Barrio Lastarria y la pandemia de la violencia

La violencia es en Chile la nueva pandemia, para la que uno de los tratamientos centrales es el rechazo categórico de todos los sectores democráticos a ella y, posteriormente, el apoyo a la fuerza pública para reprimirla en los marcos del Estado de Derecho.

Por Tomás Bengolea Presidente Fundación ChileSiempre › Actualizado: 01:39 hrs
"La situación no es nueva y responde a la cruda realidad que han debido enfrentar los locatarios y vecinos de Santiago centro, el Barrio Lastarria y otros lugares". AGENCIA UNO/ARCHIVO
"La situación no es nueva y responde a la cruda realidad que han debido enfrentar los locatarios y vecinos de Santiago centro, el Barrio Lastarria y otros lugares". AGENCIA UNO/ARCHIVO
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“Ni en los peores días del estallido fue tan violento, venían preparados para destruirlo todo”. Estas fueron las palabras del representante de los Empresarios y Emprendedores del Barrio Lastarria, tras la ola de violencia que azotó la zona el pasado viernes 30 de julio, y cuyo antecedente directo fue el llamado de Fabiola Campillai a “salir a quemarlo todo”.

La situación no es nueva y responde a la cruda realidad que han debido enfrentar los locatarios y vecinos de Santiago centro, el Barrio Lastarria y otros lugares hoy denominados como “zona cero” desde la revolución de octubre de 2019: violencia, destrucción de locales, restaurantes y comercios, atentados a personas, barricadas, aglomeraciones que limitan el desplazamiento libre y enfrentamientos con carabineros. Aunque los días emblemáticos tienden a ser los viernes, esta realidad es sufrida día a día por quienes viven ahí.

Con todo, los hechos de violencia no se limitan simplemente a la destrucción de bienes materiales -evidentemente un factor pernicioso para la paz social y que debe ser condenado transversalmente- sino también a la legitimación que se hace de ella desde cierta élite política y cultural, particularmente desde los grupos de izquierda. “No puedo sino hacer el esfuerzo de empatizar con su rabia”, dijo el candidato presidencial izquierdista Gabriel Boric, al ser consultado sobre los dichos de Campillai en que llamaba a destruirlo todo. La alcaldesa comunista de Santiago, por su parte, exigía “Justicia para Fabiola Campillai”, mientras sus vecinos eran atacados por una turba de delincuentes.

Lamentablemente, la violencia en Chile está instalada y en franco crecimiento. Probablemente, su mayor expresión la vivimos el 18 de octubre, en lo que algunos han llamado “estallido social”: la realidad fue la de decenas de estaciones de metro quemadas por atentados terroristas, olas de saqueos en distintas comunas de Chile y destrucción de locales y bienes públicos. Podríamos decir que la violencia tiene, entonces, dos elementos centrales: la violencia misma (como acción material) y la validación que de ella hacen autoridades políticas, personas del mundo de la cultura y otros. Acción y legitimación, son los dos elementos centrales de la pandemia de la violencia.

La situación es paradójica, ya que en la misma semana en que el Barrio Lastarria sería destruido por violentos, los candidatos de izquierda Yasna Provoste y Gabriel Boric fueron increpados y agredidos, respectivamente, en salidas a terreno. La primera en una feria en Puente Alto: “Devuelve la plata que te robaste”, le decían vecinos de ahí. El segundo, en una cárcel, mientras hacía una visita a lo que ellos han llamado “presos de la revuelta”. Obviamente, la violencia y agresión contra candidatos debe ser condenada siempre en una democracia, pero no basta el simple rechazo para entender su complejidad. Entre otras cosas, porque ambos candidatos han sido autoridades políticas que han legitimado, en mayor o menor medida, el uso de la violencia como forma de actuar en política. Varios recordaremos los llamados del entonces diputado frenteamplista a la “desobediencia civil” y la visita de la primera línea al ex Congreso Nacional, auspiciada por la senadora Provoste.

Lo que es evidente, entonces, es que la violencia no distingue demasiado a sus víctimas, y aunque varios líderes de izquierda la toleraron y validaron en su momento (tanto para lograr un proceso constituyente como para perjudicar al Gobierno), hoy se verán enfrentados a una dura dicotomía para sus intereses electorales: rechazar todo tipo de violencia política, o reconocer y validar aquella que es conveniente para su sector político. ¿Qué hará Boric con el grupo de gente que, desde la izquierda, lo acusa de “criminalizar la protesta social”? ¿Yasna Provoste seguirá abogando por el indulto a los violentistas de la crisis social?

Probablemente, el tema de la violencia será un elemento muy relevante en la discusión presidencial de este año. La violencia es en Chile la nueva pandemia, para la que uno de los tratamientos centrales es el rechazo categórico de todos los sectores democráticos a ella y, posteriormente, el apoyo a la fuerza pública para reprimirla en los marcos del Estado de Derecho. De cara a fin de año, la izquierda política deberá decidir si se pone del lado de los chilenos de trabajo, de bien y de un país en paz, o de los delincuentes, violentos y extremistas, que quieren “quemarlo y destruirlo todo”, como se ha repetido tantas veces en los últimos años.