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¿Por qué algunas personas sienten verdadero terror frente a payasos y máscaras?

La sonrisa permanente de un payaso o un rostro oculto detrás de una máscara pueden provocar una inquietud difícil de explicar. En vísperas de Halloween, Pablo Johnson, académico de Psicología UNAB explica por qué estas figuras generan miedo, qué ocurre cuando no podemos interpretar sus expresiones y cómo reconocer cuándo ese temor se convierte en una fobia.

Para algunos, encontrarse con un payaso es motivo de diversión. Para otros, basta con ver su rostro maquillado o su sonrisa exagerada para experimentar ansiedad, incomodidad e incluso un miedo difícil de controlar. Una reacción que puede intensificarse durante Halloween, cuando las máscaras y los disfraces se multiplican.

Pero ¿por qué una figura asociada tradicionalmente al entretenimiento puede generar tanto temor? Según Pablo Johnson, académico de Psicología de la Universidad Andrés Bello, la explicación se relaciona con un fenómeno conocido como «lo ominoso», esa sensación inquietante que aparece cuando algo familiar se vuelve extraño.

“El miedo a los payasos o a las máscaras se relaciona con la vivencia de cercanía a lo ominoso: una experiencia inquietante de ver algo que nos debería ser familiar, es decir, un rostro humano, pero convertido en algo extraño, distorsionado”, explica el psicólogo.

A diferencia de un rostro humano, cuyas expresiones cambian constantemente, el maquillaje de un payaso puede mostrar una emoción fija y exagerada, como una sonrisa que nunca desaparece. Esa falta de naturalidad puede dificultar la interpretación de lo que siente o pretende la persona que está detrás.

¿Por qué nos inquieta no poder leer un rostro?

En las interacciones cotidianas, las personas interpretan miradas, gestos y movimientos faciales para comprender las emociones e intenciones de los demás. Sin embargo, cuando un rostro está oculto o exageradamente maquillado, esas señales pueden volverse difíciles de reconocer.

“En una cara descubierta encontramos pequeñas pistas, como una mirada o un gesto, que nos permiten descifrar sus intenciones y nos dan cierta tranquilidad. Un rostro tapado o exageradamente maquillado impide esa lectura y nos deja frente a un enigma absoluto”, señala Johnson.

Por eso, una sonrisa pintada que permanece inmóvil puede resultar más inquietante que una expresión de enojo real. No necesariamente porque anuncie un peligro, sino porque impide anticipar cómo reaccionará la otra persona.

“La desconfianza, la ansiedad y el terror no surgen necesariamente porque el payaso parezca amenazante, sino por la incertidumbre frente a un otro que se ha vuelto completamente indescifrable”, agrega el académico.

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