El inicio de las campañas por el “apruebo” / “rechazo”, de cara al plebiscito de entrada del próximo 26 de abril, ha traído consigo una serie de interrogantes en torno al devenir de nuestro país junto una sentimiento de que la polarización, entiéndase izquierda y derecha extrema, ha marcado la tónica en cuanto a relaciones interpersonales.
Pero lo cierto es que somos muchos los que no entendemos el por qué estamos abriendo el debate en torno a nueva Carta Fundamental para Chile en vez de ocuparnos en temas mucho más inmediatos tales como: mejorar las pensiones, mejorar la calidad de la educación, mejorar y hacer más equitativo el sistema de salud, cómo generamos más y mejores fuentes laborales con remuneraciones dignas y cómo somos capaces de avanzar en materia de seguridad pública – ciudadana.
La gran verdad es que la Nueva Constitución nunca fue prioridad para las chilenas y chilenos porque, seamos sensatos: la carta fundamental establece los parámetros de ordenamiento jurídico legal en el cual nos vamos a desenvolver las chilenas y chilenos, incluso los migrantes.
Los temas antes mencionados se resuelven mediante la tramitación de leyes y con voluntad política, anteponiendo la empatía y el sentido común en la acción.
Sin embargo, como hemos sido testigos, la incompetencia e inoperancia de nuestra clase política terminó por derribar el delgado y delicado hilo de confianza entre ciudadanía y política.
Y no es que esta última sea mediocre o innecesaria sino todo lo contrario: el problema radica en quienes ejercer la función política, entiéndase políticos(as).
Si bien esto puede ser el puntapié para una discusión mucho más filosófica, que ponga a prueba tanto la ética, la probidad y la comprensión del bien común por parte de nuestros representantes, lo cierto es que la bolita ya está corriendo y se acerca la fecha donde tendremos que optar por una u otra opción, sumado a la elección del mecanismo en torno a lo que podría ser nuestra nueva carta fundamental.
En este sentido, en conversaciones varias me llama poderosamente la atención la ignorancia y desconocimiento de la gente respecto a qué es la Constitución, para qué sirve, cuál es su importancia. De hecho, al entrar en este debate, básicamente lo que ocurre es que se termina argumentando sobre la base de “zurdo” o “facho” según sea el interés del interlocutor incapaz de argumentar algo más que descalificaciones.
Lo anterior, qué duda cabe, no sólo evidencia una ausencia total de educación cívica sino también un riesgo latente respecto de los caminos que podría tomar Chile mientras se trazan las nuevas reglas del juego en sociedad. De hecho, en conversación con venezolanos(as) migrantes en nuestro país me atrevería a decir que un 99,9% éstos manifiesta que no deberíamos caer en el juego y abrirle las puertas al Castrismo, Chavismo y el Comunismo.
Y es que claro: ¿Cómo una de las naciones más ricas del mundo, como lo fue Venezuela, terminó cayendo en la desgracia y pobreza actual, generando un caos que gatilló una migración sin precedentes para la historia de esa nación?
En tanto, en Chile seguimos entrampados en que la actual Constitución es la del ex General Pinochet, lo cual representa una afrenta al ex Presidente Lagos donde, en el año 2005, se implementaron reformas que nos rigen a la fecha. Por otro lado, a contar de marzo, se espera que las movilizaciones sean constantes y latentes. Pero ahora no sólo teniendo como protagonistas a los partidarios del apruebo sino también a los del rechazo.
De hecho, el pasado fin de semana, fue posible ver en el sector de Apoquindo a personas con la bandera de la Confederación Norteamericana y de “Patria y Libertad”, organización que creíamos extinta pero que estuvo presente en la convocatoria por parte de los adherentes al rechazo.
Con todo, y en conversación con diversos analistas políticos, lo cierto es que podríamos proyectar que se avecinan meses y años muy duros para Chile. Todo, a partir de esta discusión constitucional que sectores de lado y lado abordan con sublime y abúlica ignorancia, con una irresponsabilidad brutal que sólo genera desdén e incertidumbre.
¿En qué momento comenzamos a irnos al carajo y farrearnos esta nación próspera y maravillosa? ¿En qué momento la incipiente unidad y reconciliación nacional se fueron al tacho de basura? ¿Estuvimos alguna vez verdaderamente reconciliados? ¿Cuáles serán las consecuencias de la irresponsabilidad política y el infantilismo ciudadano?
Estas son algunas de las interrogantes y cuya respuesta desconocemos. Sólo el tiempo lo dirá.