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Medio siglo de controversias

Ciertamente, no existe dictadura justificable en el mundo que vivimos, no importa el color o ideología que tenga. Sin embargo el mundo hoy lamentablemente está lleno de ellas.

Parece como si hubiese un grupo, un think-tank detrás del Presidente para inventar frases y actitudes que hoy contradicen lo expresado ayer y que apuntan a distraer la atención de los reales problemas que sacuden al país; porque si fuera él quien las idea, habría que sacarle el sombrero por su genialidad. Las sucias peleítas entre políticos oficialistas y opositores ocupan las primeras páginas de los medios, hacen otro tanto: crean nubes que tapan lo que hoy duele: desocupación, crecimiento de pobreza, inflación, seguridad, inmigración, terrorismo, corrupción.

Uno de las últimas humaredas es la tan mentada celebración del 50° aniversario del golpe de estado que derrocó no a Allende, sino a un gobierno, aunque elegido democráticamente pero transformado por los comunistas en una dictadura incipiente. Porque la UP se transformó en eso, en 1973: en una quasi-tiranía. Es más: Allende abiertamente llamó a la acción armada contra cualquier intento de enmendar el funesto rumbo que tomó su mandato. Mandato que empujó al país a la peor inflación de su historia, a la miseria, la división y al odio que, si bien algunos lustros de la Concertación lograron relativizar, con el retorno de la izquierda al gobierno se ha intensificado nuevamente.

Si Chile no cambiaba de rumbo, si el PC lograba perpetuarse en el poder, ¿a dónde habríamos llegado?

Ciertamente, no existe dictadura justificable en el mundo que vivimos, no importa el color o ideología que tenga. Sin embargo el mundo hoy lamentablemente está lleno de ellas. Las hay más opresoras, sangrientas y absolutas, las hay menos; pero todos los regímenes o gobiernos que cercenan las libertades y procuran imponer sus propias verdades a la fuerza bruta o limitante de la soberanía del individuo, son dictaduras. Y la UP de 1973 no era la excepción por lo que su derrocamiento no solo era inevitable, sino necesario: los que estaban manejando a un fácilmente influenciable Allende se armaban para tomar definitivamente el poder e instalar en Chile un totalitarismo como el de su inspirador y proveedor de esas armas, Fidel Castro; y, aparte de los comunistas, solo las tenían las fuerzas armadas – valga la redundancia – en 1973.

Lo que por supuesto fue deleznable, era la dictadura de 17 años que siguió al golpe. Si los militares hubieran llamado a elecciones después de derrocar al régimen, hoy pocos condenarían el alzamiento del 11/9. Pero eso era imposible: no podemos mirar la situación de hace 50 años con los criterios de hoy; para Pinochet, la toma poder era natural en el contexto de nuestro subcontinente de la época. Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Argentina, Uruguay, casi toda Centroamérica iba de golpe en golpe y una dictadura militar más sangrienta que la otra reinaba alrededor de Chile como consecuencia del miedo a la expansión de la revolución cubana. Era una seguidilla de regímenes militares – casi todos apoyados y/o directamente orquestados por los EE.UU. – recibidos con aplausos no solo por las élites sino también muchos movimientos democráticos. No hubo otra salida.

Volviendo al tema de la celebración planeada, nuestro Presidente realmente nos tiene mareados. En su viaje al viejo continente se portó como si su presencia en distintos países fuese una visita individual, no la de un estadista que representa a su país. En España distribuyó condecoraciones como si fueran golosinas, defecándose (perdón por la expresión) en protocolos y legalismos y aduciendo que lo hizo por convicción personal (¡¿?!). En Bélgica condena – con justicia – a Putin por su alocada guerra contra Ucrania mientras sus huestes del PC y FA poco menos endiosan al ex KGB y actual dictador; destructor número uno de todos los DD.HH., paz mundial, criminal no visto desde Hitler. Al tiempo de estar rogando de rodillas a los inversores europeos a que traigan sus platas, promueve reformas que asustan hasta al más atrevido. Usa como cebo los éxitos chilenos de los últimos 30 años; años que él mismo ninguneó, éxitos que hace poco tildó de fracasos. Ostenta la democracia chilena mientras decreta una comisión para controlar la libertad de expresión. Endiosa un Allende que en su juventud amaba al nacionalsocialismo, expresaba su antisemitismo y en su mandato violaba la libertad de expresión, el emprendimiento. ¿Quién lo entiende?

Medio siglo de controversias no sirvieron para mucho. Allende y sus amigos lograron lo que se propusieron: “divide et impera” – dividieron al país, dejando la herencia para aquellos que hoy lo (des)manejan, que predican el diálogo y la unidad pero llegaron al poder a través la división que siguen practicando. División que se agravará más, manteniendo las heridas abiertas a través de los “festejos” de medio siglo. Festejos en que gastan tu plata y la mía, sin habernos preguntado si tenemos ganas de festejar.

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