casi en nada las artes, que la derecha sigue despreciando en general y en específico, está en su mejor momento en las humanidades. No saberlo, no entenderlo, es parte de las muchas cosas que Kast no parece saber. Y es grave que no lo sepa, y peor que no quiera saberlo, porque es ahí donde puede encontrar justamente relatos, ideas, y evidencia con que enmendar un rumbo que parece haberse perdido desde la primera semana de gobierno.

Entiendo y comparto el desprecio del presidente por las ciencias sociales y la sociología. Yo suelo detestarlas porque arruinaron el estilo de lo que era una rama más de la literatura: el estudio de la política. Los cuadros estadísticos, los gráficos, me resultan mala matemática aplicada a mala literatura. Despreciarla me sale casi gratis porque no la necesito. No es el caso del presidente. Esos cuadros estadísticos, esa teoría política, es lo que puede alimentar un discurso vacío que parece darle la espalda a lo que los chilenos esperan o quieren.

Algo parecido pasa con la literatura. Leer a Edwards Bello, o a Edwards Vives, o a Jorge Edwards tampoco estaría de más. Y a Donoso, y a Lemebel, y a Zambra y a Zurita. Puede que su falta de sensibilidad artística no le permita entender la belleza y la verdad de su escritura, pero las constancias de lo que Chile fue, de lo que Chile piensa, de lo que Chile desespera, están ahí. Todo eso está en bellos libros que no generan empleo según el presidente (aunque la industria editorial es una industria igual), libros que pueden, si el presidente de anima a abrirlos, salvarlo del previsible naufragio del que no quiere saber que no sabe.

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