Volví a Madrid invitado a la Feria del Libro, consagrada este año al humor. La primera vez que viajé a la capital de España, junto a Juan Cristóbal Guarello, Carolina Delpiano y Ricardo Walker, fue invitado a esa misma feria en el parque del Retiro. Me tocó en esa ocasión firmar al lado de Luis Sepúlveda y Mario Benedetti. Las filas que esperaban a estos dos pesos pesados de las letras en español me confundieron con un vendedor. Me resigné a mi nuevo oficio y me dediqué a abrir los libros que mis colegas firmaban. Me ahorré esta vez esa gentil humillación y no tuve turno de firma, aunque pude ver con envidiosa felicidad a uno de los amigos que hice hace veintiséis años, Marcos Giralt Torrente —nieto de Gonzalo Torrente Ballester, el gran novelista gallego, y él mismo uno de los narradores más sólidos de su generación, autor del reciente Los ilusionistas, ajuste de cuentas familiar con la escritura y la memoria—, atender a una cola continua de lectores.
La feria en plena primavera y en pleno parque es, por cierto, un pequeño paraíso que el calor y la aglomeración convierten en un pequeño purgatorio. Uno podría decir quizás lo mismo, hoy, de la propia Madrid. La ciudad que conocí hace veintiséis años se escondía debajo de los andamios de una eterna reconstrucción. Tenía algo de oscuro, de secreto, de tradicional. No quería gustar y por eso gustaba. Los últimos yonquis y los primeros inmigrantes se perdían en la calle del Pez o delante de los cines Luna, esas dos salas de versión original al pie de Malasaña que cerraron en 2005 y que hoy son gimnasio y restaurante, como todo. No se vendían casi esas baratijas de diseño, esos souvenirs para adolescentes que llenan los escaparates del Madrid de hoy.
El Café Gijón, donde animaban sus tertulias Gómez de la Serna, Cela o Fernando Fernán Gómez, no servía como ahora sushi y pizza. El sushi solo se comía en un restaurante que era chino y japonés al mismo tiempo, en la oscura calle de La Reina, cerca del Coq, donde se iba a beber sin ventanas ni escape posible solo después de que te aceptara el portero.
Las noches de Madrid están ahora llenas de adolescentes en perpetua noche de graduación que hablan en colombiano, venezolano o mexicano. Los esperan a la salida de las discotecas —ahora infinitas— autos con chofer. Sus padres y madrastras cenan en los innumerables restaurantes de fusión y en los también innumerables mexicanos o caribeños de lujo que se han tomado Almagro, Salamanca y Alonso Martínez —los barrios donde Madrid guarda su vocación burguesa y su arquitectura de principios del siglo pasado—. Algunos de estos nuevos madrileños huyen de Maduro, otros de los impuestos de sus países o de los de Estados Unidos. Forman juntos una especie de Miami europeo, una reconquista al revés: los que vienen del otro lado del Atlántico a quedarse con lo que sus antepasados dejaron. Nunca ha circulado tanto dinero por Madrid y nunca los pisos han estado más caros. Los antiguos habitantes han tenido que dejar su ciudad arrendando sus casas por cifras que antes eran impensables, dejando a Madrid convertida en una eterna fiesta de disfraces que recuerda la Dolce Vita de Fellini. Los que han visto la película saben que el título es una ironía. Algo de esa ironía habita el Madrid de hoy.
Madrid es la ciudad de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y estandarte de la derecha española, representante de un liberalismo vistoso, visible y desnudo de cualquier contenido intelectual o moral que no sea el combate contra el sanchismo, es decir Pedro Sánchez, tan vacío, tan frívolo, tan desnudo de proyecto como ella misma. La bella y la bestia, lo que también es bello. Un detalle nada menor, porque son quizás actores que hacen de ellos mismos, modelos que representan estilos de sociedad en apariencia enfrentados pero que conviven sin verdaderos conflictos. Aunque en otros barrios el día a día sea duro, el sueldo apenas alcance, la torta se la coman muy pocos y el futuro sea incierto.

¿Cuál futuro?
El futuro no existe, eso está claro. El gobierno de Sánchez suma más y más casos de corrupción o de simple indecencia: dinero sucio, prostitutas, malos tratos. A todo eso se suma la investigación contra José Luis Rodríguez Zapatero, el expresidente socialista que todos comparaban con Bambi, que todos tenían por tonto, pero por honesto. Error: la Guardia Civil abrió su caja fuerte y encontró joyas por más de un millón de euros. Y su relación con Venezuela y China, que parecía nacida de su desinteresado empeño por la paz mundial, no fue nunca del todo gratuita. Sus hijas, Alba y Laura —dos exgóticas reconvertidas en socias de una agencia de comunicación llamada WhatTheFav—, habrían cobrado por maquetar informes que la Audiencia Nacional considera desproporcionadamente bien pagados para el escaso contenido que aportaban.
El que todos tenían por tonto resultó ser el más listo, o al menos el más aprovechado. Este es solo la guinda de una torta interminable de tropiezos y desmentidos, de casos judiciales o prejudiciales que en otro país habrían derribado fácilmente cualquier gobierno. Pero Sánchez no cae porque la economía va mejor de lo que se dice, y porque nadie cree que lo que lo reemplace —la alianza entre Alberto Núñez Feijóo, del PP, y Santiago Abascal, de Vox— pueda ser fundamentalmente distinto en lo que a escándalos y corrupción respecta.
Abascal, el fantasma de la ultraderecha que Sánchez agita contra sus enemigos reales e imaginarios, es un sociólogo de la Universidad de Deusto —la universidad jesuita del País Vasco— que se cortó la barba al modo vikingo y que es tan insolente como insolvente. El fantasma de la privatización no ilusiona a un país que ama su estado de bienestar, o que recuerda aún el tiempo en que este era imposible. El hambre está demasiado cerca para convertir las ganas de comer en una plataforma electoral sólida. Sánchez se sostiene además en alianzas frágiles con nacionalistas de cualquier color y lo que queda del menguado Podemos y sus variantes más a la izquierda, en un equilibrio que parece imposible cada mañana y que cada tarde se renueva por falta de alternativa.
El papa y la nueva Barcelona
Entre medio de eso, en estos días todos —amigos, enemigos, cercanos o lejanos— escucharon con un respeto inesperado al Papa León XIV hablar ante el Congreso de los Diputados en contra de la polarización, que es el nombre que los españoles le dan a su incapacidad de escucharse. Era la primera visita de un papa a España desde 2011. León XIV es el nombre pontificio de Robert Prevost, un fraile agustino norteamericano elegido en mayo de 2025 tras la muerte del papa Francisco. El Papa habló de moderar el lenguaje, de mirar más a las personas, de preocuparse por las condiciones de vida de los inmigrantes, de los enfermos, de los presos, de los olvidados del debate. Para mi sorpresa su discurso y su presencia fueron singularmente bien aceptados por todos. A Gabriel Rufián, el líder siempre ruidoso de Esquerra Republicana de Catalunya —el principal partido independentista catalán de izquierda—, le preguntaron por las posiciones del Papa en contra del aborto o el divorcio, y simplemente constató que el Papa es el Papa y tiene que decir lo que un Papa tiene que decir.
En la España densamente anticlerical que conocí hace veintiséis años, un líder de izquierda no se habría resignado tan luego a aceptar el discurso de un Papa como algo mayoritariamente positivo con algunas diferencias inevitables.

Me volví a topar con la comitiva papal en Barcelona, donde celebró una misa en la Basílica de la Sagrada Familia e inauguró su Torre de Jesucristo, coincidiendo con el centenario de la muerte de Gaudí. La ciudad que presumía de moderna y antiespañola no tiene nada de las dos cosas hoy. Los turistas y el ruido perpetuo de sus maletas de rueditas han vaciado la ciudad de sentido. Los gringos caminan vestidos de charro mexicano por una ciudad que sirve kebab a cualquier hora. En la Librería Central de la calle Mallorca —que fue durante años uno de esos lugares donde una ciudad se piensa a sí misma— los escaparates exhibían biografías de santos, libros de rezos, entrevistas a teólogos. El metro repleto de curas y niños buscando bendiciones convirtió a Barcelona en una ciudad sedienta que, al igual que Madrid, no se resistió al encanto de León XIV.
Hace veintiséis años Barcelona era donde se hacían y pensaban los mejores libros o donde se hacían y pensaban las novedades al menos. Era una ciudad donde los editores se encontraban con los prologuistas y los novelistas por venir. El nacionalismo y el turismo —parte de un mismo continuo en apariencia contradictorio— han cambiado sensiblemente esto. La ciudad no acoge como ayer a los que quieren quedarse en ella, los intelectuales en lengua española de Latinoamérica, y en cambio se deja invadir por viajeros de tres o cuatro días que hablan distintas variantes de un inglés que bien puede ser alemán u holandés. Barcelona ya no acoge a la diferencia que podría cambiarla, pero sí a la que simplemente le saca fotos de perfil. Singularmente, esto la ha convertido en una ciudad más secreta y más penumbrosa que Madrid.

El Papa dejó Barcelona por Gran Canaria y Tenerife, donde se preocupó de la inmigración, de los que llegan en patera a las islas y que concentran una de las rutas migratorias más dramáticas del mundo. Su visita consiguió una especie de bálsamo de paz en medio del perpetuo dime que te diré de una política y una prensa enamoradas del juego retórico. Por cinco días nadie se odió. No tanto al menos. Por cinco días casi nadie denunció nada. El Mundial en los televisores de los infinitos bares de ambas ciudades reemplazó las homilías. Y la primavera empezó a parecerse al verano. El viejo encanto de ese país en que pude aprender a ser yo mismo completó su poder sobre mí. Entre amigos y recuerdos y una tormenta que imposibilitó la última mesa redonda que tenía que dar, me fui despidiendo de ambas ciudades, de ese país al que todo en mí regresa. Vine hace veintiséis años a abrir libros ajenos. Volví sin turno de firma, pero con algo que no sé nombrar del todo: la certeza de que ese país me formó, y la sospecha de que todavía no he terminado de entenderlo.