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Violencia cultural vs escuelas protegidas

Como bien sabemos, ninguna ley podrá solucionar un problema tan profundo como lo es el odio. Pero, lo que sí se puede hacer es generar herramientas para solucionarlo, para restablecer la figura de la autoridad, que parte desde lo más básico como son los padres y luego los docentes en la sala de clases.

Sin duda, son días de contrastes en el mundo de la cultura y la educación. Por un lado, la diputada Javiera Rodríguez fue cobardemente agredida en la Universidad de Chile por expresar sus ideales políticos; mientras los ministros Francisco Undurraga y Ximena Rincón sufrían una encerrona yendo a ver La Pérgola de las Flores para el Día del Patrimonio. Así, la otrora Casa de Bello y una de las obras de teatro más insignes de nuestra cultura fueron opacadas lamentablemente por el odio.

Lo positivo es que, a su vez, en el Congreso Nacional, se aprobaba y despachaba a ley, el proyecto Escuelas Protegidas. Esta nueva norma se debe valorar por buscar restablecer el principio de autoridad de profesores y directivos en el ámbito educativo, fortalecer la autonomía de los establecimientos para gestionar la convivencia y alinear responsabilidades entre los estudiantes, las familias y las comunidades escolares, contribuyendo a un entorno más propicio para aprender.

En un ambiente tan polarizado, todos debemos cuidarnos de no fomentar el odio. Es pertinente recordar una tristemente célebre frase del Che Guevara, quien proclamaba que “el odio es un elemento de la lucha… el odio implacable hacia el enemigo nos impele por encima y más allá de las naturales limitaciones del hombre y nos transforma en una efectiva, selecta y fría máquina de matar”. Ese fue un extremo, un abismo, al cual la sociedad en el siglo XX se aproximó peligrosamente, que debemos condenar para evitar repetirlo. Uno no se da cuenta cómo avanza hacia la tolerancia o justificación de la violencia hasta que ya es demasiado tarde. Y el hecho de que los ambientes educativos y culturales se vean sumidos en el odio nos demuestra lo cerca que estamos del abismo.

Y no podemos pedirle a los niños y adolescentes que se comporten, si es que sus padres y referentes educacionales no lo hacen. En un clima así de polarizado, las familias, y luego las instituciones de educación y cultura, deben ser los primeros en dar el ejemplo. Y para qué agregar el daño que ha causado que aumente el nivel de violencia en el trato entre representantes en la esfera pública.

Como bien sabemos, ninguna ley podrá solucionar un problema tan profundo como lo es el odio. Pero, lo que sí se puede hacer es generar herramientas para solucionarlo, para restablecer la figura de la autoridad, que parte desde lo más básico como son los padres y luego los docentes en la sala de clases.

Como se dijo más de alguna vez, durante la tramitación del proyecto de Escuelas Protegidas, puede ser que un proyecto de ley como este no sea una varita mágica que solucione la violencia, pero sirve como una luz para la oscuridad. Es un primer paso para volver a lo que debe ser.

La cultura y la educación deben ser espacios de encuentro, no de confrontación; de formación, no de adoctrinamiento; de respeto, no de violencia. Si permitimos que el odio siga normalizándose en aquellos lugares llamados a transmitir conocimiento y valores, estaremos hipotecando el futuro de las próximas generaciones. Recuperar la autoridad, fortalecer la convivencia y promover el respeto mutuo son tareas que exceden a una ley, pero que también requieren de señales claras desde las instituciones. Escuelas Protegidas representa precisamente eso: una señal de que todavía es posible corregir el rumbo y reconstruir una sociedad basada en el diálogo, la responsabilidad y el respeto.

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Como bien sabemos, ninguna ley podrá solucionar un problema tan profundo como lo es el odio. Pero, lo que sí se puede hacer es generar herramientas para solucionarlo, para restablecer la figura de la autoridad, que parte desde lo más básico como son los padres y luego los docentes en la sala de clases.

Foto del Columnista Arturo Hasbún Arturo Hasbún