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El sagrado oficio de cuidar los zapatos

Félix Ruiz es abogado. En 2021, en plena pandemia, trajo a Chile junto a sus socios —Manuel y Tomás Rogers— los fenomenales productos franceses para calzado Saphir y, casi sin quererlo, terminó abriendo Taller Sartorial, un lugar de restauración y reparación de zapatos en Vitacura. En esta conversación hablamos del oficio, de las escuelas inglesa, italiana y española de zapatería, de las grandes marcas y de qué tipo de zapato corresponde para cada ocasión.

Al entrar en el Taller Sartorial, ubicado al final de un pequeño pasaje en Alonso de Córdova, al lado de la famosa sastrería Ugarte, cerquita de La Clé y a solo pasos de Nueva Costanera, lo primero que se siente es el olor a pegamento, tinturas y cuero que caracterizan a todos los talleres de zapatos. Sin embargo, esta no es cualquier zapatería, ya que aquí se comercializan ceras, betunes y otros productos de la marca francesa Sephir, considerada entre las mejores del mundo y que permiten que, en el continente que sea, los viejos zapatos vuelvan a adquirir el brillo y el vigor que tenían en su primera postura.

Creado por el abogado Féliz Ruiz y los hermanos Tomás y Manuel Rogers —ambos ingenieros— en 2021, la idea en un principio fue tener un negocio que vendiese productos exclusivos para hombres, que fuese desde el cuidado de zapatos hasta cremas de afeitar. La intención inicial no prosperó, ya que tras conseguir la licencia de Sephir, con un gran éxito, se dedicaron solo a vender su gama de productos desde una oficina en calle Málaga, en Las Condes, y al promoverlos por redes sociales. Rápidamente fueron captando la atención de una clientela ávida por mantener sus zapatos bien lustrados.

El gusto de Félix Ruíz comenzó de la misma forma. Le encantaba lustrar sus zapatos o que se los lustraran en el centro, en donde trabajaba en una oficina de abogados. Ahí pagaba 1.000 pesos por el trabajo, pero por lo general no quedaba satisfecho con el resultado. De ahí que comenzara a ver videos en YouTube sobre cómo lustrar. “En esos videos aparecían productos, que son los mismos que vendemos nosotros, que me volaron la cabeza. Empecé a aprender de a poquito…”.

Aunque no querían armar un taller, porque es un servicio complejo que obligaba a tener maestros y maquinaria, en un momento llegó un cliente que tenía muchos zapatos y quería que se los arreglaran.

“Entró con dos bolsas llenas. Nos preguntó si los arreglábamos, a lo que yo le dije no, pero que podíamos ofrecerle los productos para que él lo hiciese en su casa. Él me dijo que le daba lata y como justo en ese momento se nos habían acabado nuestros propios zapatos para hacer contenido en internet, le dijimos ok, pero te vamos a cobrar bien caro, porque nuestra idea no era incentivar a que la gente nos dejara sus zapatos. Dejó 30 pares… y al día siguiente trajo 40 más. Ahí empezamos a pensar que había una posibilidad”.

—¿Ofrecer un servicio de taller de zapatería?
“Claro, pero solo la parte de la capellada, del cuero propiamente tal, que es un proceso más que nada químico: limpiar, repigmentar, lustrar. También tuvimos que tener claro que algunos zapatos se pueden restaurar y otros no; algunos iban a quedar mejor y otros no tanto. Empezamos a aprender a manejar las expectativas de los clientes”.

Entremedio, en noviembre de 2022, Félix viajó a Europa a visitar a sus proveedores, partiendo en España con Tarrago y luego a Francia a ver a Saphir. Estando allá se dio cuenta que en el mundo se vende mucha pasta de zapatos y productos para cuidar el cuero y el calzado. “El tema era muy, pero muy variado y sofisticado, mucho más de lo que uno se imagina. Aprovechando la instancia, fui a visitar a un amigo en Madrid, y ahí conocí una de las tiendas de reparación más conocidas de la ciudad, de la familia Sánchez, que tiene tres locales. Tras ver eso llamé a Tomás desde afuera de la tienda y le dije: ¿Sabes qué? Creo que acá hay algo. Quizás deberíamos ir también por la reparación y tenerlo todo de una manera más holística: el producto y los servicios para el calzado”.

—En un mundo donde todo se ha vuelto tan desechable, reaparece el valor de arreglar y recuperar las cosas que son valiosas.
“He visto acá en la tienda zapatos de 70 años de antigüedad. Vino el nieto con los zapatos del abuelo que había fallecido y los arreglamos. Obviamente un zapato de 70 años no va a durar 100 años más, pero creo que se le puede sacar otros cinco. Yo he visto videos de restauración de zapatos que tienen 200 años”.

—¿Quiénes son los clientes que vienen?
“El perfil varía entre quienes quieren los productos y quienes quieren los servicios de reparación. En general, los que compran productos tienen el hobby de lustrar o restaurar sus propios zapatos. Esas personas no necesitan nuestros servicios: lo hacen en casa —a veces se equivocan, a veces lo hacen bien— pero les entretiene todo el tema, se transforma en un rito de los domingos. Dentro de esas mismas personas, algunas compran los productos no solo por el hobby, sino porque no quieren comprarse más zapatos. Los productos son una solución bastante más simple para mantener bien el calzado. Si los vas manteniendo en el tiempo, no tienes que comprarte más zapatos. También hay personas que nos mandan zapatos que les traen recuerdos, y los quieren cuidar o reparar. Les tienen cierto aprecio y no se quieren deshacer de ellos. Y bueno, también está al que se le hizo un hoyo en la suela…jaja”.

—¿Hay un trabajo que haya sido especialmente emotivo?
“El servicio más emotivo que he hecho yo —no sé si el más emotivo que nos ha llegado— fue el de un caballero que nos trajo unos zapatos de una marca argentina. Los había comprado en Buenos Aires en un viaje familiar: su papá lo llevó a él y a todos sus hermanos a Buenos Aires en auto y les compró un par de zapatos a cada uno hace ya bastantes años. Esos zapatos estaban bien a mal traer, porque también los usaba para trabajar en el jardín. Los recuperé —de hecho, hice un video con ellos—, quedaron espectaculares y a él le encantaron. Fue bien emotivo, porque se los había regalado su papá hace muchos años, y todos los hermanos tenían un par”.

Una historia en sí misma

Los seres humanos han usado algún tipo de calzado desde que se aprendió a curtir el cuero, hace más de 10 mil años. Entonces el hacer zapatos era un trabajo artesanal, algo que cambió con la Revolución Industrial, momento en el que se crearon máquinas para coser la suela del zapato, naciendo el cosido Blake y el cosido Goodyear. Esa industrialización generó más oferta de zapatos e incluso hizo más fácil repararlos. Uno de los epicentros de la zapatería mundial fue la ciudad de Northampton, en Inglaterra, la que concentró a la industria británica. De ahí surgirían otros centros productores de zapatos como han sido el norte de Italia y más recientemente la isla de Mallorca en España.

“Durante una época muchos mallorquines fueron a Inglaterra a aprender zapatería y a trabajar en eso. Luego volvieron a Mallorca con todo ese conocimiento y empezaron a crear fábricas de calzado. Eso explica que hoy, siendo una isla con una cantidad relativamente baja de habitantes, tenga una concentración tan grande de fábricas de calzado como Lottusse, Carmina, Camper, Pretty Ballerinas. De hecho, Mallorca tiene la mayor concentración de reparadores de calzado de España”.

—¿Qué diferencia hay entre el zapato inglés, el italiano y el español?
“Hay muchísimas diferencias, pero las principales tienen que ver con algo contextual y cultural. En Inglaterra llueve mucho, por lo tanto, la suela suele ser más gruesa y el zapato un poco más pesado. También es común que las suelas sean de caucho, más impermeables. Los zapatos suelen ser cosidos Goodyear, porque el corcho que va entremedio aísla y hace el zapato más impermeable. Por ende, el zapato inglés es más pesado y la suela suele ser más gruesa, de excelente calidad. En cambio, en Italia, como hace mucho más calor, los zapatos no son Goodyear: suelen ser Blake. La suela es mucho más delgada, porque no quieres calor en el pie. Y por un tema cultural, los italianos son mucho más atrevidos en los diseños y en los colores. Sus zapatos son más ligeros, más flexibles, más bajos, y el diseño es mucho más expresivo. España está entremedio. Lo genial de España es que, en precio-calidad, yo diría que tiene el mejor calzado del mundo. El zapato inglés tiene muchas marcas fenomenales, pero que pasan del millón de pesos. Lo mismo los italianos. Los españoles, en cambio, son más alcanzables”.

—Ustedes mismos traen una marca de Galicia cuyos zapatos luego tiñen acá, creando verdaderas mini piezas de arte. ¿Qué caracteriza ese calzado y ese proceso de teñido?
“Es personalizable. Vienen en blanco y nuestro trabajo tiene que ver con los colores, con la individualidad. Es único, porque no se puede lograr el mismo teñido dos veces. Puedes lograr cosas más expresivas. Eso lo hace especial: diferenciarse del típico café oscuro, coñac o negro. En el resto del mundo esto está mucho más masificado. Es muy normal en Europa, particularmente en Italia. En Asia está creciendo harto, y en Estados Unidos también. Hay competencias de pátina (el color del zapato) en Estados Unidos, en Londres, en Tokio”.

— Hablemos de marcas. En Inglaterra, por ejemplo, John Lobb, Crockett & Jones, Church’s son famosas ¿Qué diferencia a cada una?
“Esas tres marcas son espectaculares, de una calidad suprema. Muchas veces lo que las separa es, primero, el diseño y, segundo, la comodidad que cada una le da al usuario. Yo no tengo personalmente ninguna de esas tres marcas, pero he conocido a muchas personas para las que Crockett & Jones es mucho más cómodo que Church’s. Y John Lobb ya es un guante; excesivamente caro, pero un guante. En general, yo te diría que el cuero que ocupan Crockett & Jones y John Lobb es mejor que el de Church’s, sin que el de Church’s sea malo. Igual es rara la pregunta, porque tienes que pensar que es como comparar un Ferrari con un Maserati. Ahora, para mí, una de las mejores marcas de zapatos del mundo es Alden, de Estados Unidos. La encuentro genial, especialmente los modelos de cordovan, que es una membrana que está en la grupa del caballo, más resistente y más flexible que el cuero. Te da un zapato más duradero en el tiempo, de mucha mejor calidad, aunque obviamente es caro. Y restaurar un Alden es mucho más fácil que restaurar la gran mayoría de las otras marcas”.

La importancia del cuidado

Tanto Félix Ruiz como su socio, Tomás Rogers (ambos en la foto), saben muy bien cómo cuidar un buen par de zapatos. Por ende, Tommy se una a la conversación para compartir recomendaciones.

—Hablemos del cuidado. ¿Cuál es el error más común que ven en los zapatos que llegan al taller?
Tomás Rogers: “El error más común es esperar a que estén en pésimas condiciones para, recién, arreglarlos. El cuidado tiene que ser algo permanente, rutinario”.

—¿Y cuál es la rutina mínima que debería tener cualquier persona?
TR: “Al menos quitar el polvo, porque el polvo, al final, va dañando el zapato. Y lo otro es hidratar el cuero una vez al mes o máximo una vez cada dos meses”.

—¿Hay también un tema con la rotación? Imagino que hay gente que usa los mismos zapatos todos los días, y eso va sumando kilómetros.
TR: “Lo que recomendamos es tener al menos dos o tres pares e intercalarlos para darles respiro, para que la humedad alcance a salir. Y para darles mantenimiento. Al final eso hace que los zapatos duren mucho más que si usas uno solo hasta gastarlo por completo”.

—¿Cuáles son los productos esenciales que uno debería tener?
Félix Ruiz: “Cepillo, crema, crema de color y un humectante. La pasta, si es que no quieres brillo, no es tan necesaria. Y sumaría un paño”.

—¿Cuánto puede durar un zapato bien cuidado?
TR: “He conocido gente que tiene zapatos de 30 años y los sigue usando. Pero claro, hay que cambiar la suela, preocuparse de hidratar el cuero. Pueden durar mucho, siempre y cuando la persona se preocupe de cuidarlos”.

—¿Y cuántas veces se pueden resolar (reemplazar la suela desgastada por una nueva)?
TR: “Depende. Si uno cambia la vira (tira de cuero o goma que se pone en el contorno inferior del zapato, entre la suela y la parta superior, como refuerzo estructural), se pueden resolar infinitas veces. Usando la misma vira, yo diría que unas cinco o más. Pero no siempre es posible, porque al final lo hace una máquina, y la máquina puede equivocarse y hacer un hoyo nuevo en la costura. Y ahí sonamos”.
FR: “Eso en los zapatos Goodyear. Los cosidos Blake son más fáciles, porque la costura va por dentro”.

—Santiago tiene polvo, llueve fuerte y hay harto cambio de temperatura: en un mismo día pasamos de mañanas muy frescas a calor. ¿Qué le exige este clima al cuero?
FR: “Lo seca bastante. Y que un zapato se moje y después venga un día muy caluroso lo seca más. Hay que humectarlo un poco más seguido. Pero no es tan grave: el cuero es un material muy noble, muy resistente. Aunque esté muy dañado, muchas veces igual se puede recuperar”.
TR: “Yo diría que si se mojan los zapatos nunca hay que dejarlos al sol. Ojalá secarlos a la sombra, porque si no se van a secar de más”.

—¿Cuál es el producto estrella para humectar?
TR: Lo mejor es usar productos en base a componentes naturales, que no tengan silicona ni derivados del petróleo. Cualquier grasa animal es buena, y también los aceites vegetales, como el de jojoba. Ahora, hay algunos de mejor calidad que otros. Las grasas animales poco procesadas, como la grasa de caballo, oscurecen mucho el cuero: uno se la echa a un zapato y queda impermeabilizado, súper humectado, pero también más oscuro. Dependiendo del nivel de fineza que uno busque en la hidratación, puede elegir un producto u otro”.
FR: “Nuestro mejor producto es el Rénovateur de Saphir. Es el que siempre se agota”.
TR: “El Rénovateur es un producto complejo: tiene cera de abeja, lanolina y aceite de visón. Ahora cambiaron la fórmula y tiene aceite de melocotón”.

—¿Y la gamuza, el cordovan, el cuero pulido? ¿Qué cuidados específicos pide cada uno? La gamuza es súper delicada, según tengo entendido.
TR: “El cuero liso es el más fácil y el más intuitivo. Primero hay que remover el polvo, para evitar que erosione el cuero con la fricción al caminar, y luego hidratarlo con las cremas humectantes. Después viene la gamuza. En el fondo es el mismo cuero, pero son capas más internas de la piel. La piel del animal está compuesta por una parte externa, que es donde están los poros que uno ve, y a medida que uno va entrando aparece lo que se llama corium: esos pelitos que uno ve en la gamuza, fibras menos compactas, menos densas. En general se limpia con un limpiador suave; entre más suave, mejor, y si es especial para cuero, mejor todavía. Manteniéndola limpia debería durar mucho más. Y ojalá, cuando uno la limpia, secarla a la sombra, nunca al sol, porque si no se va a resecar y resquebrajar. Obviamente, también quitarle el polvo: eso es súper importante. En cuanto al cordovan, es importante no usar productos que tengan solventes, porque son capas compactas de fibra que, con un solvente, se van separando. Por eso las cremas para cordovan en general solo contienen cera, que uno tiene que ir apretando contra el material para que alcance su brillo natural”.

El chileno y sus zapatos

—¿Ven que el chileno se preocupa del cuidado de sus zapatos?
TR: “Yo diría que sí, la gente se preocupa, pero el problema es que no sabe. Puede usar un zapato pensando que es el correcto para la ocasión, cuando no lo es. El chileno tampoco se preocupa mucho de las reglas de vestir formales; por ejemplo, usar zapatos negros con un cinturón del mismo color y no con uno café”.

—El match entre cinturón, zapato y la correa del reloj…
TR: “O reconocer los distintos estilos y cuál es el indicado para cada ocasión. He visto mucha gente que llega a un matrimonio con zapatos negros, lo que está bien… pero mocasines, que son más informales”.

—Hay otras cosas que han ido cambiando; por ejemplo, para los ingleses el zapato café era más informal. Esas reglas ya no son tan categóricas.
Féliz Ruiz: “No sé si los ingleses consideraban tan informal el zapato café; más bien lo usaban en distintas situaciones. Para cierta reunión importante, lo usual es un oxford cap toe negro. Pero para un día normal de oficina, los ingleses tenían una gran variedad de calzado que se veía bastante formal sin ser negro ni oxford cap toe. Por ejemplo, los derby, o un oxford que no sea cap toe, como el brogue, o el que tiene la punta partida, el split toe. Todos esos zapatos se ven bastante bien para llegar a la oficina, y creo que los ingleses nunca tuvieron eso de que solo se podían usar oxford negros en la oficina”.
TR: “Pero ahí hay un tema de funcionalidad. El brogue, que tiene los agujeros, nació porque por esos agujeros podía salir el agua que entraba al zapato”.

—Porque se usaban para salir de cacería.
TR: “Son zapatos de campo. Y ahora la gente también los usa en la ciudad, así que la línea de para qué sirve cada zapato, o cuándo se puede usar, está más difuminada”.
FR: “Claro. Por ejemplo, en los matrimonios en España y en Italia, en climas mediterráneos, mucha gente va con mocasines”.

—Que nuevamente se han puesto de moda en las últimas temporadas.
FR: “En Chile siempre se usaron mucho los mocasines. Si te fijas en videos antiguos de Apoquindo en los años 90, muchas personas iban muy bien vestidas y la gran mayoría usaba mocasines con borla”.
TR: “El clásico chileno es el mocasín color burdeo. Mucha gente tiene ese tipo de mocasín”.

—¿Les llegan también zapatos hechos en Chile?
TR: “Mucho. Las marcas chilenas, antiguamente, cuando se fabricaban acá, eran de muy buena calidad. Los zapatos Guante estaban fabricados con las técnicas europeas que tienen hoy los zapatos de lujo en Europa: costura a la vira, cuero de buena calidad, estilo clásico. Pero lamentablemente, como la industria nacional se fue cerrando para importar, esos estilos ya no se ven. Ahora el zapato chileno es más informal”.

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Felipe Ramos


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Fue actor en el colegio, actualmente es músico de una banda de indie rock que este año lanzó su primer disco, fue alumno de Alejandro Aravena cuando Elemental todavía no existía y amigo de Nicanor Parra en Las Cruces. Lector de filosofía y poesía, melómano y siempre atento al arte contemporáneo, el espesor cultural marca su mirada. Este arquitecto, que por segunda vez encabeza la Subsecretaría del Patrimonio Cultural —primero con Sebastián Piñera y ahora con José Antonio Kast— se ha propuesto sacar el patrimonio local de la naftalina y de la trinchera. Para él no es una muralla contra el desarrollo, sino una herencia que llama a actuar: “Estamos obligados a operar sobre las cosas y a sumarles valor. Si no, se lo restamos”, afirma.

Rodrigo León