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La política de nuestros tiempos no se entiende sin el plebiscito constitucional del 4 de septiembre de 2022. Cuatro años han pasado desde el momento en que cambió la forma de dividir aguas en la política criolla: del “Sí” y el “No”, al “Apruebo” y “Rechazo”. 

Otras cosas también cambiaron en estos cuatro años. El gobierno de Boric debió a dejar atrás su marcada impronta de izquierda para dar paso a una moderación casi obligatoria; los vilipendiados años de la transición terminaron siendo reivindicados por los mismos que instalaron el “no fueron 30 pesos fueron 30 años”; y el electorado se decantó por Kast, una alternativa en las antípodas del fracasado proceso. 

El costo puede ser medido en dinero: cerca de $150 mil millones fue la factura de los dos procesos constitucionales. Pero también en impacto social; tras la deriva constitucional —incluido un segundo fracaso con signo Republicano—  el 58% dice mirar el futuro del país con pesimismo, el registro más alto desde 2015.

Con ese telón de fondo, EL DÍNAMO preguntó a seis exconstituyentes qué lecciones se pueden obtener del primer fracaso y qué decisiones diferentes tomarían, con la experiencia de hoy, para garantizar un texto de consenso. Las respuestas difieren y se encuentran, pero la gran mayoría coincide en que fue una oportunidad única desaprovechada por el maximalismo que reinó en la Convención.

Felipe Harboe: “El primer proceso constituyente permitió hacer retroceder a las banderas de la irresponsabilidad”

Más allá de la estridencia y la irresponsabilidad, el primer proceso constitucional nos sirvió para que el pueblo de Chile se diera cuenta de lo sobreideologizada y desconectada que estaba esa mayoría que se eligió. En retrospectiva, ese proceso nos sirvió para que el pueblo dijera, fuerte y claro, que no estaba disponible para cambios refundacionales, ilusos ni irresponsables. En ese sentido, me da la impresión de que el primer proceso constituyente permitió hacer retroceder a las banderas de la irresponsabilidad y la refundación de nuestra República.

En lo personal, una mala experiencia fue darme cuenta de que los argumentos no tenían importancia en un debate dominado por la lógica del maximalismo y de la cancelación de quien pensaba distinto. Pude comprobar cómo incluso ministros del gobierno del presidente Boric incidían directamente, con ánimo de mantener arriba las banderas de la irresponsabilidad y el maximalismo. 

Pude observar también la instalación y el uso de bots para cancelar a quienes pensaban distinto, muchas veces torciendo la realidad o descalificando al interlocutor por incapacidad de combatir con argumentos el mensaje.

Lamentablemente, no hubo forma de impulsar un texto de consenso. Tuvimos varias reuniones e intentos por convencer a los líderes del Frente Amplio y del Partido Comunista, incluso del Partido Socialista, pero no hubo voluntad política.

Cristián Monckeberg: “El gran problema de la Convención Constitucional fue que las reglas del juego que se fijaron no fueron las adecuadas”

Las constituciones, cuando son vistas como un trofeo, como una suerte de programa para resolverlo todo, van por mal camino. Las constituciones lo que buscan es fijar las reglas para que la sociedad completa se desarrolle de buena manera, para que cada uno pueda llevar adelante su proyecto de vida. El problema fue que este proceso constitucional, este proceso constituyente, se llevó adelante por personas que quisieron imponer su punto de vista sobre el resto, quisieron imponer su mirada de la sociedad sobre el resto, quisieron crear y refundar un país distinto al que habíamos construido anteriormente. Esa fue la falla, esa fue la complicación mayúscula, y esa es la conclusión que nos llevó a que se rechazara esta revuelta constitucional.

Creo que si Chile iniciara nuevamente un proceso constituyente —que tengo mis dudas de si fuese necesario—, más que volver al pleno para ver qué cosas tendríamos que hacer diferente, habría que repensar las reglas del juego, de cómo se elabora o se imagina un proceso constitucional. Primero, si es necesario o no. Y segundo, qué reglas del juego voy a fijar para saber quiénes participan, con qué preparación van a ir, qué representación de la sociedad van a tener y cómo va a ser el funcionamiento de la sociedad.

En estos temas estuvo el gran problema de la Convención Constitucional: las reglas del juego que se fijaron no fueron las adecuadas, y llegó un grupo de personas elegidas democráticamente, pero que tenían una sola mirada y una sola visión de la sociedad. Y ahí está el resultado.

Fuad Chahin: “Chile desaprovechó una maravillosa oportunidad de tener una Constitución que fuera un factor de unidad”

Las oportunidades políticas hay que aprovecharlas con mesura, sentido común y sin soberbia. Creo que Chile desaprovechó una maravillosa oportunidad de haber tenido una Constitución política que realmente fuese un factor de unidad, que fuese también un factor de modernidad, que pudiera actualizar nuestras instituciones y nuestro catálogo de derechos, de tal manera de resolver problemas que están pendientes hasta el día de hoy, como el funcionamiento del sistema político, y que nos permitiera tener una hoja de ruta convocante para los próximos 40 años. Esa oportunidad la desaprovechamos, y creo que ese es el mayor aprendizaje.

Quienes creían tener una mayoría abrumadora para hacer lo que quisieran, terminaron no solo perdiendo el plebiscito, sino que también llevando al gobierno una posición extrema, totalmente opuesta a la que ellos sostenían, y eso también es un gran aprendizaje: los ciclos políticos van en un sentido y en otro, y creo que quienes hoy día están en el gobierno también tienen que no olvidar esa elección.

Si pudiera volver al pleno, la gran reforma que impulsaría sería que Chile se reconociese como un Estado social y democrático de derecho con un sistema político moderno, con adecuados contrapesos, un sistema político que genera incentivos a los acuerdos y a la resolución de las controversias, y no, como por hoy día, que el incentivo está puesto más bien en el obstáculo y en el conflicto.

Roberto Celedón: “El texto tiene riqueza y perfectamente puede ser rescatado mañana”

Fue un hecho histórico y único en América Latina, y quizás en el mundo, en que el pueblo eligió a los constituyentes con el mandato de escribir una Nueva Carta Fundamental. No había borrador de proyecto. Cuando se dijo que era una hoja en blanco, era efectivamente una hoja en blanco, y eso tuvo virtudes y defectos.

Su composición fue muy especial, con una inmensa mayoría de independientes. El trabajo final fue muy hermoso, porque toda la diversidad de propuestas elaboradas por cada una de las comisiones temáticas había que transformarla en una unidad, un texto, con temáticas que se tocaban y se entrecruzaban entre las comisiones.

Y ese texto tiene muchas virtudes. Hay capítulos únicos en la historia del constitucionalismo moderno como el de “Naturaleza y Medio Ambiente” de 33 artículos; el de “Participación democrática”, de 15 artículos; el de “Buen Gobierno y función pública”, de 21 artículos; el de “Estado Regional y organización territorial”, de 67 artículos; cerca de cien artículos en el capítulo relativo a los derechos humanos, y un capítulo inicial sobre los principios y fundamentos de la institucionalidad de mucha riqueza conceptual, que tiene una definición notable en su artículo 1º: “La protección y garantía de los derechos humanos individuales y colectivo son el fundamento del Estado y orientan toda su actividad. Es deber del Estado generar las condiciones necesarias y proveer los bienes y servicios para asegurar igual goce de los derechos…”. Sin perjuicio de las observaciones críticas, el texto tiene riqueza y perfectamente puede ser rescatado mañana.

El trabajo final de armonización y de construcción de un texto único fue muy relevante, y a mí me tocó participar en ese proceso final, en el que toda la diversidad de propuestas había que transformarla en una unidad, en un texto único. De más de 500 artículos redactados por las comisiones, se redujeron a 388.

Pero mientras trabajábamos los constituyentes surgió un fenómeno hasta entonces desconocido: las fake news, a través de lo que hoy llaman granjas de bots. Desde el primer momento apareció, a través de las redes sociales, algo completamente inesperado, que sintonizaba con medios de comunicación, televisivos, radiales y escritos, dominados por un sector político, que se pusieron en contra del proceso y distorsionaron su verdadera naturaleza.

Eso empañó el origen profundamente democrático de los constituyentes electos y del mandato que recibieron. Una minoría al interior de la Convención manipuló la información pública que circulaba tanto en redes sociales como en los medios, y frente a eso los constituyentes no teníamos organización ni poder de ningún orden. Hoy se sabe quiénes fueron los que manipularon la conciencia de los ciudadanos e inundaron el debate público con información falsa. ‎

Constanza Hube: “Volvería a defender los mismos principios, y con más convicción todavía”

La lección de fondo es que tener los votos no habilita para actuar de manera totalitaria. La Convención se comportó como si tuviera un poder ilimitado para refundar el país, cuando en realidad estaba habilitada y limitada por el propio acuerdo político que la convocó. El quórum de dos tercios, que debía obligar a construir acuerdos amplios, terminó sorteándose mediante pactos que blindaron un proyecto ideológico y no un texto de encuentro. El 4 de septiembre de 2022 los chilenos corrigieron eso: el 62% mostró que Chile quiere cambios, pero no a costa de la libertad, la igualdad ante la ley y las instituciones que sí funcionan.

Volvería a defender los mismos principios, y con más convicción todavía, porque el tiempo nos ha dado la razón en varias de las cosas que advertimos. La plurinacionalidad, los sistemas de justicia distintos según el origen étnico y una lógica que dividía derechos por identidad no generaban integración, sino más desigualdad e inseguridad jurídica. 

El problema no fue la falta de propuestas para llegar a acuerdos —existieron, y las planteamos a tiempo—, sino que la mayoría de la Convención nunca tuvo verdadera voluntad de estudiarlas y analizarlas. La lógica fue “pasar máquina”. No veo cómo podría haber sido distinto, porque el procedimiento condicionó el resultado. La composición poco democrática de la Convención hacía prácticamente imposible un resultado positivo. Al final fueron los chilenos, con ese 62%, quienes hicieron lo que la Convención no quiso hacer: ponerle un límite a la refundación. 

Ruggero Cozzi: “Era un proyecto iliberal”

Existe una continuidad entre el estallido de 2019 y el proyecto de la Convención Constitucional; entre revuelta y revolución. Existió un intento de golpe de Estado no tradicional para derrocar a Sebastián Piñera, y ello forzó el proceso constituyente; que a su vez, terminó siendo la oportunidad de cierta izquierda para seguir el manual de las revoluciones bolivarianas latinoamericanas.

Si no hubiese sido por el triunfo del Rechazo, el gobierno de Gabriel Boric hubiera conseguido el poder total, con una Constitución hecha a su medida y sin contrapesos. Era un proyecto “iliberal” (con un deficitario diseño del sistema político y judicial) que demostraba que la refundación promovida por el Frente Amplio y el Partido Comunista estaba acompañada de un inminente riesgo de deriva autoritaria, al puro estilo de los procesos constituyentes de Venezuela, Ecuador y Bolivia. Por eso, el 4 de septiembre es una fecha que nos recuerda el valor de la democracia, la libertad y la unidad de Chile. 

Patricia Politzer: “El maximalismo obnubiló la capacidad de asumir con realismo lo que era posible”

El rechazo a la propuesta constitucional de 2022 no puede analizarse sin entender el contexto histórico que la provocó. Más que un proceso constitucional propiamente tal, se trató a mi juicio de un ejercicio catártico y profundamente democrático para superar el estallido social que afectaba al país. 

Si a esa crisis sumamos el resultado de un plebiscito en el cual el 78% de los votantes pedía una nueva constitución, no es de extrañar que estuviera marcado por el maximalismo, por el deseo de que todos los sueños quedaran plasmados en la nueva constitución. 

Este sentimiento obnubiló la capacidad de asumir con realismo lo que era posible. Así ocurrió en todas las etapas del proceso. Este maximalismo, producto de años de frustración en amplios sectores de la ciudadanía, no logró ser aplacado por múltiples razones.

La presión social, la dificultad de un diálogo verdaderamente constructivo, la falta de liderazgo de los partidos de izquierda y de centro, la oposición férrea de una derecha arrinconada y la implacable distorsión comunicacional frente a las materias que se aprobaban. Hoy se pretende desprestigiar ese ejercicio democrático calificándolo como autoritario, incluso como iliberal. Esto está muy lejos de la verdad.

Ciertamente el texto contiene muchos excesos, pero es categórico para fortalecer la democracia, reforzar los contrapesos entre los poderes del Estado y aumentar su fiscalización. Sin duda, todos los convencionales tenemos serias autocríticas, pero suponer que un par de constituyentes pudo cambiar el rumbo es simplemente no asumir la realidad de ese momento. Cuatro años después enfrentamos propuestas constitucionales que efectivamente buscan aumentar el autoritarismo y suspender derechos fundamentales.


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La nueva entidad busca proyectar a largo plazo la histórica relación de la compañía con los territorios donde está presente, con foco inicial en educación y emprendimiento, energía comunitaria, acompañamiento y respuesta ante emergencias; y efectiva evaluación socio ambiental de proyectos propios o de terceros. Uno de sus primeros programas de educación, Luces, ya se encuentra en etapa piloto en la Región del Biobío.

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En conversación con EL DÍNAMO, el autor de ¿Por qué gana la derecha radical populista? explica qué distingue a este fenómeno de la derecha conservadora tradicional y de los regímenes autocráticos de izquierda, evalúa si el proyecto de reforma constitucional en seguridad del Gobierno de José Antonio Kast constituye o no un signo de iliberalismo, y analiza la polarización política que dejaron los procesos constituyentes en Chile.

Daniel Lillo