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Las personas con discapacidad intelectual no son eternos niños

Hasta hace poco tiempo costaba pensar que jóvenes con discapacidad intelectual pudiesen ir a la Universidad y, menos aún, que podían trabajar, ya que no existían espacios en la sociedad que permitieran garantizar su acceso. Hoy día esta realidad ha ido cambiando.

Las barreras físicas para la inclusión han sido más rápidas de derribar en los últimos tiempos. Son tangibles y concretas y más fáciles de comprender para quien está alejado de conocer procesos como la Inclusión. Sin embargo, aquellas que se relacionan con nuestras ideas o creencias sobre las cosas o las personas están arraigadas en nosotros mismos, requiriendo de un trabajo personal y también del medio para ir eliminándolas lentamente.

Tal es el caso sobre la idea de que las personas con discapacidad son eternos niños, niños especiales o con capacidades diferentes (ninguno de estas ideas es acordes a los modelos actuales donde priman los derechos de las personas), lo cual responde en parte a uno los modelos tradicionales en torno a la discapacidad.

El antiguo enfoque Biomédico reconocía la discapacidad como una enfermedad o anormalidad, perpetuando la mirada caritativa y de lástima en torno a las personas con discapacidad y más aún para aquellas personas con discapacidad intelectual, quienes eran considerados como eternos niños durante toda su vida.

Hasta hace poco tiempo costaba pensar que jóvenes con discapacidad intelectual pudiesen ir a la Universidad y, menos aún, que podían trabajar posteriormente, ya que no existían espacios en la sociedad que permitieran garantizar su acceso, progreso y egreso, como también los aprendizajes necesarios para la vida diaria y el mundo laboral. Hoy día esta realidad ha ido cambiando.

El año 2023 en Concepción vamos a cumplir una década desde que se implementó el Programa Diploma en Habilidades Laborales que responde a esta realidad país antes mencionada. Los resultados que hemos obtenido dan cuenta de que hemos ido eliminando barreras para la participación plena de más de cien alumnos y familias, quienes han podido constatar que durante los tres años de formación ocurren aprendizajes trasformadores.

Los jóvenes dejan de ser niños sobreprotegidos y pasan de tener un rol pasivo en sus vidas a tomar protagonismo activo. Se vuelven más autónomos, empoderados, toman decisiones, se relacionan, comunican, van a fiestas, pololean, estudian, trabajan, por mencionar algunos cambios que son parte de esta experiencia que no debe quedarse en esta etapa universitaria, sino proyectarse en el tiempo.

Es por esto que para continuar este proceso continuo denominado inclusión es fundamental el trabajo que debemos hacer no sólo con los jóvenes que anhelan crecer y dejar de ser niños eternos sino que específicamente acompañar a los padres y madres que muchas veces por desconocimiento o temor no dan los espacios que permitan que esta transformación ocurra.

La invitación es entonces a reconocer a sus hijos y situarlos en su edad cronológica (y no sólo en la edad mental), escucharlos desde sus necesidades, respetar sus derechos que hoy están declarados, pedir apoyo profesional si es necesario (con especialistas que aspiren a ese crecimiento y eliminación de barreras) y lentamente ir dando pasos hacia la confianza que permita su evolución en todos los sentidos posibles.

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Daniel Lillo