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Milei y Kast: El energúmeno y el monje

Lo que Milei improvisa a los gritos, en Kast es doctrina de toda una vida. Uno inventa un enemigo por semana; el otro tiene el mismo, sin variaciones, desde la infancia. Milei es el fuego que ilumina y se apaga. Kast es la brasa que no se ve, pero dura.

En pocas horas, en una visita que tuvo más de recital que de encuentro, Javier Milei logró incomodar a todos. Empezando por su anfitrión. Días antes, el jefe de la Fuerza Aérea argentina había declarado que el Estrecho de Magallanes era zona de soberanía trasandina —una frase sin respaldo en ningún tratado vigente, y sin motivo aparente para pronunciarla esa semana precisamente. Kast no le compró el pleito: se limitó a viajar a la región, izar la bandera y hablar de soberanía sin nombrar a Milei ni una sola vez. Para cuando Milei aterrizó en Santiago, el incidente ya estaba desactivado, pero el gesto quedaba: uno improvisa un conflicto de la nada; el otro lo resuelve sin necesidad de mencionar a quien lo provocó.

Milei sabe cuál es su talón de Aquiles. Es, quizás, lo único que me resultaba respetable en él: una total falta de nacionalismo. Esto, en el país de Perón y las barras bravas, se siente como una falla de origen. Por eso no puede renunciar a ningún diferendo, y menos si es puramente simbólico. Este es su mundo, los símbolos. Nadie sabe usarlos como él. Aunque su performance en el Foro Madrid solo dejó ver el desgaste de la fórmula.

Ahí leyó uno de esos discursos que deletrea con voz monocorde. Fue resumiendo su versión de la historia reciente de Chile. Conviene escucharlo con atención, porque esa versión la comparte con el presidente que lo recibía, solo que este tiene la virtud —rara en él— de no expresarla con la misma claridad sin matices.

Para Milei, el comunista Allende (que era socialista) fue derrocado. La palabra dictadura no aparece. Le atribuye a Chile cuarenta años de prosperidad, interrumpida por un estallido social que, con la excusa de la desigualdad, intentó destruir el país. Inútil recordarle que entre el derrocamiento de Allende y esos cuarenta años de prosperidad —debidos casi por completo a gobiernos de centroizquierda— Chile vivió una de las peores crisis de su historia. Ese dato no le interesa. Para un hombre que hace de la economía una teología, la economía real no existe. Chile era, en 2019, un país próspero y feliz al que unos universitarios del primer mundo volvieron loco, hasta quemar el centro de sus ciudades.

Ahí está ya, en miniatura, la diferencia que importa. Lo que Milei improvisa a los gritos, en Kast es doctrina de toda una vida. Uno inventa un enemigo por semana; el otro tiene el mismo, sin variaciones, desde la infancia. Milei es el fuego que ilumina y se apaga. Kast es la brasa que no se ve, pero dura.

Se trata, para Milei y para buena parte del Foro Madrid, de erradicar de la cabeza de la gente la idea de justicia social: de origen cristiano, dicen, y destino marxista. No niegan que la injusticia exista. La ven como motor de la prosperidad. La injusticia sería justa porque está en la naturaleza del hombre. Kast, buen católico, no puede dejar de creer que los últimos serán los primeros, y que la justicia existe. Pero le extirpa la palabra social: le recuerda que es en el reino de los cielos, y no en la tierra, donde esa justicia será plena. Ahí entran, en su lugar, la expiación, la caridad, el sacrificio, la culpa. La incomodidad, cada vez más, no es solo ideológica: es personal.

Kast es, ante todo, un hombre bien educado. Milei se pasó, hace apenas una semana, ocho horas insultando periodistas, políticos, amigos y enemigos. No es una anécdota ni el efecto de una mala medicación: según el informe El insulto de Estado, de La Nación y Chequeado, Milei lanzó 4.149 insultos en su primer año de gobierno, 611 de ellos con metáforas de contenido sexual. Ahí están, en su propia voz: “la tienen adentro”, dijo al celebrar un acuerdo con el FMI. “Mandriles”, llama a periodistas y sindicalistas. “Les dejamos el totó así”, resumió alguna vez su relación con la oposición. El escritor Martín Kohan lo puso en una frase: el país debe presenciar, dos o tres veces por semana, la fantasía de violación sexual del presidente.

Que Milei no está bien de la cabeza es algo que él nunca ha escondido. Tampoco lo está del todo el nuevo presidente de Colombia, Abelardo De la Espriella, ni el de El Salvador, ni el que alguna vez fue presidente de Brasil. La acumulación de casos clínicos obliga a pensar que la locura, fingida o no, está en el corazón del Foro Madrid. Trump, que a todos los reúne, cierra el círculo. Su yo avasallador no es un problema personal: es el centro de una ideología que, de tanto negar que lo personal es político, termina creyendo que todo lo político es personal. Personal porque no es “social” —esa palabra que tanto detestan—, porque la sociedad, como enseñó Thatcher, no existe.

Si la lucha de clases no existe, como declara Milei a quien quiera oírlo, ahí la diferencia con Kast no es de carácter, sino de esencia.

Milei llegó a la presidencia porque Argentina se reconoció en sus ojos alucinados y en su pelo indomesticable. Llegó porque él no era normal, y el país tampoco vivía en la normalidad. Su problema hoy es justo ese: se ha vuelto normal en un país que él mismo normalizó. Pudo ser opositor siendo gobierno porque se oponía a la realidad misma. Convertido en la realidad, ya solo le queda redoblar el ataque hasta perder toda proporción.

¿Qué hace Kast en este grupo de papagayos alucinados? Tan casado como Milei es soltero. Tan padre de familia como Milei no tiene hijos. Tan comedido como Milei es demencial. Y sin embargo comparten las mismas ideas sobre economía, sociedad y democracia. En Kast, esas ideas vienen de la infancia. Han atravesado la dictadura, la democracia y su prosperidad, el estallido y la pandemia sin cambiar. Piensa igual el miércoles que el lunes, pase lo que pase el martes.

Eso lo salva de ser uno más del Foro Madrid, y a la vez lo vuelve el más irreductible: pensaba así antes que todos ellos, cuando el liberalismo hacía crecer al mundo en paz. Milei llegó a esa fe cuando quebró la Argentina; Kast, cuando Chile casi no tenía inflación. Milei es el sacerdote alucinado de la nueva religión; Kast, su monje inmutable.

En el Foro Madrid, Milei siguió siendo la estrella, condenada a apagarse. Kast, que hace gala de su falta de brillo, tiene un destino más modesto y más seguro. Su aprobación cayó esta semana a 34%, su nivel más bajo desde que asumió en marzo, con 61% de desaprobación. Puede que ese piso siga bajando. Pero todo indica que lo que le quede será fiel y duradero. La batalla cultural puede que la pierda; de todos los soldados del Foro Madrid, es el único que parece de verdad preparado para la guerra.

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