La pandemia es la falta de liderazgo

Es el liderazgo la solución, y es la falta de liderazgo la enfermedad. Y el virus es tan inteligente que se aprovecha de las sociedades sin propósito común, sin cohesión y en una situación de crispación política, económica y social permanente.

Por Guillermo Bilancio Consultor en Alta Dirección y profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez
Manifestación de trabajadores de Salud, FENATS, en noviembre de 2020. AGENCIA UNO/ARCHIVO.
Manifestación de trabajadores de Salud, FENATS, en noviembre de 2020. AGENCIA UNO/ARCHIVO.
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La pandemia no nos da respiro, y eso nos deja lecciones que van más allá de las soluciones intentadas, de subordinarse a la ciencia y a la razón. Los casos se multiplican y hasta se habla de la decisión de la última cama,  ¿cómo hemos llegado a tanto? ¿otra vez?

La intención de aferrarse a la “objetividad” de los datos como una instancia para obligar, vemos que no ha dado resultado. La coacción por miedo ejercida de parte de las autoridades, parece que tampoco ha generado una respuesta positiva. La idea de una alternativa más sugerente, como la de persuadir a la población de cuidarse hoy y generar la expectativa que todo volverá a ser como fue, ya nadie la cree.

La vía jurídico legal estricta a través de confinamientos, restricciones y cuarentenas, son desobedecidas por una sociedad que parece vivir en el hartazgo.

Una tras otras, las soluciones intentadas parecen no tener efecto, más allá de los aciertos operativos de un plan de vacunación bien resuelto. Todo parece traducirse en una crisis que va más allá de un virus, y que resulta ser mucho mas riesgosa pensando en un futuro posible para un país en el que aún hay asignaturas pendientes.

Creo que debemos coincidir en que la crisis es la falta de liderazgo. Confiar en quien guía, y esto no es de un período de Gobierno y lo sabemos.

Los países que mejor se han comportado y se comportan frente a crisis existenciales, son aquellos que confían en su conducción política, sostenida en la institucionalidad y en quien está a cargo de ejercerla. Pero no es nada fácil lograr esa confianza.

Se habla mucho, tal vez demasiado, sobre liderazgo. Podemos acordar que un líder es aquel que tiene la capacidad de darse cuenta, la capacidad de ver más allá de lo evidente que puede alcanzar a ver el común de la gente, que no es líder. Pero para serlo, además de darse cuenta, debe tener la capacidad de influir para alinear en torno a su visión y en ese punto, el líder debe tener un atributo muy difícil de obtener: confianza.

La confianza no es puntual, se construye con tiempo y acciones. Y la experiencia de los pueblos menos desarrollados, con escasa educación, con una salud pública descuidada, con un modelo basado en el sálvese quien pueda y con el abuso explícito e implícito de los que detentan el poder económico y político, no deja margen para generar un proceso de confianza que ayude a la convivencia social. A cuidarse para cuidar al otro. Porque tal vez no interesa el otro sino la superviviencia individual.

Es el liderazgo la solución, y es la falta de liderazgo la enfermedad. Y el virus es tan inteligente que se aprovecha de las sociedades sin propósito común, sin cohesión y en una situación de crispación política, económica y social permanente.
Si una sociedad debe seguir las decisiones de quienes acceden a un poder temporal que les da autoridad formal sin confianza, las pandemias serán interminables. Y la confianza no se declama;  se practica, como el liderazgo.