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Hace más de una década, los astrónomos Pieter van Dokkum y Roberto Abraham hicieron una apuesta entre cervezas. En palabras simples, el primero aseguraba al segundo que cientos teleobjetivos Canon serían capaces de observar los objetos más tenues de la galaxia, aunque estos estuvieran cerca de otros más brillantes.

Abraham perdió y al cabo de un tiempo, ambos se embarcaron en la hazaña de documentar el tenue brillo de galaxias débiles, primero con un teleobjetivo, luego con diez y finalmente con 48, todos financiados con fondos de las universidades de Toronto y Yale, y aportes de una agencia federal canadiense. El proyecto recibió el nombre de Dragonfly (libélula) por las decenas de lentes que emulaban los ojos compuestos de este insecto y la intrigante capacidad antirreflectante de sus alas.

Pero pronto, el proyecto se empezó a quedar corto para los ambiciosos objetivos de Abraham y van Dokkum: tomar la primera fotografía de la gigantesca red cósmica del universo. De esa ambición, y tras el financiamiento del multimillonario ruso-británico Alex Gerko, nació MOTHRA, que eleva la apuesta a más de mil lentes Canon.

Hoy, entre las montañas del valle de Río Hurtado, en la Región de Coquimbo, el telescopio MOTHRA eleva sus cientos de ojos a un cielo excepcional en el mundo, con 320 noches despejadas por año. Pretende desentrañar los secretos de la red cósmica, una especie de columna vertebral del universo, tan tenue y difusa que la humanidad apenas ha podido observarla y cartografiarla.

“Es un país realmente maravilloso, lleno de personas increíblemente talentosas. Tienen suerte de vivir allí, y el resto del mundo tiene suerte de que compartan con nosotros sus cielos espectaculares“, confiesa en diálogo con EL DÍNAMO el astrónomo canadiense Roberto Abraham.

Una polilla en el sur del desierto de Atacama

MOTHRA, acrónimo en inglés de matriz robótica hiperespectral de teleobjetivos ópticos, comparte cielo al sur del desierto de Atacama con otros célebres observatorios como Cerro Tololo, Gemini Sur y Vera C. Rubin. A diferencia de ellos, que utilizan grandes espejos para otear el cielo nocturno, MOTHRA se servirá de 1.140 teleobjetivos Canon cuando esté totalmente construido en diciembre de 2026.

Sus grupos de 38 lentes están distribuidos en 30 monturas que, a su vez, se ubican en dos edificios distintos. Casi como los ojos compuestos que tenía su antecesor Dragonfly, pero a una escala superior. En este caso, una polilla pues MOTHRA es también el nombre del monstruo japonés que se asemeja a una polilla de seda y que sigue en orden de popularidad a Godzilla.

El diseño permite reconstruir las imágenes que obtienen los lentes sin que haya interferencia de los satélites en la órbita terrestre baja, un problema que suele complicar a los telescopios tradicionales. “Los telescopios grandes tienen campos de visión limitados, y los «trucos» que se utilizan para sortear esta limitación —por ejemplo, emplear muchos sensores— reducen la capacidad de observar objetos muy grandes. Por eso, para obtener imágenes de objetos muy grandes y muy tenues en la luz brillante del hidrógeno alfa, un telescopio como MOTHRA es mucho más potente que un único telescopio grande”, explican a este medio los astrónomos encargados del proyecto.

“Es un realmente un instrumento muy especializado: hace unas pocas cosas excepcionalmente bien, pero no está diseñado para hacerlo todo. Por ejemplo, tiene una resolución bastante limitada —no es bueno para observar objetos muy pequeños— y sus filtros especiales están diseñados para funcionar mejor en el estudio de galaxias relativamente cercanas”, añade.

Detrás del Monte Everest de la astronomía

Además de capturar por primera vez la estructura invisible del universo, MOTHRA buscará los tenues filamentos de gas provenientes del Big Bang. Todo, llevará de manera inevitable a uno de los grandes misterios de la cosmología moderna: la materia oscura. “Se cree que este tipo de estructuras son buenos indicadores de la materia oscura”, explican los astrónomos.

La NASA define a la materia oscura como el pegamento que une al universo y los astrónomos de MOTHRA complementan que también constituye el motor del cosmos. Nunca ha sido observada. Este telescopio tampoco lo hará, pero pretende rastrearla.

¿De dónde surgió este interés por la red cósmica? Abraham y van Dokkum responden: “Es la estructura más grande del universo, así que es una especie de Monte Everest de la astronomía: uno siempre se siente atraído por los fenómenos más extremos. Pero su existencia también constituye una prueba fundamental para los modelos que explican cómo se forman las galaxias. Esperamos poder poner esos modelos a prueba mediante estas observaciones”.

Pese a que está MOTHRA está cada vez cerca de culminar el plazo de dos años que se fijó para su construcción —un periodo sin precedentes para un telescopio de estas capacidades— sus pruebas de calibración ya han arrojado resultados alentadores. “¡Es increíblemente prometedor! Hasta ahora, el instrumento está superando todas nuestras expectativas —que ya eran bastante ambiciosas—”, relatan van Dokkum y Abraham.

Y es que solo 172 lentes del telescopio detectaron por primera vez tenues bandas de restos estelares de una nebulosa conocida como el “Ojo de Dios”, el ejemplo más cercano del sorprendente del final del ciclo de vida de una estrella. Se cree que el tipo de imágenes que obtuvo el telescopio serña útil para estudiar todo tipo de fenómenos más allá de nuestra galaxia, según dijo un representante del Instituto Tecnológico de Rochester a The New York Times.

Una vez terminada la construcción del telescopio en diciembre, solo será cosa de tiempo mapear la red cósmica. “Realizaremos un sondeo de galaxias cuyo objetivo será observar directamente el medio circungaláctico —las «atmósferas galácticas»— que rodea a un conjunto de galaxias cercanas. Y, en última instancia, reuniremos los datos necesarios para intentar obtener imágenes de la red cósmica“, adelantaron las mentes detrás de MOTHRA.


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