Secciones
Cultura

Bonaventure Soh Bejeng Ndikung: “Cada ser humano tiene un sol que brilla desde adentro”

El filósofo y curador camerunés, director del Haus der Kulturen der Welt de Berlín y curador jefe de la 36ª Bienal de São Paulo, conversó sobre “No todo viajero recorre caminos – De la humanidad como práctica”, la muestra itinerante de la Bienal que se exhibe en el Centro Cultural La Moneda entre el 3 de julio y el 4 de octubre, con entrada gratuita.

En sus más de setenta años de vida, la Bienal de São Paulo se ha consolidado como uno de los principales encuentros internacionales en torno a la cultura visual contemporánea, teniendo un papel central en la visibilización de artistas latinoamericanos en escenarios globales. Su 36.ª edición, celebrada en el Pabellón Ciccillo Matarazzo entre el 6 de septiembre de 2025 y el 11 de enero de 2026, fue la más grande de su historia, y tuvo la curaduría general de Bonaventure Soh Bejeng Ndikung, filósofo camerunés y director del Haus der Kulturen der Welt de Berlín (HKW), quien planteó una pregunta tan antigua como urgente: ¿qué significa ser humano?

Tras dos presentaciones anteriores en Chile, la Bienal de São Paulo regresa al país para presentarse en el Centro Cultural La Moneda, con la exhibición No todo viajero recorre caminos – De la humanidad como práctica, la que se podrá ver desde este viernes 3 de julio hasta el 4 de octubre, y que contará el próximo martes 7 con una conferencia del mismo Bonaventure Soh Bejeng Ndikung, el que días antes de su visita a Santiago habló con EL DÍNAMO desde Berlín.

Con un extenso currículo, el profesor y doctor Bonaventure Soh Bejeng Ndikung es curador, autor y biotecnólogo. Junto con su rol como director y curador jefe de Haus der Kulturen der Welt (HKW), en Berlín, Alemania, y como curador jefe de la 36.ª Bienal de São Paulo, es fundador y fue director artístico de SAVVY Contemporary en Berlín, además de director artístico de sonsbeek20–24, la exposición cuatrienal de arte contemporáneo que se realiza en Arnhem, Países Bajos. También trabajó como curador general (curator-at-large) para la Documenta 14, dirigida por Adam Szymczyk, celebrada en Atenas, Grecia, y Kassel, Alemania, en 2017. En 2018 fue curador invitado de la Bienal Dak’Art, en Dakar, Senegal.

—Planteas la humanidad no como una condición garantizada, sino como una práctica. ¿Qué de esa idea te resulta urgente, especialmente en este momento del mundo?

“Primero que nada, la noción de humanidad es una noción muy disputada, porque durante el Renacimiento, cuando fue concebida, tres cuartos del mundo no eran considerados humanos, aunque eran seres humanos. Desde el principio es un concepto flotante. Por eso, en las últimas décadas —incluso siglos— la gente siempre ha buscado una alternativa: si no estábamos incluidos en esto, necesitábamos encontrar un recipiente que pudiera contenernos a todos. Eso es lo que intentamos hacer. Y, al mismo tiempo, nos preguntamos cómo trabajar con esta noción existente. El sol no necesita que lo llamemos sol para brillar; en cualquier caso, va a brillar. Lo que intentamos hacer, básicamente, es preguntarnos cómo recibimos el sol que brilla en cada ser humano. Eso es lo que uno puede llamar la conjugación de la humanidad: aceptar que cada ser humano tiene un sol que brilla desde adentro, que cada persona tiene la posibilidad de aportar algo al mundo, incluso si no es medible en términos capitalistas.

“Hoy es más urgente hablar de estas cosas porque ves la cantidad de deshumanización que hay alrededor del mundo. Mientras más tiempo pasa, y mientras más creemos que la gente se está uniendo, lo que realmente vemos es que hay más y más fuerzas para separarnos: más discursos de odio, cambios en el paisaje político hacia el odio, en lugar de reunir a la gente. Por eso quisimos crear un proyecto en el que pudiéramos valorar la humanidad de los demás, sus modos de estar en el mundo, y juntos, quizás, buscar una alternativa si esta no funciona”.

Natt Fejfar / Fundação Bienal de São Paulo.

—El título de la exhibición viene de un poema de Conceição Evaristo, y la imagen central es el estuario, donde confluyen distintas corrientes. ¿Hacia dónde vas con esa metáfora?

“El título viene de un poema de Conceição Evaristo llamado ‘De la calma y del silencio’ que dice cuando caigo, por favor, no me fuercen a caminar; déjenme en inercia aparente. No todos los viajeros recorren caminos. Y dice que hay mundos sumergidos que solo el silencio de la poesía penetra, lo cual es muy hermoso. Para mí significa: tú piensas que caí, pero no, solo estoy viviendo mi vida. Es decir, un respeto por las formas de ser de las otras personas, que uno no tiene que entender para respetarlas. Y entonces surgen las preguntas: si no todos los viajeros recorren caminos, ¿qué rutas toman? ¿Cuáles son esos mundos sumergidos? ¿Cómo los encontramos, cómo los penetramos? ¿Cuál es el silencio de la poesía?”

—La exhibición reúne fotografía documental, obra textil religiosa, abstracción, pintura óptica. ¿Qué conecta todos estos soportes?

“Lo que los conecta es que no fueron creados por inteligencia artificial. Son expresiones humanas; de alguna manera, todos capturan la esencia de la humanidad. Si miras la fotografía documental, como en el trabajo de Ernest Cole, que retrató las vidas de las personas negras durante el apartheid, es muy poderoso ver la dignidad de la gente a pesar de la increíble violencia que enfrentaba en ese momento. Aunque es documental, muestra la extrema belleza de las personas. De hecho, el quinto capítulo de la exhibición se llama ‘La belleza intratable del mundo’: estamos mirando esa noción de belleza y de alegría a pesar de la precariedad.

“Sobre la abstracción, hay mucho que se puede decir en ella. Estamos mirando cómo los humanos cuentan historias sobre sí mismos más allá de la cuestión de la representación. Si nos movemos al espacio de la abstracción, donde no vemos colores de piel, no vemos género, ¿qué se dice en ese espacio? Hay algo muy interesante ahí. También quisimos abordar la espiritualidad: no hay gente en este mundo que no tenga espiritualidad. Puede que no tenga una religión, pero la espiritualidad está ahí; es esa conexión entre uno y algún ser, aquello que mantiene unidas a las sociedades más allá de las instituciones de la religión”.

Natt Fejfar / Fundação Bienal de São Paulo.

—También conectas esta cuestión de la humanidad con la historia de Chile. ¿Qué consideraste del contexto chileno al concebir esta exhibición?

“Para mí hay muchas cosas en la historia de Chile. Primero, quise ir muy atrás, a los pueblos indígenas que estaban ahí antes de que llegaran los europeos, y al hecho de que estas personas fueron eliminadas, no fueron aceptadas como humanas por los europeos que llegaron: los mapuche y muchos otros. Era importante poner un espejo sobre eso. También está la historia de los africanos que fueron llevados a Chile, como a otras partes del continente, y el enorme esfuerzo que se hizo por borrar esa historia, que sin embargo sigue existiendo de distintas formas en la cultura, en la música, en la literatura. Quisimos abrir un espacio para poder hablar de estas cosas”.

—La exhibición incluirá además una activación de danza en Arica, en el norte de Chile, donde viven muchas comunidades afrodescendientes. ¿Por qué es importante que la muestra salga de las paredes de la galería e integre a las comunidades, en especial a las que aparecen en ella?

“Porque no hacemos arte solo para las pocas personas que viven en las ciudades capitales: hacemos arte para todos. Si tenemos la posibilidad de salir hacia la gente, deberíamos hacerlo. Pero, aunque creemos que sabemos mucho, la gente de las periferias sabe más que nosotros. Entonces la pregunta es: en el tumbe, por ejemplo, o en el carnaval, o en la cueca, ¿cuáles son los saberes que están encarnados ahí, que se cultivan en esos espacios y que se transmiten cuando alguien baila? Básicamente, llevamos algunas partes de la exhibición a estos lugares, a ciudades menos centralizadas, porque realmente queremos estar en la conversación, aprender de la gente y ver cómo ejercen su humanidad a través de la performatividad, de su música, de sus propias tecnologías, de su diseño. Queremos abrazar esa pluralidad de formas de ser humanos”.

—Al trabajar en esta exhibición, ¿qué similitudes viste, respecto de la humanización, entre África y Sudamérica hoy? No hablo del pasado ni de la colonización, sino del presente del hemisferio sur.

“Primero somos animales, respiramos, tenemos un alma, y estamos conectados unos con otros. Lo segundo es que tenemos una historia común y, por lo tanto, un presente común. Lo que Latinoamérica comparte con el continente africano es el hecho de que son sociedades que fueron colonizadas y que están tratando de encontrar su lugar; sociedades a las que se les impusieron culturas, que saben que no hay manera de librarse de esas culturas y que están tratando de imaginar otros futuros. En ese sentido, pensando en lo que Édouard Glissant llama el Tout-monde, está la posibilidad de tener todos estos mundos distintos colapsando dentro de ti —económica, política, socialmente— y aun así encontrar un camino. Esa es la realidad poscolonial, y eso es lo que tenemos en común.

“Y hay algo más que nos conecta, quizás más allá de la expresión humana. Recuerdo la primera vez que estuve en Bahía, con varios amigos que habían llegado para una conferencia desde Sudáfrica, Ghana, Senegal. Y nos llamó la atención no la cantidad de personas negras que hay en Bahía, sino cuánto se parecían la vegetación y la tierra. Hay una especie de memoria terrestre, una memoria mucho más antigua, porque, como sabemos, cuando los continentes estaban unidos la tierra era una sola. De alguna manera, hay ahí una conexión muy profunda que debería ser mirada. El ser humano es demasiado joven en este planeta, y nos tomamos demasiado en serio. Una de las cosas de la conjugación de la humanidad es entender que somos muy pequeños. De hecho, hablamos de la destrucción del planeta, pero el planeta va a estar bien; simplemente ya no va a ser adecuado para nosotros”.

Notas relacionadas







La ley del más fuerte

La ley del más fuerte

Mientras sigamos tolerando las pequeñas transgresiones cotidianas, no deberíamos sorprendernos cuando aparezcan las grandes. La prevención es, por lejos, la política pública más rentable. Las sanciones son indispensables para que las normas vuelvan a tener sentido.

Foto del Columnista Anne Traub Anne Traub