Hay partidos que envejecen con dignidad y partidos que simplemente se achican hasta volverse irreconocibles. El Partido Socialista lleva varios años en el segundo grupo, pero esta semana lo confirmó con una claridad que ya no admite eufemismos.
Repasemos, brevemente, de dónde viene este partido. El PS fue durante décadas una fuerza política con peso real, con capacidad de influir, de negociar, de construir. Entregó tres presidencias de la República en 18 años. Tuvo la lucidez, tras el retorno de la democracia, de entender que el primer turno no era el suyo: que Chile necesitaba a Patricio Aylwin y a la Democracia Cristiana para estabilizar una transición que no admitía voluntarismos. Esa fue una decisión de madurez política extraordinaria, del tipo que hoy parece ciencia ficción viniendo de ese mismo partido. Participó de primarias reales -Eduardo Frei Ruiz-Tagle contra Lagos- y aceptó los resultados. Gobernó con seriedad. Tuvo en Ricardo Lagos Escobar a uno de los estadistas más relevantes de la historia reciente del país. Ese PS existió. Ese PS importaba.
Hoy lo que vemos es otra cosa. Una, dolorosamente distinta. En la Cámara, el PS produce titulares principalmente gracias a la desvergüenza e histrionismo del diputado Manouchehri, cuyo aporte al debate público es inversamente proporcional a la bulla que genera. En el Senado, la cosa es igual o peor.
Pese a que ahí también está la presidenta del partido, todo indica que el liderazgo lo ejerce Daniella Cicardini, quien, también en su estilo cargado de mucho ruido y poca melodía, lideró el anuncio de la oposición de que rechazarán la idea de legislar la megarreforma del gobierno. Sin análisis. Sin propuesta alternativa. Sin el mínimo gesto de revisar lo que viene, buscar acuerdos o al menos aparentar que existe algo parecido a una postura construida. Un bloqueo puro, simple y fotogénico para las redes sociales.
Lo más llamativo no es el rechazo en sí. Las reformas se pueden rechazar, modificar, renegociar. Eso es legislar. Lo llamativo es el método: la consigna antes que el argumento, el portazo antes que la conversación. El problema es que ese libreto no lo escribió el PS. Lo escribieron el Frente Amplio y el Partido Comunista, los mismos actores que durante años ningunearon, desplazaron y trataron al PS primero como lepreso y, luego, como un socio menor, decorativo, útil solo para sumar votos y cargos.
Y ahí está el nudo. El PS lleva siete u ocho años bailando al ritmo de quienes lo humillaron. Sigue siendo el vagón de cola de una ultraizquierda que nunca lo respetó y que hace sólo cinco meses recibió la derrota electoral más contundente de su historia reciente. En vez de leer esa derrota como una oportunidad para recuperar su propio espacio, su propia voz y su propia tradición de centro izquierda responsable, el PS prefiere sumarse a la foto del bloqueo. A la foto del populismo fácil. A la foto de los bufones y tontorrones.
Lagos no haría esto. Ni siquiera el PS de los noventa, que tenía razones ideológicas mucho más intensas y fundadas para confrontar, actuaba con esta liviandad infantil.
Una reforma puede y debe tener correcciones. Hay argumentos legítimos para exigir cambios. Pero un partido que se limita a cerrar la puerta antes de leer el texto no está haciendo oposición: está haciendo ruido. Y el ruido, a diferencia de lo que parece creer la actual conducción socialista, no reconstruye proyectos políticos. Sólo los termina de demoler.