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Pedro Mujica, autor: “Falta tiempo para calificar cuán iliberal puede ser o no el Gobierno de Kast”

En conversación con EL DÍNAMO, el autor de ¿Por qué gana la derecha radical populista? explica qué distingue a este fenómeno de la derecha conservadora tradicional y de los regímenes autocráticos de izquierda, evalúa si el proyecto de reforma constitucional en seguridad del Gobierno de José Antonio Kast constituye o no un signo de iliberalismo, y analiza la polarización política que dejaron los procesos constituyentes en Chile.

¿Por qué escribir del auge de la derecha radical cuando los regímenes autocráticos presentes en la región operan bajo las banderas de la izquierda? Pedro Mujica contesta esa pregunta en las primeras páginas de su libro ¿Por qué gana la derecha radical populista?, publicado recientemente por Ediciones de la Universidad Alberto Hurtado. Para el autor, regímenes como los de Cuba, Venezuela o Nicaragua son autocracias ya asentadas, con una trayectoria y un método conocidos desde hace décadas. Lo que él denomina “derecha radical populista” —no “ultra”, ni “extrema”— es, en cambio, un fenómeno reciente que todavía cuesta descifrar, y que en Chile Mujica examina a la luz del primer semestre de Gobierno de José Antonio Kast. 

Todo, mientras se desarrolla el Foro Madrid en Santiago, evento en que, a ojos de Mujica, “se está construyendo una nueva identidad transnacional” de esta derecha.

¿Se podría calificar al Foro de Madrid como un espacio cuya identidad medular es la derecha radical populista?

—Sí, definitivamente. Tanto Vox como Milei, que son figuras importantes, Abascal —el padre fundador de Vox— o el presidente Kast, cuando no era presidente y era candidato, todos responden más o menos a lo que se puede denominar derecha radical, derecha radical populista.

—¿Qué diferencia hay entonces entre hablar de ultraderecha, extrema derecha, derecha conservadora o derecha radical?

—Históricamente, “derecha” designaba a los partidos asociados al conservadurismo y al liberalismo económico. Pero cuando hablamos de derecha radical hablamos de algo distinto: líderes que, una vez en el poder, empiezan a erosionar el Estado de Derecho. La separación entre el poder legislativo, el judicial y el ejecutivo comienza a degradarse, también los derechos de las minorías y el pluralismo. Ese retroceso democrático es lo que hoy la academia identifica bajo el término de “iliberalismo”.

—¿Y el componente populista?

—Es la apelación a dividir la sociedad en dos grupos: los enemigos, por un lado, y el grupo virtuoso que viene a salvar al país, por otro. Esa división suele estar liderada por personas carismáticas —pienso en Orbán, en Trump, en Milei, en Bolsonaro— que buscan identificarse con el ciudadano cansado de la política tradicional.

—Usted plantea que el caso paradigmático de esa erosión de contrapesos es Trump. ¿Dónde se ubica Milei en esa comparación?

—El caso de Trump es clarísimo: la cantidad de decretos que ha firmado le restan facultades al poder judicial y al legislativo. El de Milei es un caso más matizado, un proceso que todavía estamos observando. Contó con una mayoría parlamentaria coyuntural para hacer cambios fundamentales, pero su base ha estado más bien en desmantelar el Estado, reducir su tamaño, y en la batalla cultural, que es el otro elemento de su gobierno.

—¿Y Kast? ¿Se enmarca en esta derecha radical o más bien en una derecha conservadora?

—Hasta hace un mes, yo diría que como presidente lo podíamos enmarcar dentro de una derecha conservadora: dio patria y orden. Pero si uno revisa sus intervenciones como candidato, sí estaban claramente inscritas en el discurso de la derecha radical. Y no hay que olvidar que su partido se escinde de la derecha tradicional, el mismo proceso que vivió Vox respecto de la derecha tradicional española. 

—Dijo que en los primeros meses… ¿Y ahora?

—En los primeros meses de Gobierno no vimos signos de iliberalismo. Sin embargo, el proyecto de reforma constitucional que el Ejecutivo envió al Congreso busca concentrar y darle poder excepcional al Presidente de la República. Es la creación de un nuevo estado de excepción constitucional sin precedentes en el país, por un tiempo muy largo y sin necesidad de aprobación del Congreso, que permite restringir libertades y derechos esenciales, con causales muy vagas para decretarlo. Y el Presidente lo ratificó: el proyecto no se retiró, se confirmó la idea de seguir adelante. Ahí hay un acto que claramente podríamos encuadrar dentro del concepto de iliberalismo propio de la derecha radical.

—El proyecto, sin embargo, terminó siendo entregado al Congreso para su tramitación y modificación, algo propio de la democracia liberal.

—La pregunta es hasta dónde puede llegar el Ejecutivo para lograr el objetivo de orden y seguridad trazado al comienzo. En un estado de excepción como el propuesto, es el propio Ejecutivo el que decide quién pertenece a una organización criminal o terrorista, arrestándole funciones que son propias del Poder Judicial. Se habilita detener a una persona sin orden judicial, intervenir comunicaciones privadas sin orden judicial, restringir el derecho de asociación y de reunión. Son hechos de la mayor trascendencia.

—El propio Presidente ha respondido a estas críticas preguntando quién podría llamarlo iliberal a él. ¿Usted cree que tiene una convicción democrática de fondo?

—Ahí también hay que ser objetivos: estamos en septiembre de 2026, el Presidente asumió en marzo. Falta tiempo para poder calificar cuán iliberal puede ser o no el gobierno de Kast. Tampoco hay que exagerar. Lo que llama la atención, hasta ahora, es este proyecto.

—Muchos de los comportamientos que se asimilan a esta derecha radical los podemos encontrar en Cuba, Venezuela o Nicaragua, regímenes ya asentados. ¿Por qué prestar atención a la derecha radical?

—Son procesos que se inscriben en un momento histórico completamente distinto: la Revolución Cubana, o el caso venezolano, que pasó a ser una dictadura y, a mi juicio, lo sigue siendo. Por supuesto que también son regímenes que no están sustentados sobre las bases del liberalismo democrático. Pero hablamos de regímenes autocratizados desde hace ya bastante tiempo, algo completamente distinto a esta nueva oleada que hoy gana terreno en Europa y en el resto del continente. Son fenómenos distintos.

—¿El fenómeno de esta derecha que describe está en una etapa de mayor proliferación de los regímenes de izquierda?

—Efectivamente, porque el tema es qué es lo que hoy está siendo mayoritario y proliferando mucho más a través del mundo. Y eso es lo preocupante, de la mano además de este internacionalismo que sustenta las bases de esta nueva oleada de derecha radical.

—Usted, en el libro, plantea que este auge responde a un nuevo clivaje cultural. ¿En qué consiste?

—Cada uno de nosotros, en este individualismo exagerado, va creando su propia ideología y busca el reconocimiento de su identidad por parte del resto de la sociedad y del Estado. De ahí surge un polo que yo llamo individualismo expresivo, orientado al reconocimiento de nuevas identidades y a la expansión de derechos. Frente a él hay otro polo, el individualismo defensivo, centrado en el orden y la seguridad. Y es este segundo polo el que logra convertirse en mayoría electoral. En Chile esa división ya la percibimos con los dos procesos constitucionales que fracasaron.

—¿Y de ahí surgen los liderazgos populistas?

—Ese proceso de pérdida de lo colectivo no solo afecta a los ciudadanos: también a los partidos políticos, cuyos integrantes piensan cada vez más en su propia carrera y se desanclan de sus bases. En ese escenario surge el liderazgo populista que ofrece saltarse la intermediación de los partidos, apelando contra lo que llama la “casta política” corrupta que no ha resuelto los problemas reales de la gente.

—Además del individualismo y el debilitamiento de los partidos, usted identifica un tercer factor: la polarización. ¿Qué rol juega ese factor en este engranaje?

—Una característica típica del populismo es exagerar la división entre amigos y enemigos, estirar la cuerda para potenciarla. En Chile esa división se viene generando hace años. Hoy, cuando escuchamos el debate público, ya no hablamos de adversarios políticos, que es lo típico de todo sistema, sino de enemigos: se dice que toda la izquierda es comunista, se le achaca toda la corrupción a un sector. La última segunda vuelta presidencial, entre una candidata del Partido Comunista y Kast, del Partido Republicano, fue la demostración de una polarización exagerada, con el centro —ni siquiera un centro tradicional— completamente anulado.

—Pese a esa polarización, en las últimas dos elecciones los candidatos moderaron su discurso al llegar a la segunda vuelta o a la propia Presidencia. ¿Cómo explica ese fenómeno?

—Es notorio en el caso chileno. Boric es un buen ejemplo: fue muy distinto como diputado, como candidato, y también ha sido distinto en estos meses como presidente. Para trascender el primer gobierno, un líder necesita ampliar su base de apoyo más allá del núcleo duro que lo eligió, y ese ejercicio empuja a la moderación.

—¿Qué pasa con la derecha tradicional?

—Los gobiernos de derecha tradicional de los últimos años, tanto en Chile como en el continente, dejaron una percepción ciudadana negativa —igual que los de izquierda tradicional— por no haber puesto límite a lo que en el libro llamo los factores coyunturales del ascenso de la derecha radical: la inmigración, la delincuencia, el crimen organizado, el terrorismo y la falta de crecimiento económico. Ese vacío es el que ocupa la promesa de un candidato que ofrece ir mucho más allá de lo que el sistema institucional ha logrado hasta ahora. Es una elección muy simple: entre el orden y el caos. Y hay además una relación afectiva importante: el líder promete que, si se le elige, va a lograr ese nuevo orden social y político de manera rápida y eficiente.

—En Chile, ese espacio no lo ocupa solo el Partido Republicano: también aparecen el Partido Nacional Libertario y el Partido de la Gente. ¿Hacia dónde se mueve esa derecha que hoy gana más elecciones?

—Ahí está la promesa de un nuevo orden social y político que satisfaga demandas desatendidas: orden, seguridad, ciertos valores tradicionales. El punto es dónde quedan los derechos de las minorías. El camino que ha seguido Chile —como el resto de las democracias occidentales— de ir reconociendo nuevas identidades y nuevos derechos, ya sea en la agenda feminista, en los temas de la comunidad LGTBIQ+ o de los pueblos indígenas, ha costado décadas y ha sido difícil. La pregunta hoy es si vamos a ver un retroceso en esa materia. Ese es el peligro que representa un régimen iliberal de derecha radical populista: junto al desgaste de las bases del liberalismo democrático, viene de la mano una agenda antiinmigración y una restricción de derechos fundamentales en nombre de la seguridad.

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