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Compromiso por una ética ambiental

La responsabilidad por el medio ambiente, en esencia, es un acto de fraternidad, y por lo tanto, debemos reaccionar y ayudar a construir una ética medioambiental que asegure los cambios personales, sociales y culturales que requerimos con urgencia.

Según el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, los cambios en el clima de la Tierra se están acelerando en todas las regiones y en el sistema climático en su conjunto. Muchos de ellos no tienen precedentes en miles, sino en cientos de miles de años, y ya se pueden observar sus efectos.

Ad portas de lo que será la COP 26, es urgente enfrentar el tema, promoviendo la discusión ética y educativa en materia ambiental, participando del debate nacional y aportando a la correcta toma de decisiones a nivel de política pública y privada.

Más aún si consideramos que esta problemática es un desafío global que, por su naturaleza, trasciende las fronteras físicas y políticas de los países, y que, por lo tanto, requiere del esfuerzo colectivo, mancomunado y solidario de la comunidad internacional.

Desde hace tiempo, la reflexión sobre los impactos ambientales producto del calentamiento global ha estado en las logias masónicas chilenas, y ello se acentuó en los últimos años.

En virtud de ello, durante los preparativos de la COP 25, iniciamos un trabajo que permitió crear la Comisión Asesora de Sustentabilidad y Cambio Climático, asumiendo el compromiso de trabajar para colaborar en el desarrollo de la conciencia pública, sobre el rol individual – como ciudadanos y consumidores – que nos corresponde, para cambiar las constantes que inciden en el calentamiento global.

Se trata de un desafío que pasa por lo moral y lo conductual. No solo es cuestión de políticas públicas y exigencias frente a los grandes productores sobre la base de la carbonodependencia y el uso irracional de los recursos hídricos. Si los consumidores cambiamos nuestros hábitos, podemos cambiar las condiciones del mercado, donde se produce una demanda que es carbonodependiente.

La única manera de incrementar los resultados y multiplicar la acción para contener y evitar los cambios ambientales, es realizar un trabajo donde participen todos los actores de la sociedad desde una conciencia ambiental.

La responsabilidad por el medio ambiente, en esencia, es un acto de fraternidad, y por lo tanto, debemos reaccionar y ayudar a construir una ética medioambiental que asegure los cambios personales, sociales y culturales que requerimos con urgencia.

América Latina es una zona especialmente vulnerable a los efectos del cambio climático, por lo que es responsabilidad de todos incidir, acelerar y multiplicar las acciones para intentar reducir los impactos nocivos que ya vemos presentes.

En ese contexto, esta semana, junto a masonas y masones de Chile, Uruguay, Argentina, Paraguay y Colombia, realizaremos una nueva Semana del Clima, para reflexionar sobre los desafíos éticos que nos corresponde asumir como parte de la sociedad civil de nuestros países, a fin de crear no solo conciencia ambiental, sino también una urgente acción frente al cambio climático.

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