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Carrie Vik: “El arte, el diseño y la arquitectura están en nuestro ADN”

Junto a su marido han construido una de las viñas más aclamadas de los últimos 20 años gracias a sus mostos de lujo y a la bodega diseñada por Smiljan Radić, reciente ganador del premio Pritzker. La empresaria habla sobre cómo fue trabajar con el arquitecto chileno, sus proyectos en Chile, Uruguay y Brasil y los desafíos que representa atender a los huéspedes más exigentes y exclusivos del mundo.

Sentada en el escritorio de su casa en Connecticut, Carrie Vik no esconde la felicidad que sintió tras recibir la noticia de que el arquitecto chileno Smiljan Radić había recibido el premio Pritzker 2026. A miles de kilómetros de donde ahora está, se encuentra la que considera un segundo hogar: la viña y hotel que llevan su nombre, ubicados en Millahue, Sexta Región, que Radic ayudó a construir hace ya dos décadas.

Norteamericana con raíces griegas, Carrie conoció a su marido Alexander mientras ambos estudiaban en Harvard. Solo tenían 20 años. Luego vendría su matrimonio, una luna de miel en Chile donde vivieron la crecida del río Mapocho producto de las lluvias, y posteriormente el sabor del éxito, primero en el mundo de las finanzas y luego en el del arte, los vinos y la hotelería.

Con una vida que se divide entre la costa este de Estados Unidos y Montecarlo, además de sus viajes esporádicos a nuestro país y los hoteles que tienen en Uruguay y próximamente en las afueras de Sao Paulo, Carrie Vik y su marido siempre apuntan alto, ya sea buscando que sus vinos logren los 100 puntos en las calificaciones especializadas o que sus hoteles y cavas se vuelvan una experiencia única para cada uno de sus prominentes visitantes.

Fue en 2007 cuando decidieron crear una viña exclusiva en Chile. Para ello contrataron a un equipo compuesto por enólogos, geólogos, climatólogos y agrónomos. Fue así como llegaron a los campos de Millahue. Tras establecerse hicieron un concurso para recibir propuestas para la construcción de la cava. Al llamado llegaron desde recién egresados hasta estudios de arquitectura reputados, pero después de una minuciosa selección el elegido fue Smiljan Radić junto a Loreto Lyon.

Ahora, a casi 20 años de aquel momento, Carrie cuenta que estuvo al borde de las lágrimas tras enterarse del Pritzker recibido por Radić. “Fue como un sueño hecho realidad. Me emocioné muchísimo por él, por supuesto, pero también por nosotros. Sentí que era la culminación de tantas cosas que vivimos juntos, de haber visto el talento de este joven arquitecto desde que le adjudicamos el proyecto en 2007. Todo condujo a esa sensación de profunda alegría. Fue algo parecido a cuando obtuvimos 100 puntos con uno de nuestros vinos, una meta que nos propusimos desde el primer día, cuando decidimos construir VIK. Siempre quisimos hacer algo extraordinario: una viña arquitectónicamente única, sostenible, especial en todos los sentidos. Y todo el camino que nos llevó a Smiljan, y a esa obra tan hermosa que hoy vemos: Es simplemente increíble.”

—¿Recuerdas por qué lo eligieron?

“Es una gran historia. Decidimos hacer un concurso de arquitectura para la bodega y quisimos que fuera exclusivamente para arquitectos chilenos, porque sentíamos que era fundamental que este proyecto, en Chile, fuera diseñado por un chileno. El equipo que había encontrado el terroir convocó a los arquitectos. No pusimos límites: participaron desde recién egresados hasta figuras muy reconocidas. Recibimos alrededor de 20 o 25 propuestas y seleccionamos nueve finalistas. Mi marido Alex y yo viajamos a Chile para escucharlos. Organizamos una jornada completa de presentaciones, una tras otra. Decidimos no hablar durante el día, no comentar ni comparar opiniones. Solo escuchar. Fue una jornada larga, con presentaciones increíbles. Al final del día reunimos todas las maquetas en otra sala y entramos a evaluarlas. Yo, sin haber hablado con nadie, ya tenía claro que mi elección era el proyecto de Smiljan. Me encantaba el concepto, el diseño, ese techo flotante, la idea de sostenibilidad integrada, la creatividad… era algo extraordinario. Por suerte, Alex había elegido lo mismo. Cuando finalmente dijimos en voz alta nuestras opciones, coincidimos. Esa misma noche, a las once, ya estábamos cenando con Smiljan y su esposa, Marcela Correa, en un restaurante que él mismo había diseñado. En ese momento trabajaba con Loreto Lyon. Me impresionaron su energía, su inteligencia, su mirada artística. Smiljan es un artista, además de arquitecto: tiene una formación estructurada, pero una creatividad enorme”.

—Muchos se preguntarán ahora cómo es trabajar con él y qué aporta a los proyectos.

“Lo primero es que entendió perfectamente nuestro objetivo: queríamos crear un vino que estuviera entre los grandes del mundo. Ese era nuestro norte. Era una meta ambiciosa —muchos pensaron que estábamos locos—, pero la abordamos de manera muy científica, estudiando el terroir en distintas partes del mundo hasta llegar al valle de Millahue. Esa visión la compartimos con todo el equipo y también con los arquitectos. Smiljan la comprendió plenamente. No queríamos hacer algo simplemente correcto, sino extraordinario. Primero debíamos demostrar que podíamos producir un gran vino, y solo entonces construir la bodega. Aunque comenzamos a plantar en 2006 y el concurso fue en 2007, pasamos tres años trabajando junto a él para perfeccionar el proyecto, mientras confirmábamos el potencial del vino. Cuando iniciamos la construcción, ya teníamos dos cosechas muy prometedoras. Durante ese proceso, Smiljan fue extremadamente colaborativo. Tiene mucha confianza en sí mismo, pero su ego no interfiere. Y eso es clave, porque a veces los arquitectos pueden ser poco flexibles. Él, en cambio, escuchó, dialogó y comprendió nuestras necesidades. El resultado lo demuestra: no solo es una obra arquitectónica extraordinaria, sino que funciona impecablemente. Nunca hemos tenido problemas con el edificio. Y hoy, más de una década después de su construcción, sigue viéndose igual de impresionante. El techo, los materiales, el hormigón… todo se mantiene como el primer día. Eso habla de un trabajo excepcional.”

Tal como señala el sitio especializado ArchDaily, ubicada entre montañas y amplios valles de la Región de O’Higgins, con la cordillera de los Andes como fondo, la viña fue diseñada para generar un impacto mínimo en el paisaje. El diseño del edificio principal presenta una singular cubierta de tela tensada y translúcida, que permite que la luz natural penetre en el interior, posibilitando así su funcionamiento sin iluminación artificial. La entrada constituye un despliegue visual: una plaza con una pendiente de dos grados, por la que fluye agua en movimiento, aportando además un efecto adicional de enfriamiento.

—¿De qué manera el Premio Pritzker le da mayor visibilidad internacional al proyecto?

“Cada cosa que hacemos en la viña genera interés de parte de nuestros huéspedes y visitantes. La bodega, en particular, ha sido muy comentada y publicada. Recibimos muchos arquitectos y estudiantes que vienen a conocerla. Ya no es solo el mundo del vino, sino algo que va mucho más allá. Y aunque no lo anticipamos completamente, es muy gratificante ver cómo el proyecto trasciende”.

—Después de Chile vino Uruguay y ahora Brasil. ¿Qué buscan en cada destino y qué experiencias ofrecen?

“El arte, el diseño y la arquitectura están en nuestro ADN. En Chile, por ejemplo, hay obras de Marcela Correa y de otros artistas. Lo mismo ocurre en el hotel: todo está pensado desde lo visual y la experiencia. Ahí está la plaza acuática, las rocas. Obviamente que la experiencia humana es muy importante, pero en términos visuales esas obras son fundamentales. Nuestro enfoque es tratar a los huéspedes como si fueran amigos o familia que llega a nuestra casa. Ese concepto se repite en todos nuestros proyectos. Por lo tanto, queremos que lleguen a un ambiente donde se vive el arte y la arquitectura que amamos. Mi esposo dice que estos son proyectos de amor. Nosotros estamos juntos desde que teníamos 20 años y en este tiempo hemos desarrollado un interés común por el arte, el diseño y la arquitectura. En nuestros continuos viajes disfrutamos de esta pasión, por lo que estos proyectos de viñas y hoteles son formas de demostrar nuestro amor por todo eso y nuestras propias ideas en estas áreas. Cuando vas a nuestros hoteles en Uruguay, cada lugar tiene una identidad distinta. Estancia VIK es un homenaje a la arquitectura colonial y a la vida de campo uruguaya, con artistas y materiales locales. Playa VIK, en cambio, es completamente contemporáneo, con una arquitectura escultórica frente al mar. Bahía VIK combina distintos estilos, como un pequeño pueblo. En Brasil estamos llevando esto aún más lejos, con un proyecto inspirado en la idea de un templo, casi como una pirámide, con una propuesta completamente nueva. Siempre buscamos innovar, explorar nuevas ideas y desafiar nuestra creatividad”

—¿Cuáles son hoy los principales desafíos en la hotelería de lujo?

“Los viajeros de hoy viven muy bien en sus casas, por lo que buscan experiencias únicas, que sean nuevas y diferentes. Además, esperan un servicio de altísimo nivel, pero también un trato cercano, casi familiar. Nuestros huéspedes son personas exigentes, con acceso a lo mejor del mundo. Por eso debemos ofrecer algo distinto, memorable. Ellos son invitados en nuestra casa en donde, si bien están en un hotel, son tratados como si fuesen mis amigos. Creo que eso resuena con los huéspedes, les gusta ese trato familiar, pero también quieren tener todo lo que desean, porque son gente muy privilegiada, así que esperan mucho. Constantemente buscamos mejorar, innovar y ampliar nuestra oferta para sorprenderlos. Por eso creamos nuevas experiencias, para que disfruten del lugar, y eso hasta ahora ha funcionado bastante bien”.

—¿Por qué Sudamérica se ha vuelto un destino atractivo para este tipo de viajeros?

“Para muchos europeos y norteamericanos, Sudamérica sigue siendo un territorio poco conocido. Cuando empezamos, muchos ni siquiera sabían dónde quedaba Uruguay. Con el tiempo, hemos ayudado a abrir esa puerta: invitamos a descubrir y entender el continente, no solo nuestros hoteles. Antes de ir a VIK Millahue en Chile queremos que vayan a la Patagonia y Atacama. En el caso de Uruguay, queremos que primero vayan a Buenos Aires, a Iguazú… y luego a José Ignacio. Eso realmente les abre un mundo a aquellos viajeros que están dispuestos a ir a una nueva localidad solo si se sienten cómodos. Además, hay un perfil de viajero que quiere explorar, pero con garantías de calidad y servicio. Nosotros ofrecemos eso. Vengan a VIK, pero descubran Sudamérica al mismo tiempo. También tenemos una base diversa de visitantes: estadounidenses, europeos, brasileños y muchos chilenos, que han descubierto lo que somos y que queremos que disfruten de un lugar que está en su propio país. Esa mezcla de visitantes enriquece mucho la experiencia. Cuando tienes a los estadounidenses junto a chilenos y brasileros, ellos logran comprender algo en un nivel mucho más profundo si es que solo tuvieses norteamericanos en el hotel”.

—Hace 20 años hablaban de crear algunos de los mejores vinos del mundo. Hoy eso ya es una realidad. ¿Qué viene ahora para VIK?

“Siempre buscamos mejorar. Nuestros vinos VIK 2021 y 2022 obtuvieron 100 puntos. También lanzamos Stone VIK, un vino natural con una historia y una autenticidad únicas. Queremos seguir elevando todos nuestros vinos al máximo nivel. Nuestro objetivo es que todos los vinos logren 100 puntos. Eso nos sigue empujando. Y en hotelería, queremos continuar expandiéndonos a distintos países, creando espacios hermosos donde las personas puedan disfrutar del vino, el arte y el bienestar. El bienestar, de hecho, es un nuevo foco importante para nosotros. Seguimos haciendo lo que amamos y construyendo sobre lo que ya hemos logrado”. 

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