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24 de Enero de 2015

¿Chile, país de idolatras?

Como pueblo, somos pueriles. En el presidente o la presidenta buscamos sustitutos del padre o la madre. Para colmo imaginamos al Estado como una gigantesca ubre de una vaca celestial a la que hay que ordeñar frenéticamente (y si nos portamos bien —y si somos buenos chicos—, la leche alcanzará para todos y todos los cachorritos crecerán iguales) y, además, tenemos la ilusión de que la vaca nunca se va a secar.

Por Luis Oro Tapia
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Luis Oro Tapia es Politólogo. Profesor de la Facultad de Gobierno de la Universidad Central.

Durante las últimas semanas de 2014 la Presidenta de la República, señora Michelle Bachelet Jeria, otorgó varias entrevistas a diversos medios de comunicación. Ellas dejan entrever algunas constantes de la Presidenta. Así, por ejemplo, una intuición política que revela sus aciertos cuando los descalabros ya están casi consumados. Es decir, cuando ya de nada sirve. Pero también la Presidenta ha cambiado en algunas cosas, comenzando por su tono de voz. Especialmente después de conocerse los resultados de las dos últimas encuestas CEP. Éstos, a diferencia de un par de meses atrás, distan de ser halagüeños para Bachelet.

La pregunta que suscita, tanto los resultados de las encuestas como las entrevistas, es: ¿Michelle Bachelet está a la altura del cargo que desempeña? La respuesta es, a priori, negativa. No pongo en duda las cualidades humanas de la Presidenta. Es más, ellas son dignas de elogio y admiración. Pero no son las que se requieren para el cargo. Aclaro que no estoy procediendo de manera partidista. De hecho, sostengo que su antecesor tampoco estaba a la altura del cargo.

Quizás la Presidenta esté padeciendo los caprichos de un pueblo que es veleidoso con sus afectos. Si es así, Michelle Bachelet es sólo la punta de un iceberg de un problema mucho mayor que tenemos los chilenos. Por lo tanto, en última instancia, el problema no es Bachelet, ni Piñera, ni Lavín, ni Allende, ni Pinochet. El problema somos nosotros; somos los chilenos. ¿Cuál es nuestro problema? Es que nunca hemos tenido mucho tino político. Pero ese poco tino que teníamos, en el último tiempo, se evaporó casi por completo.

¿En qué momento se jodió el Perú?, se preguntaba un personaje de una conocida novela de Mario Vargas Llosa. Análogamente, yo me pregunto ¿en qué momento los chilenos perdieron el magro juicio político que tenían?

Es evidente que los chilenos tenemos una pobre idea de lo público. Concretamente —es decir, física o espacialmente—, ni siquiera respetamos la vía pública. Asimismo, nuestra esfera pública oscila entre la mediocridad y la debilidad. Por cierto, nuestro pluralismo es más retórico que real. De hecho, la clase política chilena tiene un bajo nivel de tolerancias a las ideas que son disidentes o que van a contracorriente. A raíz de ello, rápidamente se inclina por la censura, el ninguneo o tácitamente aplica la ley del hielo a los disidentes. De ahí que no sea raro que tenga cierta predilección por el verbo alinear.¿Alinear para qué? Para restringir, coartar o abortar el debate. Pero eso no es todo. Los chilenos tenemos, además, una propensión maniquea e idolátrica (aunque no somos los únicos que la tenemos en Hispanoamérica).

En consecuencia, cuando cuestionamos, impugnamos o, abiertamente, somos irreverentes con cualquiera de los personajes anteriormente  mencionados (u otro ayatolá), las feligresías se sienten dolidas y salen a defender al señor obispo o a la abadesa. Incluso instan sigilosamente a excomulgar a los blasfemos o a “funar” a los infieles.

Como pueblo, somos pueriles. En el presidente o la presidenta buscamos sustitutos del padre o la madre. Para colmo imaginamos al Estado como una gigantesca ubre de una vaca celestial a la que hay que ordeñar frenéticamente (y si nos portamos bien —y si somos buenos chicos—, la leche alcanzará para todos y todos los cachorritos crecerán iguales) y, además, tenemos la ilusión de que la vaca nunca se va a secar.

El Estado, como empresa pública, es un invento de las culturas protestantes, no de los países católicos y en estos últimos rara vez funciona bien (vgr: el Estado de bienestar está en crisis en España, Portugal, Italia, Grecia y, obviamente, en la católica Irlanda), porque carecemos de los supuestos que lo prohijaron. Viejo sueño: queremos ser los ingleses de Sudamérica o el reflejo del tío Sam. Pero nuestro ADN cultural no da para eso.

En fin, somos un pueblo de pueriles idolatras y, además, propensos al maniqueísmo y al caciquismo. Por eso, en Hispanoamérica los ismos se predican más de las personas (ídolos) que de las ideas. Ese es el motivo por el cual preferentemente tenemos pinochetismo, freísmo, lavinismo, allendismo, peronismo, guevarismo, piñerismo, kirchnerismo, etcétera. Por tal motivo, cuando eres irreverente con un ídolo no eres un hereje (la herejía es respecto de las ideas); pero sí un blasfemo (insolencia respeto de los santos o santas).

No obstante lo señalado, hay dos creencias idolatradas (dualidad muy típica del maniqueísmo, por lo demás) que si las cuestionas no te convierten en hereje, sino que en algo peor: en infiel. ¿Cuáles son esas creencias? Una de ellas es el mercado. La otra es esa teología popular llamada derechos humanos. La primera es la mayor abstracción ideada por los filisteos, cuya teología sólo concibe entidades concretas y cuantificables. La segunda es una pócima destilada por el capitalismo para convertir al liberalismo soft a la izquierda pro soviética durante la segunda mitad del siglo XX.

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