La Universidad Diego Portales (UDP) lanzó la tercera edición de Clima Social, un estudio de opinión pública que monitorea el ánimo de la ciudadanía. ¿Los resultados? Los chilenos manifestaron que el respeto a la autoridad ha decaído con fuerza en los últimos diez años, así como la tolerancia a quien piensa distinto y ya no están seguros sobre si las convenciones sociales a las que estábamos acostumbrados —como el beso en la cara— siguen vigentes.
En esta entrega, el Instituto de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades (ICSOH) y el Observatorio de Desigualdades (OBDE) de la UDP constataron que el 69% cree que hay menos respeto hacia la autoridad, —carabineros o profesores—, y que un 61% percibe que hay menos respeto a quienes tienen una opinión distinta. Más de la mitad de los encuestados (56%) considera que hay más agresividad en el trato.
Asimismo, el 56% adhiere con fuerza a la idea de que en Chile las personas solo se preocupan más de sí mismas y no de los demás y solo un 14% rechaza esta percepción. En diálogo con EL DÍNAMO, Claudio Fuentes, encargado del estudio titulado Convivir sin manual, ratifica que “la percepción de deterioro de la convivencia está bastante extendida en la sociedad. Esto cruza niveles socioeconómicos, edades y regiones del país. En general existe una percepción generalizada de una erosión del trato, en el nivel político y a nivel de las interacciones sociales”.
Para Sergio España, encargado del estudio cualitativo para complementar los resultados de la encuesta, los resultados dan cuenta de una ciudadanía “crispada y desalentada“. “Los espacios de convivencia que se valoran son pocos y son aquellos donde existen vínculos anteriores o de larga data, como por ejemplo los compañeros de curso”, describe el académico de la UDP.
Qué toleramos, qué no y cómo nos relacionamos
La encuesta exploró también cuánta tolerancia tienen las personas a ciertas conductas fuera de la norma. Castigar a un asaltante si la policía no llega a tiempo fue la que obtuvo más respaldo (47%), incluso entre quienes tienen tendencias políticas distintas. Otra conducta relativamente aceptada fue exponer en redes sociales a una persona acusada de un delito, aunque no haya sido condenada (28%), respaldo que se eleva a 39% en menores de 30 años.
Por el contrario, entre las situaciones que más suscitan rechazo se encuentra que una jefa le llame la atención a un trabajador delante de sus compañeros (68%) y que manifestantes corten una avenida e impidan el paso de autos (62%).
También existe un deterioro del trato: un 73% declara haberse sentido discriminado al menos alguna vez en el último año, principalmente por su condición (39%) socioeconómica o apariencia (34%). A ello se suma la falta de certeza sobre cómo relacionarse. En el último año, el 63% no supo si una broma o comentario podía resultar ofensivo, el 59% calló una opinión por temor a ser malinterpretado, el 51% no supo si era adecuado saludar de beso, de mano o sin contacto físico y el 49% evitó decir algo por temor a ser “funado”.
“Estamos enfrentando una transición social, donde hay reglas de convivencia tradicionales, que conviven con otras nuevas. En esta transición se produce el fenómeno que las personas pierden orientación en cómo actuar, por ejemplo no saber cómo saludarse, no saber si es correcto o incorrecto hacer una broma, etc. Esas expresiones cotidianas aluden a esta tensión de un cambio de las normas de convivencia social. Pero todavía, como sociedad, no encontramos un nuevo equilibrio”, explica Claudio Fuentes, profesor titular de la UDP.
Si bien, de acuerdo al estudio cualitativo, tanto hombres como mujeres perciben más cautela en el saludo y el lenguaje, ellas lo leen como un avance y ellos lo asocian más a la desconfianza y el temor a las denuncias en el ámbito laboral.
Respaldo a mayor vigilancia y el “ejemplo” del mundo político
¿Qué está detrás de este deterioro en la convivencia y el apego a las reglas? Tanto la encuesta como el estudio cualitativo apuntan a una dirección: la ciudadanía percibe que las normas no se aplican de manera uniforme y que las élites e instituciones no dan el ejemplo.
“La sensación de que prevalece la agresividad, la falta de respeto es mayoritaria especialmente en el espacio público. Esa misma percepción se proyecta hacia la élite y la clase política: falta de respeto en el trato entre ellos, poca disposición al diálogo y la búsqueda de acuerdos, tanto respecto del Gobierno como de la oposición. Todo lo anterior fortalecer la desconfianza hacia las instituciones y su capacidad de dar solución a problemas comunes”, detalla Sergio España.
¿Y la vía para recuperar la buena convivencia? En cuanto a comportamientos individuales, la mayoría adhiere a priorizar el respeto en la vida cotidiana (38%) y la educación cívica (37%). También, hay alto respaldo a mayores sanciones: multar a quienes boten basura en la calle (95%), quienes no recojan desechos de sus mascotas (91%), y a quienes beban en la calle y parques (89%), así como punir a quienes emitan mensajes de odio (85%).
Asimismo, la mayoría está dispuesto a endurecer medidas de vigilancia: un 81% aceptaría cámaras con reconocimiento facial y un 73% que los menores de 16 años no puedan estar en la calle sin un adulto después de medianoche. El respaldo cae, no obstante, ante la revisión de mochilas en la calle de parte de policías (50%) y a que el Estado revise conversaciones en redes sociales (46%).
“Efectivamente, existe un contraste entre la percepción que existe sobre cómo resolver los problemas de convivencia (con prioridad en el diálogo y el desarrollo del respeto), y lo vinculado a la seguridad, que enfatiza temas de control y vigilantismo. El tema de la inseguridad marca una agenda muy de control y orden público, pero que las personas separan de la problemática de la construcción de vínculos sociales“, analiza Fuentes.