El temporal de lluvias extremas que afectó esta semana a la zona centro-norte de Chile es, según un análisis de investigadores del Anillo Nexos de la Universidad del Desarrollo, la expresión más reciente de un patrón de fondo: menos lluvia en promedio y mayor volatilidad entre temporadas, que dificultan cada vez más la planificación agrícola. Esa mayor incertidumbre eleva los costos que los productores deben asumir para cubrir el riesgo climático, y esos costos podrían terminar trasladándose al precio que paga el consumidor.
Diego Rivera, investigador principal de Nexos, estudia desde hace años los patrones de precipitación en Chile central con series de datos de más de 60 años. Su investigación documenta que el país no solo recibe menos lluvia en promedio, sino que esa lluvia se concentra cada vez más en eventos cortos e intensos, como el de los últimos días.
El temporal, alimentado por un sistema de ríos atmosféricos sucesivos y potenciado por El Niño y la fase 7 de la oscilación Madden-Julian, llegó tras un inicio de invierno mayoritariamente seco y con un déficit de nieve en la cordillera superior al 95%.
“El impacto en el precio de los alimentos debiese trasladarse a nivel de temporadas y no de semanas”, precisa Rivera, distinguiendo el efecto acumulado de la volatilidad climática de las fluctuaciones puntuales que genera cada temporal individual.
En el corto plazo, agrega, el precio de frutas y verduras responde más a brechas en la cadena de suministro, la diversificación geográfica de los cultivos y las decisiones comerciales de cada productor que al propio evento climático, factores que, según el especialista, terminan diluyendo cualquier relación directa entre un temporal puntual y el precio de la semana siguiente.
Entre esos factores de corto plazo, Rivera menciona en primer lugar las disrupciones en la cadena de suministro: cortes de camino, fallas de infraestructura o problemas de logística que pueden encarecer un producto sin que haya habido pérdida real de cosecha. El segundo factor es la propia lógica de oferta y demanda entre productores. Si la producción de un cultivo está concentrada geográficamente y todos los proveedores sufren el mismo daño al mismo tiempo, hay escasez real y el precio sube; si está diversificada, el mercado simplemente busca la oferta que no fue afectada.
“Si todos los productores de lechuga tuvieran el mismo problema, vamos a tener un problema de escasez; pero si la producción está diversificada, el mercado va a buscar las lechugas más baratas”, señala Rivera, quien recordó que hace algunos años lo ocurrido con el mercado de la papa, que tras un año de buenos precios, a la temporada siguiente tuvo un exceso de oferta y se provocó una caída generalizada del costo para los consumidores.
La acumulación que sí pesa
Lo que distingue el argumento del Dr. Diego Rivera es que ninguno de esos factores de corto plazo explicaría, por sí solo, un alza sostenida de precios en los próximos años. Esa alza, sostiene, se explica por algo distinto: el reajuste que cada agricultor debe hacer, temporada tras temporada, frente a un régimen de lluvias cada vez más volátil.
Cada año de lluvias atípicas obliga a reajustar cuánto fertilizante usar, cuánta energía destinar al riego, cuánta mano de obra contratar para una cosecha que puede adelantarse o atrasarse.
“Las desviaciones que van ocurriendo por efecto de estos cambios dentro del patrón interanual de precipitaciones van a tener un efecto en los costos de producción”, explica el investigador del Anillo Nexos.
Cuando esos reajustes se repiten temporada tras temporada, ese costo adicional no desaparece: “Cada uno de los productores va a tener que aumentar sus costos de producción al final del día, y la decisión de cómo se traspasan esos costos está determinada por la condición de oferta y demanda, y también por cómo se quiere mantener en el negocio el producto”.
Parte de esa exposición al riesgo de mediano plazo tiene su origen en una decisión productiva tomada años antes de cualquier temporal. En la última década, buena parte de la agricultura chilena migró desde cultivos anuales hacia frutales y viñas, rubros más rentables pero también más dependientes del agua disponible.
“Frente a un temporal como este, o frente a estos eventos climáticos extremos, esa decisión nos deja en una posición más expuesta. La clave dentro de la producción de alimentos tiene que ver con la disponibilidad de agua, y nosotros dependemos de las lluvias invernales en la zona central de Chile, que es donde está la mayor parte de la producción agrícola”, señala Rivera. Los cultivos anuales pueden adelantar o atrasar su siembra frente a un exceso de agua; los frutales y viñas dependen de sistemas de drenaje para mantener condiciones estables durante toda la temporada, y cuando ese drenaje falla, el costo no se aplaza: se pierde.